[Homenaje] Aníbal Ricci, el fin del vuelo

Aníbal Ricci Anduaga, hombre de mediana edad frente a pared gris, viste camiseta negra con detalle de neón

El Diario «Cine y Literatura» despide al querido y generoso amigo, un escritor puro, amateur y desinteresado donde los haya, apasionado por las letras y la apreciación audiovisual en partes iguales, y quien esperaba siempre como única gratificación y recompensa, el comentario atento de sus lectores más cercanos [NdlR].

Por Juan Mihovilovich

Publicado el 26.8.2026

«No le tengo miedo a la muerte, en cierta manera cada psicosis es como matar al sujeto anterior».
Aníbal Ricci

«Sus textos que no están ocupados en ocultar perversiones desidias y traiciones, más bien hacen de estas un material simbólico para mostrarnos una sociedad que ha perdido límites, pero que aún resguarda la ternura. Así es la urbanidad que construimos y que Aníbal Ricci describe con finos y grotescos trazos de humanidad».
Cristian Cottet 

«Morir es difícil, vivir lo es aún más».
Sergei Esenin

Aníbal Ricci Anduaga (1968 – 2026) se ha ido de este mundo de una manera drástica y no por ello menos sorpresiva y dolorosa para quienes lo conocimos en su duro dilema de sobrevivir, exigiéndose al límite de sus fuerzas como si cada día fuera el último.

Desde su apariencia de hombre físicamente grande, con una mirada de niño que parecía relucir desde una profundidad dubitativa nos decía que le costaba entender la porfiada naturaleza que habitó. Y lo expresaba sin ambages a través de sus libros: allí daba rienda suelta a sus desequilibrios emocionales, a sus afanes, a sus adicciones y recaídas regulares, a esa necesidad de reconocerse a sí mismo, en esa insaciable búsqueda del ser y estar en algún lugar del universo que pudiera cobijarlo y desde el que lograse aproximarse a los demás.

Sus palabras nos advertían sin tregua que el peligro de existir nos acechaba a la vuelta de la esquina, que el origen del desconsuelo humano era una lápida puesta a propósito sobre los hombros como una sentencia velada antes de cada nacimiento.

Así, sus cuentos, novelas y poemas eran un clamor soterrado por salir del pozo oscuro al que habitualmente descendía, del que lidiaba por salir, intentando redimirse de culpas propias y ajenas.

Más allá de su insigne lucidez, emanaba de su escritura una suerte de delirio universal, como si hubiese constreñido en sí mismo las miserias colectivas, apresándolas en su interior en una constante autoinmolación.

Era una vida difícil que retransmitía a cada momento una advertencia suspicaz. Nos evidenciaba a intervalos regulares, en esos extensos monólogos que redactaba como un poseso ávido de su propia resurrección, que la existencia era difícil y que sus luchas por salir del atolladero chocaban a menudo con ese martirio íntimo y secreto entronizado en sus sentidos, ansiando recuperar la vigencia de un alma extraviada.

 

La ternura era siempre mayor que sus alucinaciones

Aníbal era dueño de una delirante sensatez. En esta paradójica forma de vivir se erigía un velado empeño por ser mejores. En su fuero íntimo habitaba la dulzura inmanente de ese niño perdido y desconcertado en un territorio hostil. Y con todo su dolor a cuestas su ternura era siempre mayor que sus alucinaciones, así estas nos sacudieran nuestra modorra e indiferencia con sus incesantes llamados de atención.

En la cúspide de sus palabras, en la agonía de sus silenciosas exclamaciones de auxilio había un dejo de derrota anticipada, de una batalla que sabía perdida a pesar de sus esfuerzos por dominar a ese enemigo obtuso que lo sacudía por fuera y por dentro.

Solía decir que oía voces por doquier y que esos mensajes contradictorios eran fruto de su propia desolación, de sus pensamientos huidizos, de sus sueños atrofiados, de sus anhelos frustrados y de esa necesidad aterradora que lo impulsaba a querer tocar alguna vez el cielo con las manos.

Quizás finalmente lo haya logrado. Es posible que en ese vuelo dirigido desde un quinto piso ñuñoíno viera finalmente su reingreso a esa muerte que lo tiraba de los pies, a ese espacio de luz que no logró descifrar en su perenne oscuridad terrenal.

Con todo, Aníbal Ricci deja aquí la huella imborrable de una angustia que se arrastró con él como un estigma, que lo sacudió en sus cimientos materiales y que nos remece hoy como tristes espectadores de una caída inentendible, aunque él supiera siempre que ese descenso era su venida a un mundo insólito y del que, de vez en cuando, podía sustraerse.

Ahora serás leído y tal vez logremos entender qué nos quisiste decir con tu sufrimiento a cuestas.

Querido Aníbal, descansa al fin en esa paz que nunca tuviste entre nosotros.

 

 

 

 

 

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Juan Mihovilovich Hernández (Punta Arenas, 1951) es un importante autor chileno de la generación literaria de los 80, nacido en la zona austral de Magallanes, y quien en la actualidad reside en la ciudad de Linares (Séptima Región del Maule).

Entre sus obras destacan las novelas El amor de los caracoles (Simplemente Editores, 2024), Útero (Zuramérica, 2020), Yo mi hermano (Lom, 2015), Grados de referencia (Lom, 2011) y El contagio de la locura (Lom, 2006, y semifinalista del prestigioso Premio Herralde en España, el año anterior).

 

Juan Mihovilovich Hernández

 

 

Imagen destacada: Aníbal Ricci Anduaga.

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