[Ensayo] El Cristo de bronce: Vida, sobrevivencia y teología neoliberal

El robo no consiste solamente en llevarse un objeto, sino en alterar el «régimen de lo visible» (Rancière) y disipar por ende un nuevo reparto de metales. La aleación de cobre con estaño estaría ligada a una forma, a una genealogía, a una estética y separada de allí aparece sólo como un material. De modo que la figura simbólica deja de ser leída por aquello que representa y comienza a ser entendida por su valor financiero y comercial.

Por Mauro Salazar Jaque

Publicado el 2.9.2026

Hay algo inquietante en nuestro mundanal tupido. Un Cristo puede desaparecer y después de su desaparición, el tumulto noticioso consigue retenerlo principalmente como materia. Fueron cincuenta kilos de bronce, una pieza cuyo valor comercial superaría los diez millones de pesos, un objeto arrancado de un mausoleo del Cementerio Católico de Santiago, del cual quedaron solo dos dedos, pues el resto fue sustraído.

La escena parece pertenecer al registro policial, “crónica roja”, pero su significación precede y excede al Chile Iliberal. Hay aquí una pequeña catástrofe de la forma: aquello que durante décadas sostuvo una imagen religiosa, una memoria familiar, una inscripción estética en el espacio funerario y una determinada relación con la muerte, terminó reducido a una materia disponible.

El robo no consiste solamente en llevarse un objeto, sino en alterar el “régimen de lo visible” (Rancière) y disipar un nuevo reparto de metales. El bronce estaría ligado a una forma, a una genealogía, a una estética y separado de allí aparece como material. De modo que el Cristo deja de ser leído por aquello que representa y comienza a ser leído por aquello que pesa.

Por eso el metal interesa menos como sustancia que como escena de reificación, no porque el bronce tenga en sí mismo una vocación mercantil, sino porque permite observar el momento en que una forma visual, ética, estética y conceptual queda sometida a una lógica de equivalencia, donde el Cristo puede transformarse en pieza de bronce, la memoria en propiedad, el patrimonio en bien, el duelo en gestión y la pérdida en costo. Antes había un Cristo, después hay cincuenta kilos, y la frase condensa una operación mucho más amplia que la del robo, pues señala la reducción de una singularidad a una magnitud intercambiable: dado que el objeto adquiere inteligibilidad cuando puede ser contado, asegurado, tasado o reemplazado, y esa lengua común posee una eficacia que termina por parecer natural. Nuestro neoliberalismo no solo privatiza servicios, privatiza también las sensibilidades, el modo de mirar, de recordar, de valorar, de manera que la memoria necesita una institución que la custodie, el patrimonio una normativa, el duelo un lugar, y la vida misma debe acreditar permanentemente sus condiciones de permanencia.
El bronce, al desaparecer, no rompe solamente un ritual, sino un “equilibrio de consumo”, porque el consumo no se limita a la adquisición de mercancías, sino que también organiza una determinada relación con la pérdida. Cuando algo se deteriora y se reemplaza, se repone, cuando algo deja de funcionar y se recicla, el problema no reside en que una sociedad repare sus pérdidas, sino en que llegue a imaginar que toda pérdida puede resolverse mediante reciclajes de metal, aunque un muerto no se repone y una memoria tampoco. Chile ha desarrollado una particular familiaridad con la materia, cobre, hierro, litio, madera, agua, energía, de modo que el territorio aparece con frecuencia narrado mediante aquello que puede extraerse, transformar y circular, y el país provee fierro y, al mismo tiempo, despoja subjetividad, pues existe una extraordinaria capacidad nacional para producir valor a partir de materias extraídas y una capacidad mucho más frágil para proteger las formas simbólicas mediante las cuales una sociedad se reconoce, de suerte que podemos tener abundancia de materia y precariedad de mundo.

Todo país que pierde relieves y horizontes, provee las imágenes de una Fundición, pues ya no se mira el territorio para encontrar diferencias, alturas o promesas, sino como superficie de extracción, donde la cordillera deja de ser paisaje y se vuelve reserva, el desierto depósito, el suelo yacimiento. La fundición no es solamente el lugar donde el metal cambia de estado, es también una imagen política, fuego, materia, moldes, residuos, transformación, en la que una forma entra y otra sale, y algo se pierde en el proceso para que la materia adquiera una nueva disponibilidad; y esta imagen no es solo retórica, porque Chile tiene, literalmente, sus fundiciones. La de Ventanas, en Quintero y Puchuncaví, funcionó desde 1961, primero bajo la Empresa Nacional de Minería y luego bajo Codelco, refinando cobre durante más de sesenta años hasta su cierre en mayo de 2023, tras ser catalogada como una de las mayores fuentes de emisión contaminante del país, y el territorio que la rodea es nombrado, en la investigación ambiental y en la prensa, zona de sacrificio, un término que ya supone en su propio nombre la lógica que este ensayo intenta describir: un lugar y una población convertidos en costo aceptable de una operación de valorización más amplia. Las categorías del extractivismo y el neoextractivismo regional describen exactamente ese mecanismo, territorios y cuerpos que se vuelven insumo de un circuito de exportación cuyo centro de decisión está en otra parte, y durante seis décadas La Fundición fue el lugar donde ese mecanismo se volvía literal, el cobre entraba como mineral y salía como cátodo, mientras el dióxido de azufre y los metales pesados quedaban en la tierra, en el mar, en los cuerpos de quienes vivían alrededor.

El “Cristo de bronce” condensa esa contradicción, pues la figura pertenecía a una familia, pero también a una historia de inmigración, a una tradición religiosa, a un cementerio y a una memoria material de los muertos, y su valor no era una propiedad aislada del objeto, sino que surgía de las relaciones que lo rodeaban, de modo que cuando la figura es desprendida de ellas queda disponible para una economía de la equivalencia, y en esa separación repite, a escala mínima y doméstica, el mismo gesto que a escala industrial convirtió a Puchuncaví en zona de sacrificio. El metal se disipa así como la verdadera “teología del neoliberalismo”, no como una doctrina sino como una creencia silenciosa que se extiende allí donde las antiguas promesas han perdido consistencia, y opera como un tótem porque parece no traicionar ni prometer, pesa, resiste, circula, puede medirse: una onza de oro puede aumentar su precio, una tonelada de cobre puede entrar en una estadística, una pieza de bronce puede ser tasada, porque el metal admite un lenguaje que el sistema entiende, el de la equivalencia, y no basta con que algo signifique, debe poder contarse, tasarse, recuperarse.

Ese tótem no calma la crisis, la administra, pues el neoliberalismo no promete necesariamente futuro, promete continuidad operativa, y frente a la interrupción activa procedimientos, se reemplaza, se reubica, se recicla, se asegura, e incluso lo sagrado puede atravesar el filtro del material, porque si puede desarmarse, transportarse y venderse, ingresa al mundo de las soluciones. El cierre mismo de la fundición de Ventanas, decidido finalmente en 2023 tras décadas de denuncias, se administró con ese mismo vocabulario, procedimientos sancionatorios, planes de descontaminación, medidas de remediación, de modo que la reparación de una zona de sacrificio, igual que la reposición del bronce robado, tiende a hablarse en el idioma de la gestión antes que en el del duelo. Ahí aparece el gobierno de emergencia, que establece una temporalidad donde todo debe resolverse con rapidez y en la que las formas que requieren tiempo, la memoria, la transmisión, el duelo, quedan relegadas porque no producen respuestas inmediatas, y hoy la sobrevivencia ocupa el lugar de la vida, pues no es simplemente la continuidad biológica, sino una condición social en la que vivir significa administrar permanentemente aquello que amenaza con faltar, el pago, la comida, el arriendo, el empleo, de manera que la vida pierde espesor y comienza a confundirse con la administración de su propia continuidad.

Desde allí también cambia la relación con la muerte, pues Chile parece haber roto su conversación con ella, y ya no siempre la mira como un límite que ordena la experiencia, sino como una interrupción que debe ser administrada, rodeada de procedimientos, sustituciones, trámites, y quizás sea precisamente allí donde el cementerio adquiere una densidad política, porque es uno de los pocos lugares donde una sociedad todavía se ve obligada a reconocer que existen pérdidas que no pueden ser compensadas por completo. Por eso “el bronce importa más que el duelo”, ya que el metal no promete ni alienta esperanzas, simplemente se vende en trozos, y lo que interesa no es convertir el robo en una alegoría total, sino la escena simbólica que produce, una figura religiosa despojada de su lugar y reaparecida como material valorizable. Los dos dedos que quedaron introducen, sin embargo, una interrupción, pues no restituyen al Cristo ni reparan el daño, y su fuerza reside justamente en esa insuficiencia, ya que son materia que todavía remite a una forma ausente, una huella que conserva algo del vínculo destruido, de modo que entre esos dos dedos y los cincuenta kilos de bronce se abre una diferencia decisiva: los cincuenta kilos pertenecen al lenguaje de la equivalencia, los dos dedos al lenguaje de la huella, uno calcula, el otro recuerda.

Quizá allí se encuentre la distancia entre sobrevivencia y vida, pues sobrevivir consiste en conservar lo indispensable para continuar, mientras que vivir implica además preservar las formas mediante las cuales una existencia puede reconocerse como propia, imágenes, relatos, lugares, gestos, nombres, rituales, y una sociedad puede sobrevivir a la pérdida de esas formas, pero el precio puede ser una disminución silenciosa de su subjetividad, de modo que no desaparece la vida biológica, sino que se empobrece el mundo en el cual esa vida podía reconocerse. El problema no es que Chile tenga demasiado metal, es que comienza a confiar demasiado en él, en aquello que pesa, que se exporta, que produce cifras, mientras aquello que no admite equivalencia, una imagen, un cementerio, una memoria familiar, queda expuesto a la precariedad, y el Cristo robado deja abierta una pregunta que ningún procedimiento administrativo puede clausurar: cuánta vida puede convertirse en sobrevivencia antes de que una sociedad pierda las formas con las cuales todavía consigue reconocerse. Tal vez los dos dedos sean importantes justamente porque no alcanzan, no restauran, no compensan, pero recuerdan, y en una sociedad gobernada por la urgencia recordar ya constituye una interrupción política.

Chile puede seguir proveyendo cobre, hierro, litio y bronce, puede continuar midiendo su riqueza en toneladas y precios, pero cuando un país no tiene relieves, cuando el horizonte se vuelve una superficie sin distancia, la fundición termina ocupando imaginariamente el lugar del paisaje, y en Puchuncaví, además, lo ocupó literalmente durante seis décadas. El Cristo de bronce permanece en el límite de esa imagen, pues fue una forma antes de ser metal, una figura antes de ser materia, una memoria antes de convertirse en objeto susceptible de intercambio, y el problema no es la ausencia de materia, sino su exceso de disponibilidad, de modo que quizá el verdadero peligro no sea que Chile se quede sin bronce, sino que llegue a tener todo el metal necesario para sostener sus circuitos de riqueza y, sin embargo, ya no encuentre palabras ni relieves con los cuales reconocerse. Porque “sobrevivir es todavía permanecer”, vivir es otra cosa, y supone que el mundo no esté enteramente convertido en material disponible, que la muerte conserve un lugar distinto al de la reposición, que una imagen pueda permanecer irreductible a su precio, y los dos dedos del Cristo permanecen allí, en esa zona mínima donde la forma se niega a desaparecer completamente dentro de la materia, de manera que mientras quede una forma que no pueda ser enteramente fundida, todavía habrá una diferencia entre un país que sobrevive y una sociedad que vive.

Y cabe subrayarlo: bajo la superficie lisa del metal late una fe que ya no necesita nombrarse, la “certeza positivista” de lo pesable, de lo que no miente porque no habla, y el pánico contemporáneo no grita, se administra en cátodos y planes de descontaminación, en cuerpos que aprenden a vivir con el dato de su propia contaminación como quien aprende a vivir en tempestades, porque lo que la fundición funde no es solo cobre, sino la posibilidad misma de que algo permanezca sin convertirse antes en cifra, en reserva, en superficie disponible para el próximo vaciado del mundo.

Hay terquedad en el metal, algo que no admite duda, y que quizá explica por qué el bronce, ese material capaz de sobrevivir a las intemperies, a los saqueos de los saqueos, al pillaje, se ha convertido en el refugio de un país sin relieves, porque cuando se apaga la política, cuando el porvenir deja de ser una promesa colectiva y se vuelve apenas un cálculo de rentabilidad, lo que queda es la materia: dura, verificable, ahí, disponible para ser fundida una y otra vez, como si la certeza mineral pudiera reemplazar la certeza histórica; se podría decir, sin mucho rodeo, que “la ausencia de horizonte político lleva a Chile a la sobreabundancia de metal como certeza positivista”, un país que ya no imagina pero que sigue fundiendo, porque el bronce no miente, no promete ni falla, y en esa aparente honestidad mineral desplaza el sentido: luego se esconde, quizá como la forma más silenciosa del abandono, una honestidad que se sostiene, además, sobre una genealogía de pensamiento que va desde explicar por qué, cuando el horizonte político desaparece, lo único que queda en pie, brillante e inmóvil, es el metal.

El neoliberalismo no elimina el sentido, lo reemplaza por un simulacro de literalidad: lo que pesa, lo que se mide, lo que no requiere interpretación. Donde antes había una trama, religiosa, política, histórica, ahora hay un dato: cincuenta kilos, un precio de mercado. Esa sustitución no es neutra, es la forma que toma el poder cuando ya no necesita convencer, solo pesar. La Fundición (caso chileno y probablemente regional) es una imagen perfecta que no oculta el secreto, sino que lo disuelve en procedimiento, en gestión, en cátodos. El Cristo robado sería, en su lógica, menos un crimen que un síntoma de lectura: la prueba de que ya nadie espera que los objetos signifiquen algo más que su valor de reposición, y que ese vaciamiento de la trama es, él lo diría, la verdadera censura contemporánea, no prohibir el relato sino volverlo innecesario.

Por fin, el neoliberalismo no produce silencio, produce un exceso de literalidad brutal, cuerpos, cifras, kilos, que reemplaza cualquier posibilidad de duelo compartido. El bronce fundido y vuelto a fundir sería, una violencia que se administra como rutina. Cabe desconfiar de cualquier consuelo estético fácil frente a esto; probablemente no hay redención posible en “los dos dedos” que quedan, sino apenas un resto que confirma la magnitud de lo perdido.

La Fundición de Ventanas y el robo del Cristo como la misma escena repetida a distintas escalas: un país que aprendió a convertir la desaparición en procedimiento administrativo. El “exceso de metal” no sustituye el sentido por otro sentido, lo sustituye por nada, por un vacío que la sociedad se esfuerza en no mirar, y esa ceguera organizada sería la verdadera zona del sacrificio regional.

 

 

Bibliografía

— Ranciére, J. (2004). La política de la estética: la distribución de lo sensible. Londres, Reino Unido: Continuum.

 

 

 

 

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Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y también doctor en comunicación por la Universidad de La Frontera (Chile) y por la Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

 

Mauro Salazar Jaque

 

 

Imagen destacada: Cristo de bronce robado desde el Cementerio Católico de Santiago entre el 10 y 11 de abril de este año.

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