Adaptar la novela de Albert Camus —publicada en 1942—, supone una dificultad particular: hay que volver visible la conciencia de un personaje que parece no querer revelarse. Luchino Visconti lo intentó en 1967 y, más de medio siglo después, François Ozon regresa a la obra literaria con esta nueva versión de 2025.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 1.8.2026
Meursault es uno de los protagonistas más herméticos de la literatura. Aunque la historia de Camus está narrada desde su perspectiva, su voz nunca permite que lleguemos a conocerlo por completo. Registra la muerte de su madre, sus encuentros con Marie y sus propias decisiones con una precisión desprovista de emoción. Sus pensamientos son elocuentes, pero permanecen fríos y distantes frente a cuanto lo rodea.
Adaptar El extranjero, publicado en 1942, supone entonces una dificultad particular: hay que volver visible la conciencia de un personaje que parece no querer revelarse. Luchino Visconti lo intentó en 1967 y, más de medio siglo después, François Ozon regresa a la novela en esta nueva versión de 2025.
Ozon suele interesarse por personajes ambiguos, cuyas motivaciones permanecen ocultas y deben ser deducidas a partir de sus cuerpos, sus silencios y la forma en que son observados por la cámara, por tanto, Meursault parece hecho para su cine. La adaptación sigue de cerca el argumento de Camus e introduce algunas modificaciones que permiten devolverle actualidad política sin alterar su centro filosófico.
La historia podría resumirse en pocas líneas. Meursault, un francés que vive en la Argelia colonizada por Francia, asesina a un hombre árabe en una playa y posteriormente es condenado a muerte. La complejidad aparece cuando intentamos encontrarle un sentido al crimen.
¿Por qué fue asesinado aquel hombre? Meursault atribuye su acción al cansancio, al calor y, principalmente, al sol. Su explicación resulta tan insuficiente que nos obliga a buscar una motivación que el personaje se niega a entregar.
La violencia queda reducida a un acto casi accidental, cometido por aburrimiento, fatiga o simple inercia. Esa banalización constituye uno de los elementos más perturbadores de la novela y también uno de los mejor representados por la película.
La indiferencia puesta en escena
Filmada en blanco y negro, la adaptación convierte la escala de grises en una prolongación del mundo interior del protagonista. En lugar del flujo verbal de la novela, encontramos silencios, miradas y una gestualidad apenas perceptible.
Benjamin Voisin, a quien Ozon ya había dirigido en Verano del 85, interpreta esta vez a un personaje radicalmente distinto. Allí encarnaba a un adolescente desbordado por el deseo, el carisma y las emociones; aquí toda esa energía parece haberse contraído. Su Meursault es retraído sin ser melancólico, taciturno sin parecer atormentado. La inexpresividad de su rostro mantiene a los demás personajes —y también al espectador— a una distancia imposible de superar.
El sol es quizás el elemento más agresivo de la película. La luz golpea continuamente el rostro y los ojos de Meursault hasta volver incómodo el acto mismo de mirar. Ozon aprovecha el contraste del blanco y negro para que esa luminosidad adquiera un peso físico: encandila, aplana los espacios y amenaza con borrar los contornos.
A ella se suman el zumbido de las moscas, las voces que llegan desde las habitaciones vecinas y los sonidos cotidianos que rodean al protagonista. Meursault escucha el mundo, aunque nunca parece formar parte de él. El filme transforma así su aislamiento psicológico en una experiencia visual y sonora.
Raymond Sintès, interpretado por Pierre Lottin, representa una violencia mucho más reconocible. Es un proxeneta misógino, manipulador y abiertamente cruel. Meursault observa sus acciones con la misma indiferencia con que contempla casi todo lo demás y termina colaborando con él.
Su pasividad adquiere entonces una dimensión moral: no necesita compartir la violencia de Raymond para facilitarla. En un mundo construido sobre relaciones desiguales, permanecer al margen también puede convertirse en una forma de participación.
Tratándose de Ozon, director estrechamente vinculado al cine queer y a la representación de sexualidades ambiguas, resulta difícil ignorar la atención que su cámara concede a los cuerpos masculinos. Meursault aparece en numerosos planos como un objeto de contemplación, incluido un desnudo frontal que no responde a una necesidad narrativa evidente, pero sí a la mirada que la película construye sobre su cuerpo.
La misma mirada recae sobre el cuerpo del árabe durante la escena del asesinato, filmada con una ambigüedad que oscila entre lo sensual, lo erótico y lo violento. La tensión homoerótica añade otra capa a ese encuentro y vuelve más inestable la mirada de Meursault sobre el hombre al que está a punto de matar.
El cuerpo deseado y el cuerpo destruido terminan ocupando un mismo espacio visual.
Nombrar al otro
La intervención más significativa de Ozon se encuentra, sin embargo, en la representación de los personajes árabes. En la novela de Camus, la víctima carece de nombre y existe únicamente como «el árabe», pues todo está filtrado por la conciencia indiferente de Meursault.
El filme amplía la presencia de su hermana, Djemila, y agrega una escena final en la cual el hombre asesinado recupera una identidad: Moussa Hamdani. El nombre remite a La investigación Meursault, novela publicada en 2013 por el escritor argelino Kamel Daoud, quien reescribe la historia desde la perspectiva del hermano de la víctima.
Así, este cambio modifica el peso moral del relato, dado que el crimen continúa careciendo de una motivación íntima satisfactoria, pero ya no puede separarse del sistema colonial que vuelve invisible a su víctima. Al darle un nombre a Moussa y una voz a Djemila, Ozon introduce en el largometraje aquello que la mirada de Meursault había dejado fuera de campo. La indiferencia del protagonista deja de ser únicamente una posición filosófica y pasa a formar parte de una estructura en la que algunas vidas pueden ser eliminadas sin siquiera ser reconocidas.
La película puede resultar lenta e incluso anticlimática. Después de todo, seguimos durante dos horas a un hombre cuya característica principal es la indiferencia y cuya expresión apenas se modifica. Esa lentitud, sin embargo, es coherente con la experiencia que propone la adaptación. Ozon conserva la opacidad de Meursault y la convierte en el centro de la puesta en escena. También retiene la crítica de Camus a un mundo amoral en el cual los actos parecen carecer de explicación, aunque sus consecuencias sean irreversibles. En ese mundo, la indiferencia nunca es completamente neutra.
Durante los créditos finales suena Killing an Arab, de The Cure, canción inspirada directamente en la novela de Camus. La elección funciona como un cierre provocador y acorde con el tono de Ozon, consciente de la gravedad de lo que cuenta, aunque reacio a tratarlo con absoluta solemnidad.
Con todo, y después de que la película le ha devuelto un rostro y un nombre a la víctima, el título de la canción vuelve a reducirla a la categoría impersonal de «un árabe». La contradicción parece deliberada: aunque la adaptación intenta reparar el anonimato impuesto por la mirada de Meursault, también recuerda lo difícil que resulta escapar de ella.
***
Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: El extranjero (2025).


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