[Crítica] «Pequeños cuentos misóginos»: Mujeres llevadas al extremo

A través de estos relatos, la autora estadounidense Patricia Highsmith puede ser feroz con sus personajes femeninos y jamás intenta convertirlos en modelos edificantes: son ridículos, crueles, obsesivos, interesados y, a veces, francamente monstruosos.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 15.9.2026 

Hay títulos que parecen contener de antemano una advertencia. Pequeños cuentos misóginos (Anagrama, 2026), de Patricia Highsmith (1921 – 1995), es uno de ellos.

La palabra «misóginos» condiciona inevitablemente la lectura: uno entra al libro esperando encontrarse con una colección de mujeres detestables, observadas desde una mirada deliberadamente cruel. Y, en efecto, abundan las mujeres egoístas, manipuladoras, obsesivas, interesadas e incluso homicidas. Sin embargo, a medida que avanzan los cuentos, la provocación del título comienza a volverse bastante más ambigua.

Highsmith parece especialmente interesada en ciertos papeles que tradicionalmente han servido para definir a las mujeres: la esposa, la madre, la mujer hermosa, la mujer deseada, la solterona, la mujer religiosa, la perfecta dueña de casa. Sus personajes suelen ser reconocibles desde el comienzo, precisamente porque encarnan esas categorías. El procedimiento consiste después en tomar uno de sus rasgos y llevarlo tan lejos que termina convertido en una monstruosidad.

El mecanismo aparece de manera particularmente clara en «La prostituta autorizada o la esposa». Sarah descubre en el matrimonio una situación extraordinariamente conveniente. Puede mantener amantes mientras conserva todas las ventajas sociales de ser una mujer casada. Es madre, excelente cocinera, mantiene una casa impecable y disfruta incluso de la respetabilidad que le proporciona firmar «Señora de». Su marido, Sylvester, queda reducido a un accesorio necesario para conservar esa posición.

Cuando Sarah decide librarse de él, Highsmith encuentra una solución mucho más divertida que un asesinato convencional. Sarah comienza a cumplir con particular entusiasmo uno de los deberes asociados a la buena esposa: alimentar a su marido. Cocina con mantequilla, grasas, quesos y comidas cada vez más abundantes mientras Sylvester engorda y su salud empeora. Su objetivo es provocar un ataque cardíaco. Cuando finalmente él se desploma, Sarah simplemente espera. Después recibe las condolencias de quienes están convencidos de que ha sido una esposa ejemplar.

La gracia reside en que Sarah asesina a su marido utilizando los instrumentos del cuidado doméstico. No necesita abandonar el papel que la sociedad le ha asignado; le basta con interpretarlo de manera monstruosamente eficaz.
Algo parecido, aunque mucho menos deliberado, ocurre en «La paridora». Para Elaine, el sentido fundamental del matrimonio son los hijos. Al principio el deseo parece convencional. El problema comienza cuando Highsmith decide eliminar cualquier límite razonable.

Después de ciertas dificultades para concebir y de una delirante recomendación médica que incluye ponerse cabeza abajo, Elaine comienza a tener hijos a una velocidad extraordinaria. Llegan uno tras otro, luego gemelos, quintillizos y trillizos, hasta que la familia alcanza dimensiones absurdas.

Elaine está satisfecha. Es Douglas, su marido, quien comienza a derrumbarse. La casa se llena de cunas, juguetes, gritos y pañales; desaparecen el espacio, el dinero y la vida social. La imagen idealizada de la maternidad ha sido llevada hasta un punto en que se vuelve una pesadilla. Cuando Douglas pierde la cabeza y arroja juguetes por las ventanas, la escena tiene algo de caos doméstico y mucho de comedia.

Aquí aparece una de las características más entretenidas del libro. Highsmith no necesita construir situaciones ajenas a la realidad. Parte de algo reconocible y lo exagera apenas un poco; después otro poco; después mucho más. Cuando uno advierte hasta dónde ha llegado, ya está dentro del absurdo.

 

El poder femenino

«La perfeccionista» utiliza una operación semejante. Margot Fleming ha convertido en principio de vida una máxima heredada de su padre: cualquier cosa que merezca hacerse merece hacerse bien. Ella introduce una pequeña modificación: merece hacerse perfectamente.

Su casa y su jardín están impecables, su perro se comporta como corresponde y su hija posee modales perfectos. Si descubre una mancha en un tenedor, termina limpiando toda la cubertería. La posibilidad de cocinar para invitados la aterroriza porque algún elemento de la comida podría no quedar exactamente en su punto.

Cuando finalmente decide organizar una cena para celebrar el cumpleaños y el ascenso de su marido, la búsqueda de perfección se vuelve demencial. Limpia lo que ya estaba limpio, cambia cortinas, retapiza muebles y trabaja hasta el agotamiento. La fiesta resulta un éxito y ella acaba en el hospital. Después encuentra otra actividad que puede realizar obsesivamente: tejer.

El procedimiento adquiere otro sentido en «Oona, la alegre mujer de las cavernas». Allí desaparece buena parte de la comicidad: el abuso sexual que sufre Oona desde niña forma parte de la normalidad de su comunidad y nadie parece cuestionarlo. Highsmith conserva el mismo tono distante de otros relatos, pero esta vez la exageración incomoda más de lo que hace reír.

Highsmith convierte así cualidades habitualmente elogiadas —el orden, la dedicación, la maternidad, el cuidado— en fuerzas destructivas. Y esa transformación permite que el libro escape de una interpretación demasiado sencilla de su título.

Las mujeres de estos cuentos pueden ser víctimas de ciertas expectativas sociales, pero Highsmith tampoco parece particularmente interesada en absolverlas. Algunas disfrutan del poder que esos papeles les entregan y otras los utilizan directamente contra quienes las rodean.

Quizás por eso uno de los cuentos más graciosos sea «La evangelizadora». Diana Redfern experimenta una revelación religiosa mientras camina bajo la lluvia. A partir de entonces comienza a predicar, reúne seguidores y adquiere una fama creciente. Su convicción se intensifica hasta alcanzar una certeza bastante problemática: cree que puede volar. Highsmith lleva esa certeza hasta sus últimas consecuencias en un remate tan brutal como cómico.

Es difícil no reírse, aunque se trate de una muerte. Hay algo en ese humor que recuerda a Edward Gorey y, en particular, a The Gashlycrumb Tinies, su alfabeto macabro de 1963 en el que veintiséis niños encuentran la muerte de las maneras más diversas: la misma seriedad imperturbable frente a lo disparatado.

Highsmith no necesita hacer un chiste sobre Diana: basta con respetar hasta el final la lógica que la propia Diana ha construido.

 

Unas proporciones monstruosas

«La mano», uno de los relatos más breves, lleva este procedimiento prácticamente a su forma pura. Un joven pide al padre la mano de su hija y recibe literalmente una mano amputada dentro de una caja. Desde ese punto, la expresión convencional queda atrapada en su significado literal y todo el mundo comienza a actuar como si aquella situación pudiera resolverse mediante las normas habituales del matrimonio, la propiedad y la ley. La broma inicial se convierte en una pequeña pesadilla lógica.

Ese parece ser uno de los placeres fundamentales de Pequeños cuentos misóginos. Highsmith toma expresiones, comportamientos y modelos sociales que de tan conocidos apenas percibimos y los somete a una especie de experimento: ¿qué ocurriría si los tomáramos completamente en serio? ¿Qué pasaría si una mujer dedicara realmente toda su existencia a ser una madre perfecta, una esposa perfecta o una dueña de casa perfecta?

La respuesta suele ser desastrosa.

Por eso la misoginia del título se vuelve difícil de precisar. Highsmith puede ser feroz con sus personajes femeninos y jamás intenta convertirlos en modelos edificantes. Son ridículos, crueles, obsesivos, interesados y, a veces, francamente monstruosos. Pero esas deformaciones suelen surgir de categorías perfectamente identificables con las que se ha definido socialmente a las mujeres.

Tal vez allí se encuentre también la razón por la que estos cuentos siguen siendo tan divertidos. Highsmith contempla el mundo cotidiano, encuentra una pequeña fisura en su lógica y comienza a empujar. Lo hace sin detenerse cuando la situación deja de ser razonable. Sigue un poco más, después otro poco, hasta que aquello que parecía cotidiano ha adquirido unas proporciones monstruosas.

Y nosotros, contra toda corrección, terminamos riéndonos.

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

«Pequeños cuentos misóginos», de Patricia Highsmith (Editorial Anagrama, 2026)

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: Patricia Highsmith (por Eva Vitija).

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