[Crítica] «Romeo y Julieta»: ‘Si tienes una enamorada, llévala a la ópera’

Las seis funciones de la obra pensada por el compositor francés Charles Gounod, tanto a nivel musical, como por el desempeño de sus voces femeninas principales (las sopranos chilenas Yaritza Véliz e Isabela Díaz), representan hasta ahora el mayor espectáculo lírico —que se ha exhibido este año en el Teatro Municipal de Santiago—, alcanzada ya la mitad de la presente temporada del género.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 3.9.2026

«Si tienes una enamorada, llévala a la ópera», le dice el personaje interpretado por el actor Elias Koteas, a un sorprendido Joaquin Phoenix, en una escena del filme Two Lovers (2008), del realizador estadounidense James Gray. El cineasta se inspiró en el largometraje de ficción Noches blancas (1957) de Luchino Visconti, a fin de concebir el guion de su recordado crédito audiovisual.

El consejo de Ronald (Koteas) hace que Leonard (Phoenix) comience a escuchar con fervor la música a la cual nunca antes había prestado la menor atención y se anime con firmeza a concluir la conquista de Sandra (Vinessa Shaw), mientras emergen junto a las secuencias, las pistas de un disco dedicado a las arias más famosas del género lírico.

También, el genio de Gustave Flaubert hace que Emma Bovary caiga en la cuenta de que jamás fue amada verdaderamente, hasta que siente la pasión vocal de los cantantes, en una interpretación de la ópera Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti, en la provinciana Ruan.

Hago estas anotaciones con el propósito de recalcar la reciente exhibición en el Teatro Municipal de Santiago de una nueva versión con dos elencos de Romeo y Julieta (1867), obra del compositor francés Charles Gounod, y tal vez uno de los títulos de mayor belleza musical en el canon respectivo (el romántico).

Basada en la tragedia homónima de William Shakespeare, su presentación en el coliseo de la calle Agustinas durante la última semana del reciente mes de agosto fue un acontecimiento gratificante, en un sentido artístico, debido a varios aspectos. Primero, por la excelente dirección musical del maestro galo Patrick Fournillier, y luego, por la aceptable participación interpretativa y vocal de dos sopranos chilenas: Yaritza Véliz e Isabela Díaz.

A este juicio se agregan los concursos del tenor mexicano Leonardo Sánchez y en menor medida de su par estadounidense Ben Reisinger.

En efecto, ambas parejas protagónicas Sánchez – Díaz y Reisinger – Véliz, entregaron contundentes actuaciones dramáticas, y un desempeño vocal que en el caso de las cantantes nacionales y del artista novohispano, alcanzaron por largos pasajes, instantes de una notable compenetración tanto sonora como interpretativa.

Asimismo, en deuda quedaron una irregular régie, aunque dotada de algunos cuadros brillantes, a cargo del profesional español Alonso Torres, en compañía de la chilena Antonieta Henríquez (diseño escenográfico) y el vestuario y la iluminación, bajo la responsabilidad de Loreto Monsalve y de Alejandro Fajardo, respectivamente.

En consecuencia, se obtuvo una nueva verificación de que el denominado Coro del Municipal de Santiago, conducido por la subdirección de Alejandro Reyes van Eweyk manifiesta notorios problemas de carácter escénico y dramático, cuando debe asumir un rol protagónico, como el que le demandó el desarrollo, a través de sus cinco actos, de esta plausible versión de Romeo y Julieta.

 

El proscenio instalado por la dirección de escena (régie y escenografía) fue un elemento que empujó al desorden del coro en algunos cuadros del montaje

 

El proscenio de la discordia

Más allá de estas apreciaciones puntuales, es justo destacar el esfuerzo y la dificultad creativa que significan concebir una inédita producción escénica (con amplia participación de profesionales chilenos), de una obra mayor, como esta de Charles Gounod.

Sin embargo, y según se apuntó al comienzo, la régie evidenció complicaciones conceptuales que obstaculizaron que esos momentos de brillantez artística, especialmente ubicables en los actos IV y V, se extendieran hacia el resto de los pasajes del montaje.

Ese diagnóstico se lo adjudicamos a la instalación de un proscenio —arriba de las tablas y en paralelo a la utilización en su totalidad de la amplia perspectiva horizontal del escenario principal del Teatro Municipal—, en un hecho de recreación espacial y diegética que terminó por contradecir el simbolismo que esos dos elementos buscaban en el despliegue mismo de la ópera.

Si se deseaba acentuar la cartografía diegética de la escena, el injerto del proscenio, además de recortar las dimensiones geográficas que se deseaban «paradójicamente» aumentar, hizo que dentro de sus estrechas distancias las actuaciones del coro resultaran en movimientos algo torpes, cuando no alejados de cualquier detalle físico, gestual e interpretativo.

En cambio, cuando el número de los integrantes del coro se redujo, y surgió un carromato que representaba a una alcoba o dormitorio (acto IV, en la habitación de Julieta y luego su abortado matrimonio), la idea escénica del conjunto de voces, en tanto elemento activo y esencial de la régie, adquirió contornos que en compañía de una adecuada iluminación, brindaron a su público, cuadros de desconcertante belleza tanto figurativa como ambiental.

Queda la reflexión de que la noción del proscenio pudo haber sido mejor desarrollada, sin duda. Por ejemplo, si es que el aumento de esa pretendida altura —insertada con el fin de realzar los ricos detalles y matices de una interpretación donde el coro tenía tanto que decir y también, mostrar y «actuar»—, se hubiese extendido, hipotéticamente, y con omisión de estrecheces, a través del total de la amplia territorialidad diegética que ofrecía ese generoso escenario estirado hasta el extremo de su modalidad.

Con todo, y tal como en el primer texto crítico dedicado a la temporada de ópera en curso, resulta una majadera obligación reiterar que el admirado Coro del Municipal de Santiago ha perdido la versatilidad y el orden que en sus movimientos escénicos y coreográficos, le conocimos (y disfrutamos), en años anteriores.

En esta oportunidad, tal deficiencia se intentó subsanar con la supervisión especializada de Elena Lucas. Pero una solución final a este problema cualitativo es que el futuro director titular del coro, corresponda a un nombre que más allá de su calificación como conductor vocal, también conteste a las necesidades artísticas de un cuerpo estable fundado en lo primordial, como una pieza insustituible de una temporada de ópera de primerísimo nivel dramático y sonoro.

 

En los dúos de mayor intensidad vocal y dramática, el proscenio fue un elemento relevante para destacar la emocionalidad del argumento

 

El debut de Torres y de Henríquez

La dirección musical de la Orquesta Filarmónica de Santiago, por parte del maestro francés Patrick Fournillier fue la que obtuvo mayores resultados artísticos en lo que va de esta temporada de ópera 2026, y tanto el desborde como la intensidad emocional de la partitura de su compatriota Charles Gounod, fueron llevadas hacia altas cotas de romanticismo sonoro y pasional. Especialmente durante la interpretación de los dos últimos actos.

Sin embargo, cuando le correspondió dirigir al director chileno Christian Lorca (función del 28 de agosto) esa fuerza exegética decayó. No obstante, una simbiosis como esta, entre un conductor experimentado, conocedor del estilo musical de la ópera en cuestión, frente al concurso de un maestro nacional en vías de perfeccionamiento técnico, deviene en el camino de desarrollo más adecuado, a proseguir de cara a un futuro próximo.

En efecto, entre los cuatro directores a los cuales se les designó para conducir un título lírico al correr de esta temporada, tanto Fournillier en la presente ocasión, como el director español Sergio Alapont (en André Chénier), para el segundo título programado en el mes de julio, brindaron exhibiciones musicales acorde a maestros especialistas en la interpretación propia del género.

Por otra parte, una buena noticia para el Teatro Municipal de Santiago y a un logro de su actual dirección ejecutiva, responden el debut del actor español Alonso Torres (forjado en la producción de las últimas versiones del Pequeño Municipal), y de Antonieta Henríquez (encargada de la iluminación en antiguos espectáculos de la Sala Arrau), como régisseur el primero y diseñadora de escena, la segunda profesional, para esta versión de Romeo y Julieta.

Tanto la régie como el diseño de la puesta en escena expusieron elementos de grandes logros artísticos, que cautivaron, dicho sea con justicia, y pese a la utilización equívoca, en nuestra posición crítica, del proscenio antes mencionado.

En ese sentido, la impecable y audaz iluminación de Alejandro Fajardo constituyó una verdadera columna de apoyo creativo para los objetivos estéticos propuestos por la dirección del montaje, en lo concerniente a su vertiente dramática y teatral.

Para recapitular, los problemas dramáticos y teatrales del Coro, lamentablemente, subsisten. En contraste, se apreció una consolidación actoral e interpretativa de las sopranos nacionales Yaritza Véliz e Isabela Díaz, además de un desempeño que en ambas mejoró progresivamente cuando les correspondió salir al escenario, a y medida que se sucedían las funciones de sus respectivos elencos (tres para cada una).

La dirección musical de Patrick Fournillier estuvo magnífica a fin de describir los profundos matices emocionales y psicológicos de un amor absurdo, e imposible, pero cuya opción en la esperanza es digna de celebrar con arrebato frente a todo lo que nos roba la existencia en cada minuto que desfallece.

Y por último, el debut prometedor de la pareja Torres y Henríquez, que representan a dos directores de escena para la ópera nacional, formados durante el último lustro, bajo el cobijo del Teatro Municipal de Santiago.

Enhorabuena.

 

 

 

 

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El tenor estadounidense Ben Reisinger (Romeo) y la soprano chilena Yaritza Véliz (Julieta)

 

 

 

La soprano nacional Isabela Díaz (Julieta) y el tenor mexicano Leonardo Sánchez (Romeo)

 

 

Crédito de las fotografías: María Pía Merani y Alberto Díaz.

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