[Crónica] Christopher Nolan y las llaves del infierno

En ambos filmes: «Oppenheimer» y «La odisea», el realizador inglés pregunta qué ocurre después de que los hombres excepcionales resuelven el problema que tenían por delante, y la respuesta no es tranquilizadora. La inteligencia puede salvar una ciudad y comprometer a una especie, pero también puede terminar una batalla y fundar el miedo a las guerras que vendrán.

Por Nibaldo Acero

Publicado el 11.8.2026

A Nolan se lo suele describir como el cineasta del tiempo, de los relojes que avanzan en direcciones imposibles, de las memorias rotas, de los relatos que exigen ser armados como un mecanismo perfecto. Qué mejor ejemplo que El origen, aquella película donde los minutos pueden ser horas, o Interestelar, donde una hora equivale a siete años en la Tierra por la fuerza de gravedad de un agujero negro.

Pero en Oppenheimer y La odisea aparece un Nolan más de cine clásico, a la vez más inquietante, aquel director que observa a ciertos hombres cuando descubren que su inteligencia, junto con modificar el mundo, también pueden abrir una puerta que la humanidad será incapaz de cerrar.

Odiseo y J. Robert Oppenheimer parecen habitar extremos opuestos de la historia humana, ya que mientras uno atraviesa mares, enfrenta cíclopes, da cara a los dioses; el otro penetra, mediante la razón, en la materia invisible de la física.

Sin embargo, ambos realizan el mismo viaje, porque avanzan hacia un conocimiento que promete resolver una guerra y terminan entregándole a la civilización una nueva forma de barbarie. El caballo de Troya y la bomba atómica son, antes que armas, soluciones brillantes. Ahí reside su espanto, diríamos en términos de Borges. El infierno rara vez se presenta primero como el mal, más bien suele llegar como una luminosa respuesta.

 

¿Qué ocurre después de que los hombres excepcionales resuelven el problema?

Nolan, en estas dos películas, más que ponerse a filmar monstruos que desean devorar todo a su paso, registra las acciones de seres concentrados, curiosos, persuasivos, capaces de reunir a otros alrededor de una idea «brillante».

El primero, es el protagonista de los mil ardides del poeta Homero; el segundo, el Prometeo americano que robó el fuego de las estrellas. Odiseo, también llamado Ulises, quiere urgentemente volver a casa, mientras que Oppenheimer se convence de que debe descubrir urgentemente la mortal arma antes que el enemigo.

Ninguno busca convertirse en un verdugo, no los mueve el mal, más bien a ambos los motiva el viaje físico o intelectual, el deber, la ambición, incluso una forma torcida de esperanza. Por eso hay algo profundamente poético (y terrible) en ellos: llevan la llave del infierno sin saber todavía qué puerta abrirá, ni qué habrá detrás de esta.

En La odisea, esa puerta tiene la forma de un caballo vacío, con el que Odiseo consigue penetrar la inexpugnable fortaleza de Troya, aunque la victoria no lo devuelve a casa, lo condena a errar por el mar durante años. En Oppenheimer, la puerta se abre dentro del átomo y, una vez atravesada, ya no existe un verdadero regreso.

Ni la caída de Troya ni la bomba nuclear pertenecen a un solo hombre, pero Nolan condensa la catástrofe colectiva en un rostro que comprende. Sus héroes no derrotan a la oscuridad; durante sus viajes, son quienes descubren (demasiado tarde) que más bien la han liberado.

Quizás por eso las dos películas dialogan con tanta fuerza, porque una narra el viaje de regreso de un hombre que ha descendido al Hades; la otra muestra a un hombre que trae el Hades al mundo. Y si bien Odiseo todavía puede aspirar a Ítaca, al reconocimiento, al abrazo de Penélope, al igual que Oppenheimer, ha visto el futuro arder antes que los demás.

En ambos filmes, Nolan pregunta qué ocurre después de que los hombres excepcionales resuelven el problema que tenían delante, y la respuesta no es tranquilizadora. La inteligencia puede salvar una ciudad y comprometer a una especie; puede terminar una guerra y fundar el miedo a las guerras que vendrán.

Tal vez esa sea la verdadera obsesión de Nolan: el instante irreversible en que una idea deja de pertenecer a quien la concibió. El momento exacto en que la llave gira, la puerta se abre y la civilización descubre que el infierno también fue construido con las mejores intenciones.

 

 

 

 

 

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Nibaldo Acero (1975) es licenciado en educación, profesor de lengua castellana y doctor en literatura. Actualmente es investigador y académico del Instituto de Educación y Lenguaje de la Universidad de Las Américas en la ciudad de Santiago.

Ha publicado los poemarios Melinka (2004), Por el corazón o la verga (2010) y Principios básicos de rabiología (2018), las novelas Guía satánica de Gerona (2013) y Gol de oro (2017), y en el ámbito del género ensayístico, ha presentado los volúmenes Vestigio y especulación. Textos anunciados, inacabados y perdidos de la literatura chilena (2014) y La ruta de los niños rojos. La poética de Roberto Bolaño (2017).

 

Nibaldo Acero

 

 

Imagen destacada: La odisea (2026).

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