El filme del fallecido realizador danés Gabriel Axel se encuentra inspirado en un cuento de 1934 de la escritora feminista y baronesa Isak Dinesen, quien dotada de una fina prosa que mezcla la realidad a lo sobrenatural, también puso una rica atención a los detalles visuales de África y de su natal Dinamarca, en las páginas de su obra literaria.
Por Luis Eduardo Cortés Riera
Publicado el 17.9.2026
No se imaginaba aquel oscuro monje agustino llamado Martin Lutero que al colgar sus 95 tesis en la iglesia de Wittemberg en 1517, iba a ocasionar uno de los cambios socio culturales y religiosos más hondos y significativos en la historia: dividió a la cristiandad que se creía monolítica e inicia una nueva manera de ver e interpretar el mundo europeo y al resto de la humanidad.
Dice el sociólogo germano Max Weber (1864 – 1920) que un espíritu ascético, morigerado y una ética protestante calvinista desencanta, le quita la magia al mundo, privándolo de los placeres sensoriales por considerarlos pecaminosos.
Este enorme acontecimiento cultural y religioso, ocurrido hace cinco ya largas centurias, debe ser comprendido para poder dar una interpretación, ajustada a lo histórico, de la famosa obra audiovisual El festín de Babette, del año 1987, impecable y hermoso filme dinamarqués que gana el Oscar de la Academia de Hollywood a la mejor película de habla no inglesa.
Aquel largometraje de ficción nos recuerda otros memorables filmes gastronómicos: La gran comilona (1973), Mystic Pizza (1988), Chocolate (2000), Vatel (2000), películas que abordan la alimentación como un hecho social total, pues la alimentación está cargada de simbolizaciones que se manifiesta en gestos sociales organizados a partir de criterios culturales, económicos, nutricionales y simbólicos muy precisos, dicen mis profesores en la Universidad de Los Andes, Rafael Cartay y Exio Chaparro Martínez, en su Breve historia de los inicios del cine gastronómico 1973 – 2010 (2021) .
El festín de Babette está basada en el cuento de 1934 de la escritora feminista y baronesa Isak Dinesen (1885 – 1962) dotada de una fina prosa que mezcla la realidad a lo sobrenatural, con una rica atención a los detalles visuales de África y su natal Dinamarca.
«Después de leer El festín de Babette uno se siente inmortal y capaz de reconciliarse con el mundo», afirma María Aixa Sanz, de una literatura que ha sido considerada imprescindible para Ernest Hemingway y Julio Cortázar. El fallecido papa argentino Francisco la consideraba una de sus películas favoritas por considerarla un filme muy católico, tal como veremos más adelante.
El largometraje fue rodado bajo la dirección del cineasta, actor, guionista y productor danés Gabriel Axel (1918 – 2014), quien realiza estudios de actuación en Francia, se escenifica en Jutlandia, una región al norte de Dinamarca, salvaje, empobrecida y como atrapada en el pasado, en los años 1870.
Su autora, Isak Dinesen, la pensó originalmente en un remoto fiordo de Noruega, otro país de cultura escandinava y luterana. Cuatro películas de este diminuto país que es Dinamarca han ganado el Oscar hollywoodiense: El festín de Babette (1987), Pelle el conquistador (1988), En un mundo mejor (2010), y Otra ronda (2020), pero le cabe a Axel haber sido el primero en conquistarlo e inauguró el género cine y cocina, un renacer del sibaritismo de la comida en la centuria pasada.
Es este maravilloso filme una poderosa metáfora de cómo las culturas se solapan, confluyen y se nutren unas a otras, como dice Said en Orientalismo, que expresa la manera cómo los dinamarqueses dirigen su mirada a la virulenta conmoción que ha producido en toda Europa la insurreccional y violenta Comuna de París de 1871, después que Francia ha sido derrotada por Prusia, país militarista que logra la tardía unidad alemana entonces.
En un aquelarre de brujas
Babette, la protagonista del filme, con la actuación magistral por la francesa Stéfhane Audran (1932 – 2018), ha huido de París que literalmente arde en llamas, cuando socialistas y anarquistas intentan abolir el estado burgués, sustituyéndolo por la dictadura del proletariado o una sociedad anarcosocialista que cierra iglesias, escuelas católicas y asume el control obrero de las fábricas.
Ella es una cocinera misteriosa que ha perdido hogar, esposo e hijos tras los violentos tumultos populares que son aplastados con saña por el ejército francés, dirigido por el general Thiers en la trágica Semana Sangrienta de mayo de 1871.
Llega Babettte a un país brumoso, dominado por un horizontal y casi infinito espacio, de casas todas monocromas en blanco, que no conocen los tejados sino rústicas fibras vegetales, los bacalaos son secados al sol y al viento gélido, las gentes visten atuendos oscuros que disimulan y ocultan los cuerpos humanos, que es como su negación.
El frugal ascetismo luterano y calvinista no podría encontrar mejor escenario para expresarse que en la insípida y gris geografía de la península de Jutlandia, la sobriedad báltica donde una aplastante y sobria convicción religiosa reformista y protestante parece disminuir la crítica y el libre examen de Occidente.
Con todo, es una minúscula península de apenas 27 mil kilómetros cuadrados en donde se desconocen las palabras sibaritismo y sensualidad, las cuales están asociadas al mundo de los católicos y de los papistas de Roma. Es el contraste de las culturas mediterráneas y las culturas bálticas y nórdicas: dos formas de interpretar la salvación y la gracia divina.
Este filme, paradójicamente, ha sido considerado por el Papa Francisco (1936 – 2025) una de las películas más católicas en la historia del cine. El cine, el más poderoso rito que conocemos.
La francesa Babette Hersant, que fue chef cocinera del más famoso restaurant de París, el Café Anglais, frecuentado por la alta burguesía parisina, mencionado por Balzac, Flaubert, Zolá y Proust, se refugia en casa de un fallecido pastor luterano, carismático y autoritario, que ha impedido que sus dos hermosas hijas, Martina (Birgitte Federspiel) y Filippa (Bodil Kjer), sucumban a la tentación de la carne, el matrimonio y la procreación, el amor terrenal como vana ilusión.
El pastor había creado una pequeña secta para hacer una particular interpretación de la Biblia, grupo que se encoge y envejece paulatinamente después de su muerte y que sus hijas han tratado de mantener unidos reuniéndolos en su austera casa haciendo obras de caridad.
Filippa tiene una hermosa voz y de joven fue descubierta por un cantante francés, Achille Papin (Jean Philippe Lafont), quien le dicta clases de bel canto y se enamora de ella. Es el primer vínculo con la cálida cultura mediterránea que muestra la cinta.
Retorna el barítono sin el amor de ella a Francia y 35 años después le redacta una carta a Babette para que las hermanas, ya ancianas, la reciban como refugiada en su muy austera casa de solteronas en Jutlandia. Durante 15 años estuvo al servicio de la casa, de la economía familiar, sin recibir pago alguno. Su único vínculo con París lo constituye un billete de lotería que un amigo le renueva cada año.
Francia ha tenido una vinculación tormentosa con el juego de la lotería. Los reyes la emplearon para financiar costosas guerras y para remendar las golpeadas arcas reales. Voltaire se hizo millonario cuando descubre el truco de la lotería en 1729, y es posible que la escritora Dinesen recordara tal acontecimiento para incorporarlo a su cuento El festín de Babette.
La cocinera recibe una carta única y solitaria todos los años, único vínculo con su patria, donde un familiar le renueva todos los años un tique de la lotería.
En una de esas misivas le informan que ha ganado la enorme suma de 10 mil francos, dinero que ella decide invertir en una fastuosa cena, una auténtica cena francesa, para festejar el centenario del natalicio del pastor y padre de las solteronas, quienes al enterarse del ofrecimiento de la cena sufren horribles pesadillas con becerros bíblicos, fuego llameante, la muerte con su azada montada a caballo, Babette sonreída ofreciéndoles una copa de licor.
Las hermanas doncellas se alteran y asustan cuando desde la ventana observan la llegada en un bote desde Francia de los increíbles y variadísimos ingredientes del festín: un bloque de hielo envuelto en lona, una gigantesca y brillante tortuga negra, finísimos licores Clos Vogeut 1845 de la Casa Philippe, Veuve Cliquot de 1860, vinos y champaña, una jaula de codornices, una cabeza de res, frágiles vasos y elegantes copas de vidrio, platos y tazas, ingredientes que conforman una increíble caravana que miran asombrados los habitantes de la rústica aldea báltica.
Las hermanas explican a los feligreses ante la inminencia del festín mediterráneo que: «Estamos expuestos a fuerzas peligrosas que podrían traernos desgracias. Hemos convertido a la casa de nuestro padre en un aquelarre de brujas».
Así, los preparativos de la cena son mostrados de manera minuciosa en el filme de Gabriel Axel. Velas y candelabros, finos manteles blancos, frascos con aceitunas, rábanos, cerezas encurtidas, uvas peladas, pepinillos, mangos, lechosas y piñas, higos, melocotones, unas delicias al paladar procedentes de las colonias francesas de ultramar en el Caribe.
«¡Gracias a Dios fui una comunera!»
A la cena asisten doce personas cual si fuera la Última Cena de Cristo. Se incorpora un general del ejército con un multicolor uniforme que contrasta con los vestidos oscuros y grises de los otros comensales, viene acompañado de la más anciana de los miembros de la secta.
El esplendor de la mesa servida los deja estupefactos. Es una suerte de Eucaristía del orbe católico que se expresa en Jutlandia, una geografía que ha eliminado casi el gusto al paladar y donde las papilas gustativas, así como el olfato son considerados una puerta al inframundo de las religiones.
Durante el ágape confiesan sus pecados cometidos en el pasado mientras degustan codornices al sarcófago, «un platillo, dice el general Lowenhielm (Jarl Kulle), capaz de unir el apetito físico al espiritual y convertir la cena en un asunto amoroso, en una relación apasionada».
La cocinera francesa no se sienta a la mesa, como podría creerse. Dirige la cena desde la rústica cocina, atendiendo los múltiples platos, fogones y exquisitas bebidas de los que hace entrega un joven adolescente (Lorens Lowenhielm), guiado en detalle por Babette.
Babette es la directora de orquesta de una sinfonía de sabores para paladares nórdicos sorprendidos por aquel torrente de sabores que no habrían podido ni siquiera imaginar. Entran a otro universo de cosas, un soplo de aire renovado a través de las papilas gustativas y el olfato que el más dogmático luteranismo había aplastado y negado.
El mundo deja de ser una ilusión como narraba la Nueva Jerusalén, y se convierte en terrenal y sabrosa degustación sibarita. La puritana atmósfera se abre repentinamente a un nuevo colorido y sensual mundo de cosas, como unas Bodas de Caná nórdicas, donde las frías aguas del Báltico se convierten en cálido y espumeante vino mediterráneo.
La gracia y la salvación se han mudado de geografía. El generoso amontillado de Andalucía y la sopa de tortuga a la Louisianne, codornices en ataúdes, tortitas de levadura con zanahoria y remolacha, modifican la teología protestante.
Uno no puede menos que pensar que Rabelais, Gargantúa y Pantagruel se hicieron presentes en aquella envejecida y senil congregación, donde las vanas ilusiones de este mundo se habían disuelto ante sus ojos como el humo y habían visto el universo como verdaderamente es. Se les había concedido una hora de eternidad. El general Lowelhielm exclama, tomándole la mano a Martine: «en esta noche he aprendido que en este mundo todo es posible».
Termina la opípara cena y los ancianos comensales se retiran haciendo eses entre la espesa nieve por efecto de las bebidas, retozan como niños con sus estómagos repletos. Son otras personas que una radical comunera, que se batió a muerte en las cruentas barricadas parisinas, fusil en mano, una gran artista de la gastronomía que combatió a los opresores y hambreadores del pueblo, ha trasformado radicalmente.
Babette no volverá jamás a Francia. Se quedará en Jutlandia como un rasgo de la cultura mediterránea que adelanta radicales y hasta utópicos experimentos sociales que harán eclosión en el siglo venidero, el siglo XX.
«¡Gracias a Dios, exclama Babette, fui una comunera!».
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Luis Eduardo Cortés Riera es un ensayista venezolano (Carora, 1952), doctor en historia y docente del doctorado en cultura latinoamericana y caribeña de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (sede Barquisimeto) de su país.
Ha sido ganador de la Bienal Nacional de Literatura con el ensayo Psiquiatría y literatura modernista (2014) y es el autor de obras tales como Ocho pecados capitales del historiador, Del colegio La Esperanza al colegio Federal Carora (1890 – 1937), de Sor Juana y Goethe, del barroco al romanticismo, y de Iglesia Católica en Carora desde el siglo XVI a 1900.
También miembro de número de la Fundación Buría.

Tráiler:

Imagen destacada: El festín de Babette (1987).





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