[Crítica] «Oppenheimer»: El eterno resplandor de un átomo

Protagonizada por el prodigioso cuarteto dramático conformado por los actores Cillian Murphy, Emily Blunt, Robert Downey Jr., y Matt Damon, se estrena en la cartelera nacional la nueva entrega audiovisual de uno de los mayores directores cinematográficos —junto al canadiense Denis Villeneuve— de la actualidad: el londinense Christopher Nolan.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 19.7.2023

Basado en la biografía Prometeo americano. El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer (2005) escrita por los periodistas e investigadores Kai Bird y Martin J. Sherwin —Premio Pulitzer del género la temporada de su publicación—, el nuevo largometraje de ficción del realizador británico Christopher Nolan (Inglaterra, 1970), sin tener la espectacular retórica visual de sus anteriores obras, es quizás una de las más logradas, comprensibles y fluidas, entre los créditos de esa etapa creativa suya, comenzada con la producción de Interstellar (2014).

Nolan, en efecto, siempre ha sido un director interesado en componer la plasticidad alucinógena de los sueños e inaprensibles interioridades emocionales de los seres humanos, y expresar esos sentimientos, miedos e ilusiones, en imágenes provistas de un sentido cinematográfico.

Con ese propósito estético, el realizador inglés ha buscado diseccionar la epistemología diegética del tiempo, de una manera que sus reflexiones al respecto, sean entendidas —previa manipulación suya— desde el formato de un «cine de estudio», una vez que irrumpiera de forma fulgurante con su segunda obra en el circuito independiente, la recordada Memento (2000), hasta llegar a las logradas bifurcaciones narrativas de Dunkerque (2017).

Ahora, se inserta en un singular biopic, que relata la trayectoria pública y privada del físico estadounidense Julius Robert Oppenheimer (1904 – 1967), conocido por liderar el denominado Proyecto Manhattan, que le entregó al ejército norteamericano, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, el uso de la letal bomba atómica.

Portada en la revista Time luego de los devastadores ataques a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, Oppenheimer se transformó en una figura crucial de la administración estatal sobre el uso de la energía nuclear en los Estados Unidos, y cuyas ideas de contención pacifista, se ganaron la enemistad de los sectores interesados en seguir desarrollando con fines esencialmente bélicos, el desarrollo de las denominadas armas atómicas y de hidrógeno, ahora en el contexto de la Guerra Fría.

 

La sensibilidad alucinante de un científico

Valiéndose de 180 minutos de metraje, la cámara de Nolan reconstruye desde diversos ángulos temporales —conformados por instantes culmines de la biografía de Julius Robert Oppenheimer—, una completa y exhaustiva revisión, que roza con la ficción, en torno al célebre físico, un hombre que atravesó etapas de inestabilidad emocional durante su aprendizaje universitario en Europa, un voraz lector de poesía, un activista cercano a ideas políticas propias de la izquierda marxista, y cuya relación con el sexo opuesto, comenzó recién en la década de 1930, de la mano sensual y vanguardista de la depresiva y suicida psiquiatra Jean Tatlock.

De hecho, un primer plano del montaje, encuadra al eminente teórico, con un ejemplar de La tierra baldía de T. S. Eliot entre las manos, mientras padecía una de sus tantas noches de espectral fragilidad mental, y cuando conectaba sus resplandecientes visiones de la fisión nuclear, con las imágenes literarias de los versos poéticos que leía con vital fervor y asiduidad.

Oppenheimer es un largometraje, asimismo, sostenido por las poderosas actuaciones de Cillian Murphy, Emily Blunt (soberbia en su rol de Katherine Puening, la alcohólica esposa del científico), Matt Damon, y un magnífico Robert Downey Jr., en el papel del implacable Lewis Strauss.

No exageramos si decimos que los personajes interpretados por Blunt y Downey Jr., respectivamente, serán nombres «puestos y seguros» en las diversas nominaciones que se sucederán en los principales certámenes de la industria audiovisual, durante el segundo semestre de esta temporada y a inicios del próximo año.

Asimismo, la actuación de Cillian Murphy recuerda a su papel de Dr. Jonathan Crane en la primera entrega del hombre murciélago a cargo de Nolan, y titulada Batman Begins (2005).

En efecto, el realizador británico profundiza en la generosa composición escénica y ante la cámara que posee el actor irlandés, entregándonos a un científico que en su cotidianeidad más simple y específica, mezclaba la gloria académica y profesional, con las visiones delirantes propias de un hombre enfermo y enajenado, provisto de una extraña seguridad en sí mismo, pese a la fangosa superficie de su estabilidad sensorial.

Nolan coloca en Oppenheimer la totalidad de sus estrategias artísticas y cinematográficas, y su excepcional talento a fin de expandir las líneas argumentales de una narración audiovisual, con el propósito de concebir en su más íntima fragilidad, a ese científico de origen judío y de izquierdas, que le entregó el simbólico fuego atómico a los Estados Unidos, en el objetivo de transformar a su país, en la principal potencia militar, financiera y cultural de la civilización, a mediados del siglo XX.

Víctima del anticomunismo paranoico del macartismo de la década de 1950, Oppenheimer fue perseguido por el FBI y despojado de su cargo en la Comisión de Energía Atómica por un proceso administrativo que desconoció los más elementales principios de un debido proceso, para ser luego resarcido del ostracismo científico por la gestión del presidente John F. Kennedy, quien le entregara el prestigioso Premio Enrico Fermi, en 1963.

Así, y echando mano de recursos audiovisuales propios de una épica histórica y colectiva, Nolan desgrana la tragedia de vida de un hombre cuyo genio intelectual le proporcionaría la gloria y la infelicidad, tanto a él como a los suyos, en ominosas partes iguales.

Sería tal el encono de ciertas facciones del establishment estadounidense en contra de él, todavía después de muerto a causa de un cáncer, que las acusaciones de su pasado filo marxista y de traidor a la patria por supuestas simpatías suyas en favor de la causa republicana en la Guerra Civil española, y luego hacia la Unión Soviética; inclusive le cerrarían importantes puertas laborales a sus descendientes, generándoles un ambiente de frustración y desazón, que provocarían el triste suicidio de su hija Katherine, en 1977, cuando apenas contaba con 32 años de edad.

Con un estilo autoral seguro (casi definitivo, diríamos en su caso) y una estrategia fílmica centrada en persuadir al espectador en torno a la espiritualidad a ratos angustiante del ciudadano  J. Robert Oppenheimer, en esta oportunidad Nolan retiene sus ambiciones de espectacularidad técnica, para mantener esos dispositivos formales al servicio de ingresar a un minimalismo inmenso, en su abarcador pensamiento estético acerca de «lo humano», y de sus inherentes contradicciones de orden ético.

Así, y junto a las obras audiovisuales del canadiense Denis Villeneuve, la filmografía de Christopher Nolan se alza como una de las mayores reflexiones artísticas que en relación a la dimensión del tiempo y a la fugacidad de la existencia, se han filmado en la industria cinematográfica, a nivel internacional, durante los inaugurales veintitrés años que van de este siglo XXI.

 

 

 

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Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Oppenheimer (2023).