El realizador francés Jean-Paul Salomé trabaja con una estructura reconocible: el ascenso de un criminal extraordinariamente hábil, la doble vida, la persecución policial y finalmente la caída. La película tampoco busca reinventar ese molde. Confía en una buena historia, en sus personajes y en una reconstrucción histórica cuidada para sostener más de dos horas de relato.
Por Daniel Razazi Aylwin
Publicado el 4.9.2026
Hay algo particularmente atractivo en las historias de personajes capaces de engañar durante años a todo un sistema. Más todavía cuando detrás del delito existe un talento que, utilizado en otras circunstancias, probablemente habría recibido reconocimiento.
El gran falsificador (L’Affaire Bojarski), dirigida por Jean-Paul Salomé, encuentra buena parte de su fuerza en esa contradicción. Inspirada en la historia real de Jan Bojarski, la película sigue a un hombre de talento extraordinario que se convierte en uno de los falsificadores más célebres de Francia.
La historia comienza en los años 40, cuando Bojarski, un ingeniero polaco, intenta reconstruir su vida en Francia. El contexto importa. Europa acaba de atravesar la guerra y los polacos han sufrido desplazamientos, persecuciones y una enorme precariedad.
Bojarski posee conocimientos, imaginación y una notable habilidad técnica, pero su condición de extranjero dificulta que encuentre un trabajo acorde con sus capacidades. La película insiste además en una ironía que acompañará al personaje: inventos como el bolígrafo o una silla de altura regulable apenas despiertan interés. Nadie parece demasiado dispuesto a reconocer su talento cuando intenta ponerlo al servicio de una vida convencional. La falsificación le ofrecerá, de la peor manera posible, el desafío que ese mundo le había negado.
También está Suzanne (Sara Giraudeau). Bojarski la enamora precisamente a través de aquello que mejor sabe hacer: toca el piano, inventa artefactos y exhibe una inteligencia capaz de encontrar soluciones donde los demás apenas ven problemas. Quiere ofrecerle a ella y a sus dos hijos una buena vida, una posición y una seguridad que él mismo no ha tenido. En ese deseo hay amor, aunque también empieza a insinuarse uno de los rasgos que llegará a dominarlo por completo: la necesidad de demostrar de qué es capaz.
La falsificación comienza como una respuesta a sus circunstancias, pero pronto adquiere otra dimensión. Las mejores escenas de la película son aquellas en que Bojarski trabaja. El dinero parece perder momentáneamente su valor económico mientras él estudia papeles, tintas, relieves y procedimientos. En esa búsqueda obsesiva del billete perfecto conviven el ingeniero, el artesano y el artista. Reda Kateb consigue transmitir muy bien ese placer silencioso de la creación. Su personaje disfruta resolviendo lo imposible y cada dificultad parece estimularlo todavía más.
Ese recorrido tiene una vuelta de tuerca reveladora: durante años Bojarski busca que alguien se interese en sus inventos y encuentra el reconocimiento precisamente en aquello que debe mantener oculto. Sus billetes alcanzan un grado de perfección que desconcierta a quienes intentan descubrir su origen, pero ese éxito clandestino contiene una frustración: nadie puede saber que fue él quien los hizo.
Ese talento trae consigo una enorme soberbia. En determinado momento, Bojarski llega incluso a introducir su firma en los billetes. El gesto parece absurdo para alguien cuya supervivencia depende de permanecer invisible, pero dice mucho acerca del personaje: el falsificador quiere dejar la marca del autor sobre su obra. La perfección ya no le basta; necesita saber que aquello le pertenece.
La película vuelve sobre esa característica de una manera especialmente ingeniosa cuando la policía finalmente descubre su taller clandestino. Bojarski está mostrando orgullosamente uno de sus inventos, una cafetera, cuando un accidente con el café termina entregando una pista decisiva sobre lo que se esconde bajo la casa. Después de años fabricando billetes casi imposibles de detectar, su caída llega por una necesidad mucho más sencilla: mostrar su talento. La misma confianza que le permitió enfrentarse durante años a un desafío aparentemente imposible abre finalmente la grieta que permite atraparlo.
Mientras tanto, su obsesión ha cobrado un precio mucho más doloroso. El hombre que quería proporcionar bienestar a su mujer y a sus hijos se aísla cada vez más de ellos. Pero la película no examina con suficiente incomodidad la complicidad de Suzanne: durante años disfruta de una holgura material creciente —la casa, la posición, la seguridad que Bojarski prometió al enamorarla— sin que el relato la haga preguntarse de dónde sale ese dinero.
Esa mirada hacia otro lado, sostenida durante más de una década, habría merecido al menos una fisura; tal como está resuelto, Suzanne queda más cerca de la beneficiaria pasiva que de una cómplice consciente, y el guion pierde ahí una capa de ambigüedad moral que el personaje de Bojarski sí tiene de sobra.
La casa expresa muy bien esa contradicción. En la superficie está la vida familiar que Bojarski intenta sostener; bajo ella existe el taller secreto que permite financiarla y que paulatinamente absorbe su existencia. En algún momento, el proyecto destinado a asegurar el futuro de su familia acaba alejándolo de ella.
Frente a Bojarski aparece André Mattéi (Bastien Bouillon), el policía que dedica años a perseguirlo. La relación entre ambos constituye otro de los grandes aciertos de la película. Con el paso del tiempo, la persecución adquiere la forma de un duelo entre dos hombres igualmente metódicos y obstinados. Mattéi estudia los billetes, intenta comprender cómo fueron fabricados y aprende a pensar como el hombre al que busca. De ese enfrentamiento surge gradualmente un extraño respeto entre adversarios. Salomé ha reconocido que pensó en Heat, de Michael Mann, para construir esas confrontaciones dialogadas, y el eco del duelo entre De Niro y Pacino es evidente. Se trata de un préstamo declarado que funciona gracias a la tensión entre Kateb y Bouillon, suficientemente bien construida para que la relación adquiera vida propia.
Esa relación guarda además una ironía hermosa. Bojarski pasó buena parte de su vida intentando demostrar cuánto valía, primero ante una sociedad que apenas encontraba un lugar para él y luego a través de sus propias creaciones. Sin embargo, debido a la naturaleza clandestina de su trabajo, jamás podía recibir abiertamente el reconocimiento
que tanto parecía necesitar. Mattéi termina siendo una de las pocas personas capaces de comprender realmente la magnitud de lo que hizo.
Por eso funciona tan bien el encuentro entre ambos hacia el final. Ya fuera del juego que los enfrentó durante décadas, Mattéi le muestra nuevas falsificaciones. Bojarski las observa y asegura, con la soberbia todavía intacta, que nadie llegará a igualarlo. Ambos ríen. En esa risa queda condensada toda su relación: el policía conoce demasiado bien a su antiguo adversario como para ignorar que, detrás del delincuente, había también un creador excepcionalmente dotado; Bojarski, por su parte, finalmente puede presumir de su obra ante alguien que sabe exactamente cuánto talento exigía realizarla.
A todo esto se suma una excelente reconstrucción histórica. Automóviles, vestuario, viviendas, talleres y calles acompañan el paso de las décadas con un cuidado notable. La dirección de arte permite seguir las transformaciones de Francia mientras la historia personal de Bojarski avanza junto con ellas. Esa atención al contexto le entrega a la película un espesor que va mucho más allá de la curiosidad provocada por conocer las peripecias de un falsificador famoso.
Jean-Paul Salomé trabaja con una estructura reconocible: el ascenso de un criminal extraordinariamente hábil, la doble vida, la persecución policial y finalmente la caída. La película tampoco busca reinventar ese molde. Confía en una buena historia, en sus personajes y en una reconstrucción histórica cuidada para sostener más de dos horas de
relato. La historia real que la inspira y, sobre todo, la complejidad que adquiere Bojarski hacen el resto. El gran falsificador habla de desplazamiento, familia, creación, reconocimiento y obsesión sin perder nunca el placer de una buena historia policial.
Bojarski quiso fabricar el billete perfecto y durante años estuvo sorprendentemente cerca de conseguirlo. En el proceso construyó también una vida secreta que terminó consumiendo buena parte de aquello que pretendía proteger. Quizás por eso su última sonrisa resulta tan apropiada. Después de haber perdido tanto, todavía conserva una certeza que nadie, ni siquiera el hombre que logró atraparlo, parece dispuesto a discutirle: en aquello que hizo, fue extraordinariamente bueno.
***
Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

Tráiler:

Imagen destacada: El gran falsificador (2025).

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