La novela de Gregorio Angelcos es inquietante, interpela al lector, sea o no coetáneo del autor, planteándole las inquietudes básicas de lo humano, el cuestionamiento del ser y del hacer en la jaula del tiempo, lo desafía en su deambular por esta urbe de Santiago de Chile, amada u odiada, laberinto de sucesos dramáticos o trágicos —rara vez felices—, con sus rincones propicios al amor o a la bohemia.
Por Edmundo Moure Rojas
Publicado el 1.9.2026
Este activo narrador nuestro, recupera una breve novela escrita en los últimos años del siglo XX y articula una nueva edición, sobre la base de premisas poético-narrativas con las cuales logra un resultado de gran fuerza expositiva para desentrañar los laberintos oníricos de esta gran urbe:
«Un conjunto de ideas que se deslizan por un pasadizo luminoso, la razón que busca sus respuestas, atraída por la luz y por la música que enciende esa luz».
Así, el libro está construido en trece capítulos, a partir del título de la novela que es, a confesión del autor, Gregorio Angelcos (Santiago, 1953) un poema suyo, breve también. El cronista que da cuenta de la obra se permite intentar una suerte de preludio sobre la base de los apartados, que se le figuran una suerte de diálogo o contrapunto sugerido por el jazz:
1. La música es un principio lúdico de la libertad
La música es el componente lúdico en la búsqueda del conocimiento y la libertad. Lo lúdico es el humor que acompaña la idea, su luz y el ritmo que mueve la inquietud de la palabra.
2. La imagen y la memoria son el origen de un imaginario
El hombre ve el mundo como su propia interpretación y su imaginario no es transferible.
3. El siglo es una anécdota del tiempo
Las medidas del hombre no logran atrapar el tiempo, ni menos ordenarlo como una clasificación imposible.
4. El imaginario se mete en la realidad inventado una contradicción
El escritor apela a su imaginación para descifrar el laberinto existencial.
5. Un sueño altera el ritmo del imaginario
Gregorio Angelcos sueña con Kafka y se entera de que su apellido es Samsa.
6. La rutina crea la imagen de una imagen a través de circuitos invisibles
El narrador busca desentrañar la red de redes en que se expresa la urbe.
7. Francisca. La fiesta en blanco y negro y Bárbara. Una noche entre paréntesis
Francisca es Cordillera; los nombres que procuran fijar una identidad que atrape a la mujer; Bárbara es el forzoso pragmatismo femenino.
8. La realidad virtual. Asediada por Dios
Dios que habla al creador literario desde el tablero de ajedrez. Si no son infinitas las movidas o los escaques, tampoco lo son las palabras huidizas con que fijar la realidad.
9. Una noche de Bohemia con síntomas de metafísica
El fin del mundo y su probabilidad en el barrio Bellavista
10. Una conversación virtual al margen de la voluntad del imaginario y la ficción
Un diálogo que parece no conducir a ninguna parte.
11. En un sueño, la ficción duda de la existencia de una realidad
El mundo soñado en la realidad irreal de un sueño con extraño despertar.
12. El vuelo de un hombre es más trascendente que el vuelo de un pájaro
¿La conciencia de Altazor en Gregorio Angelcos?
13. El final puede ser el término; pero también el principio
«En la ficción escrita, las formas las sugieren las palabras que se introducen en la conciencia de quien lee…».
Toda escritura es circular.
Los basamentos de la posmodernidad
Una novela urbana, publicada por primera vez en 1997, tres años antes del misterioso advenimiento del año 2000, con sus vaticinios y presagios. Entre clasificar la novela de «kafkiana», según Juan Radrigán o de «inclasificable», según Francisco Rivas, opto por decir de ella que es una narración alegórica, desplegada sobre la base de un humor finisecular que pone en entredicho, a través de su fina ironía, los basamentos de la posmodernidad.
En efecto, un humor antiguo, que podríamos explicarlo a partir de su ancestro griego. El desencanto del narrador no tiene, para mí, nada de kafkiano y sí está muy cerca de Borges, porque la desesperanza, si no se resuelve en un pesimismo nihilista, sí se afirma en la búsqueda de un lenguaje capaz de ofrecernos una coherencia necesaria para seguir viviendo ese sueño entre los sueños que parece ser nuestra existencia terrenal.
Sí, hay ribetes existencialistas que nos dicen: el sentido de la vida es vivirla, hasta sus últimas consecuencias, es decir, hasta la muerte. Por supuesto, con los interludios del amor, significados en dos personajes femeninos Francisca (Cordillera) y Bárbara; la locura del amor pasional, el impulso de romper las barreras de toda contención, por una parte; la cordura que ofrece, por otra, la convocatoria de la mujer para que el narrador abandone la esfera de los sueños y siente cabeza, ponga sus pies sobre la tierra y asuma las urgencias y servidumbres de la realidad real.
En el más extenso de los capítulos de esta novela breve, «La realidad virtual asediada por Dios» el narrador nos recuerda su oficio periodístico, para escribir una parodia de las comunicaciones mediáticas y su vacuidad de falsas ilusiones y noticias que no cumplirán su función informativa ni menos alterarán las correlaciones del poder real.
¿Y Dios, cuál es su papel en todo esto? El universo es un tablero de ajedrez y ante él nos enfrentamos en una partida donde el jaque mate ya está previsto, pero la expectativa de jugarla nos da la impresión fugaz de una posibilidad de triunfo.
Gregorio Angelcos asume el desafío. Las dieciséis piezas son para él las palabras y sus infinitas posibilidades de combinación. Y es que para un escritor de oficio, que ha encontrado su estilo inconfundible y el rumbo de sus pasos en la escritura, el triunfo, como palabra y concepto, se transforma en un abuso del lenguaje, como otras que solemos usar sin una cabal reflexión: siempre, eterno, infinito.
Novela de anticipación, en cierto modo, si tomamos en cuenta los veintinueve años que median entre la primera y la segunda edición, el salto y la llegada al nuevo milenio y el cuarto de siglo ya vivido. La ciudad, la gran urbe, este laberinto en que el narrador vive, sueña y escribe, no parece haber cambiado en lo sustancial. El narrador recurre a imágenes y sucesos del pasado, para entender el mundo y entenderse a sí mismo en su reflexión desplegada a lo largo de tres décadas.
La novela es inquietante, interpela al lector, sea o no coetáneo del autor, planteándole las inquietudes básicas de lo humano, el cuestionamiento del ser y del hacer en la jaula del tiempo, lo desafía en su deambular por esta urbe de Santiago de Chile, amada u odiada, laberinto de sucesos dramáticos o trágicos —rara vez felices—, con sus rincones propicios al amor o a la bohemia.
Le insta, sin que ello sea explícito, a participar en este develamiento sin desenlace claro, como no sea el de la muerte, cuyo umbral también desconocemos. Este universo está descrito a través de una extraordinaria síntesis del lenguaje, lo que nos hace recordar la sentencia de Baltazar Gracián elogiada por Borges: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno».
***
Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.
Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.
Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.


Imagen destacada: Gregorio Angelcos.

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