En la Ley de 1994 se dejaba al Consejo Nacional del Libro y la Lectura como un órgano autónomo que se relacionaba con el fisco a través del Ministerio de Educación. Por eso me opuse a la creación del Ministerio de las Culturas, porque en lugar de administrarse fondos se creó una burocracia gubernamental que siempre está enfrentando el riesgo de ser un instrumento del gobierno de turno.
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 5.9.2026
Mi amigo, el narrador Ernesto Langer, da punto de partida a un debate sobre el ya discutido tema del aporte del Estado a los ámbitos de la cultura. Dice: «Un escritor no debería necesitar al Estado para crear. La literatura nace de una necesidad interior, no de una subvención». No conozco a nadie que haya sostenido que para escribir se requiere de apoyo del Estado o que el arte, la literatura específicamente, pueda nacer porque el Estado pone dinero.
Peregrina idea. Entiendo que algunos teman que si el Estado financia, se pueda limitar la libertad del escritor. Eso ha sucedido cuando los gobiernos totalitarios han contratado escritores para que ponderen sus acciones o alaben a los gobernantes. Buenos escritores se han prestado para ello en distintos países. Pero también hay otros que, mediando o no pagos públicos, han recibido apoyos políticos para rendir pleitesía a ciertos líderes.
De cerca tenemos el caso del gran Neruda que escribió sobre Stalin, de lo que después tuvo tiempo de arrepentirse. Pero ni las peores dictaduras logran someter a todos los escritores: Pasternak, Solzhenitsin, Padura, Cardenal, Rushdie y los cientos de poetas chilenos que vivíamos en Chile y escribimos pese a la dictadura en este país somos prueba de ello.
El escritor debe tener libertad creativa para responder a su más íntimo impulso. Escribir es tarea del que escribe, pues su creación reside en él antes de salir. Cuando el poema, el cuento, el relato, la novela o la crónica se escriben, ya existe en el alma del escritor. Lo único que hace es sacarla de sí, ponerla en el papel (en la pantalla ahora) para tres efectos: gozarla, corregirla y compartirla.
El escritor no depende del Estado ni de nadie para escribir. Ni del poder político ni del poder económico. Yo tengo 80 libros publicados de las maneras más distintas (obras colectivas e individuales), financiados por mí o por editoriales y ya están a la espera de ser publicados por alguien varias libros terminados.
Porque aquí es donde entran los demás actores.
La capacidad creativa y el espíritu del autor
Si yo escribo mi libro y nadie lo lee, para el mundo es como si no existiera. Es cierto, yo puedo estar satisfecho por haberlo creado, pero eso es sólo un primer momento. El segundo es que alguien lo lea y, como sabemos, lo re-crea, convirtiendo el texto en esa frase que Skármeta pone en boca del cartero: «El poema no es del que lo escribe, sino del que lo necesita».
Mi amigo Jaime Sáez envió a una enamorada suya una carta muy sentida: era el texto de un poema mío, con un nuevo vocativo y una nueva firma. Me invitó a comer para darme a conocer su acto «creativo».
Puede el escritor ir haciendo copias de su libro según a quien quiera regalarlo, pero para eso necesita financiar tintas, anillados y papel. ¿De dónde sale el dinero?
Aquí es donde entra el tema de los aportes públicos. Para que la obra sea leída, debe ser publicada y ello requiere de recursos. Alguien debe financiar. Y las obras no se financian por parte de los privados sólo porque sean buenas, sino a veces por otros motivos: simpatías ideológicas, afectos, intereses. Cuando el Estado interviene, debe hacerlo justamente para suplir esos sesgos del mundo privado, sin criterios políticos.
Eso fue lo que hicimos quienes redactamos e impulsamos una ley para que el Estado apoyara a quienes intervienen en la existencia, producción y venta del libro y el fomento de la lectura: crear mecanismos independientes de criterios políticos o meramente comerciales para seleccionar los proyectos que puedan ser financiados con recursos públicos.
No es que la subvención cree al escritor: más bien crea al lector, porque cuando la obra es publicada aparece quien puede leerla.
En tiempos de Allende existió Quimantú, que amplió de modo descomunal el mercado del libro y fue de un enorme apoyo para muchos escritores. Es cierto que una editorial del Estado puede distorsionar el mercado, para bien y para mal. Es verdad que en Quimantú hubo un cierto predominio de enfoques más ideológicos en algunas obras publicadas, pero ello no quita el mérito de la experiencia.
Con todo, en mi criterio, la existencia de mecanismos independientes que respalden la asignación de recursos públicos es mejor aún que las empresas estatales en esta materia.
Por eso, en la ley del libro de 1994 se dejaba al Consejo Nacional del Libro y la Lectura como un órgano autónomo que se relacionaba con el Estado a través del Ministerio de Educación. Por eso me opuse a la creación del Ministerio de las Culturas, porque en lugar de administrarse fondos se creó una burocracia gubernamental que siempre está enfrentando el riesgo de ser un instrumento del gobierno de turno.
El Estado jamás sustituirá la capacidad creativa ni el espíritu del escritor. Pero puede ayudarlo para que su obra sea conocida, sea leída. De eso se trata.
Y dejo para otros artículos más debates sobre el compromiso de la sociedad chilena con el desarrollo de la cultura nacional.
***
Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

Imagen destacada: Libro de Editorial Quimantú.


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