Este filme es más ambicioso que las anteriores películas de la realizadora estadounidense Jane Schoenbrun, pero también es menos sutil. Quiere ser simultáneamente una sátira de Hollywood, una revisión política de este género audiovisual del terror, un drama psicológico y asimismo una suerte de reflexión sobre el deseo en las audiencias.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 25.8.2026
Estrenada en el Festival de Cannes de 2026, donde obtuvo la Queer Palm, Teenage Sex and Death at Camp Miasma, la nueva película de Jane Schoenbrun (1986), retoma varias de las inquietudes que atravesaban sus trabajos anteriores.
Nuevamente aparece una suerte de coming of age o descubrimiento de sí mismo mediado por una pantalla: antes fue internet o un antiguo programa de televisión; esta vez, una saga de películas slasher.
El cuerpo y el medio vuelven a constituir los dos grandes ejes del cine de Schoenbrun. Sus personajes parecen existir escindidos entre ambos, atravesados por identidades fragmentarias y buscando en las imágenes un espacio de fuga frente a una realidad en la que no consiguen reconocerse por completo.
Su nueva película lleva estas preocupaciones hacia un terreno más ambicioso. Teenage Sex and Death at Camp Miasma funciona como un ejercicio de metaficción y como una reflexión crítica sobre el slasher, sus convenciones y sus espectadores.
La protagonista, Chris, es una directora contratada para realizar el remake de Camp Miasma, una vieja saga que Hollywood busca revivir décadas después. Las películas ficticias recuperan elementos reconocibles de The Texas Chain Saw Massacre, Friday the 13th y, de manera especialmente evidente, Sleepaway Camp. Estas referencias sirven como punto de partida para examinar los códigos del género y aquello que puede permanecer oculto detrás de ellos.
Chris pretende actualizar la saga eliminando algunos de sus componentes misóginos y transfóbicos mediante una lectura contemporánea, académica y deliberadamente consciente de las políticas de representación. Su proyecto cambia cuando conoce a Billy Preston, interpretada por Gillian Anderson, la antigua final girl de las películas originales. Billy todavía vive en el lugar donde se filmó Camp Miasma y parece habitar, de alguna manera, dentro del recuerdo de aquella película.
Es entonces cuando Schoenbrun comienza a desdibujar con mayor fuerza las fronteras entre realidad y representación. La vida de Chris, el universo nostálgico y obsesivo de Billy y las imágenes del slasher de los años 80 se superponen continuamente.
Incluso el espacio donde vive Billy parece deliberadamente artificial: la nieve, los árboles y el paisaje poseen algo de decorado, casi como si el campamento nunca hubiese dejado de ser un set cinematográfico. Esa decisión visual enfatiza una de las ideas más sugerentes de la película: para Billy, Camp Miasma no pertenece realmente al pasado. El escenario sigue existiendo porque ella continúa viviendo dentro de él.
Aquello que habría sido más perturbador dejar escondido
A partir de ahí, la película encuentra uno de sus temas más interesantes en la relación entre deseo, violencia e identificación. Schoenbrun se pregunta qué clase de deseos pueden alojarse en la mirada de quien observa una película slasher. Chris y Billy comparten una relación obsesiva con estas imágenes y, desde experiencias distintas, proyectan sobre ellas formas de identificación que oscilan entre la víctima y el asesino.
De esta manera, el filme desplaza la atención hacia la posición que ocupa el espectador frente a aquello que mira y hacia los deseos que esa posición puede revelar.
El slasher siempre ha tenido una relación particularmente incómoda con la sexualidad. El deseo suele aparecer asociado al peligro y los personajes sexualmente activos son, con frecuencia, castigados, mientras la figura de la final girl queda vinculada a una aparente pureza.
Al mismo tiempo, la violencia del asesino posee una evidente dimensión sexualizada. Schoenbrun recoge esos elementos y los vuelve explícitos hasta en el nombre del asesino, Little Dead, cuya cercanía con la expresión francesa la petite mort, utilizada para referirse al orgasmo, difícilmente parece accidental.
La película resulta especialmente estimulante cuando permite que esas relaciones aparezcan a través de las imágenes, los cuerpos y los espacios. El problema surge cuando siente la necesidad de explicar una y otra vez aquello que ya había conseguido sugerir.
Una idea aparece primero en el diálogo, después se representa visualmente y más adelante vuelve a ser verbalizada desde otro ángulo. La insistencia termina restándole ambigüedad a una película que, paradójicamente, está interesada precisamente en zonas difíciles de definir: el deseo, la identidad, la nostalgia y el placer culpable de mirar.
En ese sentido, Teenage Sex and Death at Camp Miasma es más ambiciosa que las anteriores películas de Schoenbrun, pero también menos sutil. Quiere ser simultáneamente una sátira de Hollywood, una revisión política del slasher, un drama psicológico y una reflexión sobre el deseo del espectador. Muchas de esas ideas son valiosas por separado; juntas, no siempre encuentran el espacio necesario para desarrollarse.
Aun así, el filme conserva una extraña vitalidad. Su humor, su artificialidad visual y, sobre todo, la interpretación de Gillian Anderson impiden que el ejercicio metacinematográfico se convierta solamente en discurso. Anderson comprende perfectamente la extravagancia de Billy y consigue que su personaje oscile entre lo absurdo, lo inquietante y lo melancólico sin reducirlo a ninguna de esas dimensiones.
Teenage Sex and Death at Camp Miasma está fascinada por aquello que las imágenes pueden ocultar y, al mismo tiempo, parece desconfiar de su capacidad para hablar por sí solas. Su reflexión sobre el slasher, la mirada voyeurista y los deseos de sus espectadores es provocadora. El problema es que Schoenbrun disecciona tanto esos mecanismos que termina haciendo visible aquello que habría sido más perturbador dejar escondido.
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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Teenage Sex and Death at Camp Miasma (2026).

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