Para nuestro querido amigo escritor la falta de oxígeno y su consiguiente desasosiego tenían otro origen y ni el remedio ni los paliativos estuvieron a nuestro alcance, aunque bien pudiera ser que no supimos escuchar ni leer lo que estaba entre líneas.
Por Edmundo Moure Rojas
Publicado el 30.8.2026
Para mí, como escritor, es difícil escribir bajo una súbita y honda conmoción; en esto, los periodistas llevan la ventaja, o tienen que aferrarse a ese concepto para dar cuenta de la inmediatez y no quedar «fuera de tiempo».
Hace unos días que partió de este mundo, mediante una caída brutal y voluntaria, el joven escritor Aníbal Ricci Anduaga (1968 – 2026), amigo cuya novela, Vivir atormentado de sentido, presenté en la Casa del Escritor, en octubre de 2024. El título anuncia ya una condición vital dolorosa.
Escribí entonces, a propósito de esta inquietante narración: «El autor se muestra y manifiesta desencantado y pesimista ante su propio existir. Mira cara a cara al Tiempo y a su implacable ejecutora, la Muerte. Nos entrega una novela apasionada y apasionante, que a ratos logra leernos a nosotros mismos —tal me ha ocurrido en sus páginas—, en su anhelante discurso».
Conversé algunas veces con Aníbal, dialogamos también a través de los textos literarios. Él me escribía con cierta asiduidad por medio del wasap, artilugio que a menudo parece una vía para expresar tonterías o para no decir nada (el sino de incomunicación de nuestra época).
Hace poco, semanas, quizá, Aníbal me hizo llegar varios textos de su intimidad reflexiva; no les presté la debida atención o los leí con la maldita prisa que nos distrae; no voy a lamentarme por ello, pues a él no le parecería adecuado, al Ricci de humor filoso, digo, al que sabía leer debajo del alquitrán de las palabras.
Acabo de desplegar uno de esos breves escritos. Lo he leído esta madrugada, una y otra vez, en la sofocante coincidencia de un acceso de asma, anomalía que me persigue desde los seis años y que se irá conmigo en la última expiración.
El texto de Aníbal se titula Oxígeno, y lo recibí el 5 de junio de este año, cuando estábamos en la sala de embarque de Pudahuel, con rumbo previsto a Chicago. Es lo que me faltaba hoy al amanecer, el aire bien oxigenado; a él también, aunque no era el oxígeno material, sino otro más hondo, la sofocación del alma, ese «llanto ahogado» que describe Voltaire, ilustre asmático del soma y del espíritu (enfermedad psicosomática, afirman los sesudos galenos).
Transcribo las palabras de Aníbal Ricci como un testimonio inadvertido por mí en su momento crucial:
Anoche dormí doce horas y estaba aterrorizado. Todo es relativo, caí rendido al primer crepúsculo del alba (hermosa imagen, agrego yo) cuando los primeros rayos asomaron por la ventana. No era consciente y mis ojos cerrados no surtían de estímulos a mi cerebro.
Tenía miedo de no despertar, miedo a las voces inquisidoras de la gente (la torva amenaza del otro). Estaba agotado y quería ver una película estúpida. No deseaba pensar, estoy especializándome en tramas inconducentes. Empecé a leer un libro de un amigo (no sería uno mío, espero) y 60 páginas volaron rápido, capítulos cortos y absorbentes, un verdadero anillo de Sauron del que me despojé para no seguir disfrutándolo.
El placer es una complicación, no me refiero al goce sexual, sino a esa pulsión adictiva alojada en mi cabeza que la cocaína ha impreso a fuego —corría muchos kilómetros, eso es saludable—, la falta de oxígeno, el mal funcionamiento de la psiquis y las ideas descabelladas.
Cuando te pasan cosas irreparables en la infancia, supongo que hay dos caminos. El primero es que la familia busque el apoyo de un psiquiatra, porque huir del desamparo y el miedo puede ser una ruta sin retorno. (Subrayo esta elocuencia desnuda y anticipatoria).
El cerebro deja de procesar en cronología y vienen los saltos de disco duro. La vejación, el maltrato, son cortes aislados, quedan encapsulados y sigues corriendo, pedaleando más fuerte hasta la cima de la montaña y viene la caída libre, sin oxígeno, correr por las calles para que los recuerdos no te alcancen.
Persiste el miedo, porque deambulas entre poblaciones, pero congelas esa sensación de terror ante lo inevitable., ante aquello que te da vergüenza. Requieres amor, pero eres un niño y no tienes idea de cómo obtenerlo.
Necesitas que alguien le dé sentido a tu existencia porque tu alma está dañada y puedes escribir manotazos de ahogado, pero son sólo eso, estertores y espasmos, el cuerpo se resiente y duele. Son las siete de la mañana y tengo miedo de apagar el computador, no es la máquina, tengo terror de que mi cerebro deje de funcionar.
Asma, angustia y literatura
Llego hasta aquí con esta transcripción parcial del relato, espaciada con los puntos suspensivos de rigor. Se supone que es un texto de ficción, un cuento que tiene otros componentes aquí omitidos, pero ahora lo leo como una desgarradora confesión, como un clamor perdido como los ecos de una campana en un pueblo deshabitado.
¿Por qué no fui capaz de escuchar mejor y a tiempo? No hay respuestas claras para esto, hay una soledad del alma o del espíritu o del cerebro que se vuelve insondable, para la cual no tenemos respuesta, porque de nada sirve la tardía compasión ni el inútil remordimiento.
Ya tengo casi todo escrito cuando me levanto. He utilizado mis dos nebulizadores, el de salbutamol y el de corticoide. Ya no escucho el llanto ahogado del asma. Hace 80 años que padecí el primer acceso, fue en la playa, El Quisco. Hubo manos diligentes, las de mi madre, y apoyo eficaz, de mi padre, para conjugar esa angustia, la falta de oxígeno, con recetas caseras, como la leche caliente con ajo molido.
Hay una relación curiosa entre asma, angustia y literatura. Desde Voltaire hasta Proust y otros escritores que convirtieron la anomalía respiratoria en experiencia estética y universal; también en catarsis encerrado en habitaciones oscuras, como el enfermizo Marcel en su casa de Combray.
Para nuestro querido Aníbal la falta de oxígeno y su consiguiente desasosiego tenían otro origen y ni el remedio ni los paliativos estuvieron a nuestro alcance, aunque bien pudiera ser que no supimos escuchar ni leer lo que estaba entre líneas.
Hasta siempre, Aníbal Ricci.
***
Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.
Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.
Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

Imagen destacada: Aníbal Ricci Anduaga (por Marucela Ramírez).

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