[Ensayo] «Entra el fantasma»: La historia filtrada por una vida concreta

Después de cerrar la novela de la autora inglesa Isabella Hammad resulta difícil volver a pensar Palestina únicamente como un conflicto. Permanecen las sobremesas familiares, los ensayos de «Hamlet», los veranos de infancia, las discusiones entre hermanas y los recuerdos que sobreviven incluso cuando los lugares cambian.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 6.8.2026

Nada más aterrizar en Tel Aviv, Sonia es llevada a un cuarto privado. Durante una hora dos agentes israelíes la interrogan sobre su familia, registran su equipaje y la obligan a desnudarse. Cuando finalmente cruza las puertas del aeropuerto decide tomar un taxi hacia Acre antes de reunirse con su hermana. Necesita volver a ver el mar.

Ese gesto, aparentemente menor, anticipa el verdadero interés de Entra el fantasma. Isabella Hammad (1992) no escribe una novela para explicar el conflicto palestino, sino para mostrar aquello que sobrevive bajo él.

La ocupación está presente desde la primera página, pero nunca consigue monopolizar el relato. Sus personajes siguen enamorándose, haciendo teatro, discutiendo con sus familias y recordando la infancia. La historia pesa sobre ellos, pero no agota sus vidas.

Esa misma idea reaparece cuando Sonia recuerda un verano de 1994, durante los primeros años posteriores a la Primera Intifada. Mientras los adultos siguen con atención las noticias sobre los Acuerdos de Oslo, ella tiene quince años y está mucho más preocupada por su hermana, por sus inseguridades adolescentes, por el calor o por las botas que quiere usar. Solo muchos años después comprenderá que aquella aparente indiferencia también era una forma de vivir la historia

Sonia llega a Palestina después de once años de ausencia. Vive en Londres, acaba de terminar una relación sentimental y decide pasar el verano junto a su hermana Haneen, profesora universitaria en Haifa. Lo que inicialmente parece un viaje para reencontrarse con la familia termina convirtiéndose en algo mucho más complejo.

Durante su estancia conoce a Mariam Mansour, una directora teatral empeñada en montar una versión árabe de Hamlet en Ramala. Sonia acepta integrarse al elenco casi por casualidad, y los ensayos comienzan a ocupar el centro de la narración.

Ese punto de partida podría haber dado origen a una novela sobre el teatro o sobre la ocupación. Hammad, sin embargo, elige un camino bastante más interesante. A medida que Sonia recorre Haifa, Acre, Belén, Jerusalén y Ramala, la obra reconstruye también los últimos 30 años de historia palestina a través de su memoria.

 

Esa manera tan particular de expresar el afecto

Los recuerdos de la Primera Intifada, las expectativas abiertas por Oslo, las conversaciones con su padre, su tío y su abuela, las diferencias entre los palestinos de Haifa y los de Cisjordania, o la sensación de haber quedado fuera del proyecto nacional por poseer ciudadanía israelí aparecen integrados a la experiencia íntima de la protagonista. La historia nunca se presenta como una lección; siempre llega filtrada por una vida concreta.

Esa perspectiva permite comprender uno de los mayores logros de la novela. Estamos acostumbrados a conocer Palestina a través de imágenes de bombardeos, atentados, negociaciones diplomáticas o cifras de muertos. Hammad desplaza deliberadamente esa mirada.

Durante gran parte del libro asistimos a sobremesas familiares, ensayos teatrales, viajes por carretera, romances, conversaciones literarias o discusiones domésticas. El conflicto permanece presente en los retenes militares, en los interrogatorios fronterizos, en las restricciones para desplazarse o en el simple hecho de organizar una representación teatral, pero nunca anula por completo la vida cotidiana.

Para mí, ese desplazamiento tuvo además un efecto personal. Provengo de una familia de origen árabe y encontré en muchos pasajes una forma de hablar, de discutir y de relacionarse que reconocí inmediatamente.

La mezcla constante entre árabe e inglés, la importancia de las comidas familiares, los resentimientos que sobreviven durante años sin romper del todo los vínculos, la autoridad de los mayores o esa manera tan particular de expresar el afecto sin demasiadas demostraciones sentimentales aparecieron retratados con una naturalidad que rara vez había encontrado en la ficción.

Hammad nunca presenta esas costumbres como un elemento exótico destinado al lector occidental; simplemente las deja existir. Esa confianza en la inteligencia del lector termina acercando mucho más ese mundo que cualquier explicación cultural.

Esa misma confianza sostiene otro de los hallazgos del libro: la convivencia entre musulmanes y cristianos palestinos, y las diferencias políticas, sociales e identitarias que existen dentro de la propia sociedad palestina, aparecen con la misma naturalidad que el resto de la vida cotidiana, sin subrayado ni explicación adicional.

Gracias a ese mismo procedimiento, el conflicto deja de organizarse como una oposición simple entre palestinos e israelíes para mostrar una comunidad llena de matices, tensiones y contradicciones internas. Esa complejidad interna, construida con la misma discreción que el resto de la novela, constituye uno de los principales aciertos del libro.

 

Sobre aquello que la violencia nunca consigue destruir del todo

Todo ese universo encuentra su centro en Sonia. Su voz sostiene la novela con una primera persona extraordinariamente flexible, capaz de pasar del recuerdo a la observación, del humor a la melancolía sin perder nunca naturalidad. Los personajes que la rodean —especialmente Mariam, Haneen e Ibrahim— poseen también una notable consistencia.

Mariam, en particular, termina convirtiéndose en uno de los personajes más memorables del libro: obsesiva, brillante, exigente y completamente entregada a un proyecto artístico que parece imposible.

Precisamente porque esa primera persona funciona tan bien, la novela presenta una decisión formal que me dejó ciertas dudas. Durante los primeros ensayos de Hamlet, Hammad abandona por completo la voz narrativa de Sonia para reproducir las escenas como un libreto teatral, con los nombres de los personajes seguidos únicamente por sus diálogos y acotaciones escénicas.

La intención resulta comprensible: permitir que la obra de Shakespeare irrumpa también en la forma de la novela. Sin embargo, el procedimiento termina produciendo un efecto extraño. Aunque cambie el formato, la focalización continúa siendo la misma; seguimos viendo únicamente aquello que Sonia presencia. Lo único que desaparece es justamente la voz que hasta entonces había construido toda la intimidad del relato.

En efecto, lo curioso es que la propia novela encuentra más adelante una solución mucho más eficaz. Cuando llega la representación definitiva de Hamlet, el libreto deja de sustituir a la narradora y comienza a convivir con ella. Entre los diálogos aparecen las observaciones de Sonia, sus pensamientos, la percepción del público, los nervios del elenco y las pequeñas interrupciones propias de una función en vivo.

Teatro y novela dejan entonces de competir para integrarse en un mismo flujo narrativo. La diferencia es evidente: cuando Hammad mantiene activa la conciencia de Sonia, el experimento formal gana profundidad; cuando la elimina por completo, el relato pierde una de sus mayores fortalezas.

El desenlace termina confirmando la inteligencia del proyecto. Después de meses de preparación, la compañía logra finalmente representar Hamlet en un escenario levantado junto a un puesto militar israelí. Wael regresa para interpretar nuevamente al príncipe danés y la expectativa atrae a un público mucho mayor del esperado.

Durante algunos instantes parece que el teatro ha conseguido abrir un espacio propio dentro de una realidad dominada por la ocupación. Pero esa ilusión dura poco. Los militares irrumpen, lanzan gases lacrimógenos, disparan y la función queda interrumpida.

El final no sorprende porque el conflicto vuelva a hacerse presente. Sorprende porque, después de más de 400 páginas, comprendemos que Hammad nunca quiso escribir una novela sobre la violencia, sino sobre aquello que la violencia nunca consigue destruir del todo. La representación de Hamlet fracasa como espectáculo, pero confirma que incluso bajo la ocupación la vida continúa buscando espacios para existir.

Quizá ese sea el mayor logro de Isabella Hammad. Después de cerrar Entra el fantasma resulta difícil volver a pensar Palestina únicamente como un conflicto. Permanecen las sobremesas familiares, los ensayos de Hamlet, los veranos de infancia, las discusiones entre hermanas y los recuerdos que sobreviven incluso cuando los lugares cambian.

La novela recuerda algo que las noticias rara vez consiguen mostrar: antes que un territorio en disputa, Palestina sigue siendo un lugar donde millones de personas intentan vivir.

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

«Entra el fantasma», de Isabella Hammad (Editorial Anagrama, 2025)

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: Isabella Hammad (por Heather Sten).

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