Aquel excelente libro que fue «Fear», tu primera novela, nos hizo amigos, esa imagen inolvidable de aquel bus rumbo a Villa Gesell de Mar del Plata en suave bamboleo, que parecía sumergirse en aquella línea blanca que dividía la carretera y se veía lanzada al infinito frente a ese narrador, que eran una y la misma cosa, un aire de libertad, una conjunción de caminos, un hacia afuera y hacia adentro, en un agujero de espacio y tiempo, muy arriba.
Por Aníbal Ricci Anduaga
Publicado el 9.9.2026
Nunca quise escribirte esta carta trunca, siempre nuestra relación fue directa, frente a frente y con el cuidado de quienes se quieren y se aprecian. No hace tanto pasamos una tarde conversando, llegaste a mi casa y hablamos como siempre de literatura, de cine, algún pelambre político y también de aquellas voces que a veces te urgían y terminamos riendo de buena gana, me hablaste de lo que estabas escribiendo, de esos chorros de imaginación que fluían y que seguías al pie de la letra, olvidando el tema central, la anécdota para retomar luego de una gran curva aquello que finalmente no era lo más importante, sino el fluir de conciencia por aquellos parajes donde siempre perdías el reloj, y te advertían que la cuestión era sin besos en la boca.
Una vez, años atrás, veinte por lo menos, con Magdalena y María Eliana te seguimos los pasos, te buscamos por cielo, mar y aquí, y llegábamos siempre tarde pese a que te dormías con la televisión encendida, al llegar ya no estabas.
Es que tú conocías una ciudad más grande que la nuestra, con más calles y callejones, más rincones y recovecos que ni siquiera imaginamos, un mundo que se abría y se multiplicaba en posibilidades y que nos convidaste de él un poco con tu literatura. Era un mundo peligroso y asomar la nariz por allí precisaba de una fortaleza de espíritu de la que no éramos capaces de resistir, tal vez tú muchas veces tampoco, pero igual cierto coraje te arrastraba y te sumergías en el estruendo de ese silencio, ese mar revuelto que a ratos dominabas.
Aquel excelente libro que fue Fear, tu primer libro, nos hizo amigos, esa imagen inolvidable de aquel bus rumbo a Villa Gesell de Mar del Plata en suave bamboleo, que parecía sumergirse en aquella línea blanca que dividía la carretera y se veía lanzada al infinito frente a ese narrador, que eran una y la misma cosa, un aire de libertad, una conjunción de caminos, un hacia afuera y hacia adentro, en un agujero de espacio y tiempo, muy arriba. Una gran imagen que nos queda de tu sensibilidad de escritor, ese nirvana liberador.
Sin besos en la boca, esos cuentos, fueron otro acierto, aquellos espejos encontrados, la misma historia narrada desde uno y otro punto de vista, la voz masculina amenazada por su propio femenino, aquel ensamble andrógino que se adelantó en muchos años a narrativas actuales que se dan por novedosas y originales, ya eran parte de tu imaginario.
Esta neo marginalidad a resultas de una muy bien pactada convencionalidad que captaste en todo su mercadeo, aquellas, estas máscaras: prostitución por propia y meditada elección, que tampoco es prostitución, sino producto a consumir; estos refinados artificios de la modernidad, el arte de trepar, siempre al borde, excepto aquellos, aquellas, el verdadero poder, aético, omnívoro y voraz, carente de toda gracia y glamour.
Esa demolición, ese triturar de psiquis
Un mundo práctico y utilitario muy bien captado, por algo eres, eras ingeniero comercial y los conociste de cerca, tal vez demasiado de cerca pienso hoy… demasiado, esa alta productividad sin destino, absurda, veinticuatro siete como llaman como mérito a esa demolición, a ese triturar de psiquis, con remedos de éxito, remedos de alegría que pasa por felicidad, como paquete turístico, un todo consubstancial de exceso y desborde, anunciado y denunciado en libros anteriores: «esos cuadros de mi tío todavía colgados de esas paredes que me parecían el trofeo de guerra de un depredador dominante». Cuando regresamos a la selva, ¿cuándo regresamos a la selva Aníbal? Creo que lo sabías y lo dejaste en tu literatura que habría que volver a leer con atención.
Ahora, me siento desolado con tu partida, la entiendo, la respeto sobre todo, pero tu ausencia igual nos da fuerte en esa empatía diría de niño que no tenías intención de abandonar, la belleza te sorprendía a cada instante, los millares de imágenes de cine que nos comentabas semana a semana, un filme tras otro, deslumbrado.
No te podíamos seguir, nos tomabas distancia. Tal vez te apresurabas en contarnos lo que no podíamos ver. Y detrás de aquello un ser humano de gran generosidad, de nobles sentimientos, conocedor a fondo de lo que significa la palabra lealtad.
Por eso ya nos haces una falta enorme, volver a revisar textos, el dulce sonido de las palabras, y ahora saber que el amigo no está, ese espacio vacío que queda en la mesa del café frente a nosotros y en el espíritu, de los pocos con los que se podía hablar de lo que importa, por eso Aníbal no quiero terminar esta carta, ni que quede hasta aquí porque presiento que seguiremos al habla.
No, a Igor no lo he visto, Mario está viviendo afuera… si, si, te escucho.
***
Roberto Rivera Vicencio (1950) estudió literatura en la Universidad de Chile, y residió varios años en Buenos Aires a partir de 1974. Miembro del primer Taller de Narradores de José Donoso e importante motor de iniciativas creativas en los 80 como «Encuentro» y «Todavía Escribimos». Ha publicado, entre otras, las novelas A fuego eterno condenados (1994), Piedra azul (2001) y La mano (2023).

Imagen destacada: Aníbal Ricci Anduaga (por Marucela Ramírez).


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