[Crónica] «Atacama»: Un espacio que se organiza, se desplaza y se transforma

En el libro de Anna Bou Jorba los cuerpos de los amantes se apoyan como capas geológicas. La sangre contiene polvo de estrellas. Una emoción puede adquirir gravedad y un volcán puede dudar. Así, la propia integridad física permite comprender el paisaje y éste ofrece palabras para hablar del deseo, el miedo o la pérdida.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 11.9.2026

Anna Bou Jorba nació en Barcelona el 15 de mayo de 1973. Es poeta y escritora en lengua catalana. Su trayectoria se caracteriza por una poesía experimental, material y muy atenta al detalle, en la que confluyen literatura, artes visuales, cine y una concepción espacial de la escritura.

Su relación con la poesía comenzó tempranamente y, ya en los primeros años del siglo XXI, aparecen poemas suyos publicados y presentados a concursos. Una semblanza de la poeta realizada en 2012 señala tres ámbitos que han influido especialmente en su escritura: el diseño de interiores, la literatura y el cine.

Esa combinación ayuda a comprender una característica fundamental de su poesía: Bou no concibe el poema solamente como una sucesión de palabras, sino también como un espacio que se organiza, se desplaza y se transforma.

Atacama (Mutante Editores, 2026) nace de un viaje por Chile, pero no se organiza como un cuaderno turístico. Anna Bou Jorba mira el país desde su geografía y deja que ese espacio telúrico cambie su forma de pensar.

Chile aparece como franja, costura, pierna, corteza e instrumento de viento. Es un territorio angosto, sometido a las fuerzas del océano, la cordillera y los movimientos del subsuelo. Desde los primeros poemas, el mapa deja de ser una superficie estable: tiene cuerpo, respira, sangra, tiembla y guarda sus muertos, que son las raíces fundamentales del asentamiento humano.

El desierto de Atacama concentra esa mirada poética capaz de abarcar el todo. Donde parece no ocurrir nada, la autora encuentra actividad: fallas sísmicas, lava, sal, cobre, litio, flamencos, lagartijas y vestigios indígenas.

Con todo, el poema «Atacama» rechaza la imagen del desierto vacío. Allí trabajan obreros, bailan sus habitantes y persiste una vida anterior a la presencia humana. Los estromatolitos amplían, todavía más, la escala temporal. La historia del territorio comienza antes que las personas y seguirá después de ellas. Esa conciencia recorre todo el libro.

Anna Bou Jorba emplea términos de geología, astronomía, biología y física. No los usa para exhibir conocimientos ni ensayar teorías, sino para relacionar fenómenos que solemos mantener separados. Los Andes son el resultado de un parto de la Tierra.

Los cuerpos de los amantes se apoyan como capas geológicas. La sangre contiene polvo de estrellas. Una emoción puede adquirir gravedad y un volcán puede dudar. Así, el cuerpo permite comprender el paisaje y el paisaje ofrece palabras para hablar del deseo, el miedo o la pérdida.

El libro desconfía de las explicaciones cerradas. En «Cántaro», la hablante discute con Heráclito porque no le basta saber que todo cambia: necesita un momento intermedio donde los opuestos dejen de imponerse, donde palpe ese fluir de la existencia que puede ser caos o creación trascendental.

 

La sabrosa carne del mundo

En «Alguien escribirá un poema», la poesía aparece como aquello que impide encerrar la ambigüedad en una definición. Cuando alguien pregunta qué significa el poema, ninguna respuesta resulta suficiente. La incertidumbre no es un defecto que deba corregirse. Forma parte de la experiencia.

«La última hablante de yagán» lleva esta preocupación al terreno de la lengua y la historia. La muerte de Cristina Calderón no representa solamente la desaparición de un hablante. Con ella caen en la ceniza del completo olvido las maneras de nombrar la pesca, el viento, el mar, los animales y los vínculos de una comunidad.

Cada palabra yagán conserva una relación con el mundo. Por eso el poema pide dejar una sílaba en otra lengua, como una semilla. La edición bilingüe en catalán y castellano vuelve visible ese gesto: traducir permite que una voz siga circulando, aunque no pueda recuperar todo lo perdido.

La historia política también está inscrita en los cuerpos y en el territorio. «Museo de la Memoria» presenta el golpe de Estado de 1973 como una conmoción cíclica que nace dentro de Chile. Su violencia se extiende por las calles, las casas, los documentos de identidad, los nervios y las generaciones.

En efecto, la memoria no puede quedar limitada a un edificio. Debe acompañar a los vivos y mantener presentes a los muertos. Otros poemas, dedicados al exilio, Auschwitz y los cementerios, vuelven sobre la dificultad de acercarse al sufrimiento ajeno sin convertirlo en espectáculo.

De esta forma, el tono cambia con frecuencia. Hay dolor, erotismo, ironía y humor. Johanna Schopenhauer le pide a su hijo que abandone por un momento la melancolía y coma «la sabrosa carne del mundo». Heráclito aparece junto a un grifo averiado. Beethoven convive con taxis, ventanas abiertas y manos que se buscan. Estos cruces acercan las referencias filosóficas y artísticas a situaciones comunes.

La despedida en Santiago reúne buena parte del recorrido. Chile se escucha como un instrumento formado por montañas, mar, volcanes, casas, minas, poetas y voces.

El viaje termina en el aeropuerto, pero, la hablante ya no contempla el paisaje del mismo modo. Ha aprendido a reconocer los procesos naturales, las pérdidas históricas y las vidas que lo habitan. En Atacama, la poesía funciona como una forma de atención sostenida sobre esos movimientos.

Anna Bou, la poeta, deja de ser para siempre extranjera, porque la poesía es, al parecer, el único canto universal perdurable.

 

 

 

 

 

 

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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.

Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

 

«Atacama», de Anna Bou Jorba (Mutante Editores, 2026)

 

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Anna Bou Jorba.

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