[Crítica] «Cuando cae el otoño»: Una fábula ambigua sobre la culpa

Protagonizado por un elenco donde destacan los nombres de las actrices Hélène Vincent y Ludivine Sagnier, en compañía de Pierre Lottin, el filme del realizador francés François Ozon —que obtuvo el premio al mejor guion en el Festival de San Sebastián 2024— se estrena en las salas chilenas el próximo jueves 14 de mayo.

Por Camila Gordillo Varas

Publicado el 6.5.2026

Cuando cae el otoño (Quand vient l’automne) es una película de 2024 del aclamado director François Ozon (1967), conocido por filmes como 8 femmes, Swimming Pool, Dans la maison y Jeune & Jolie.

A lo largo de su filmografía, Ozon ha mostrado un especial interés por personajes complejos, muchas veces situados en zonas de ambigüedad sexual, moral o afectiva. En esta película, esa ambigüedad vuelve a ocupar un lugar central desde una superficie aparentemente serena: la vida retirada de una mujer mayor en una zona rural.

 

El crimen como incertidumbre

La protagonista es Michelle, una anciana que vive en un pequeño pueblo, lejos de París, donde su hija reside junto a su nieto. La visita de ambos, que en un comienzo parece abrir la posibilidad de un reencuentro familiar, pronto se transforma en una fractura irreparable.

Michelle va al bosque a recoger setas y, accidentalmente, o eso parece, le sirve hongos venenosos a su hija. Aunque esta sobrevive a la intoxicación, decide llevarse a su hijo y cortar el vínculo con su madre, acusándola incluso de haber intentado asesinarla.

Desde ese momento, el filme instala uno de sus principales núcleos de tensión: la imposibilidad de saber con certeza qué ocurrió. Ozon trabaja el misterio desde la elipsis y la sugerencia, dejando que el espectador complete aquello que la imagen no entrega del todo.

La escena de la comida está construida de manera deliberadamente ambigua: ¿Michelle realmente se equivocó al preparar los hongos o había en ella algún deseo inconsciente de intoxicar a su hija? La pregunta no se resuelve, y justamente allí radica buena parte de la potencia del largometraje.

Más adelante aparece Vincent, el hijo de la mejor amiga de Michelle, quien acaba de salir de prisión. Su llegada introduce un segundo foco de incertidumbre, puesto que en apariencia, es un exconvicto que intenta reinsertarse en la vida social y la película, no obstante, nunca permite confiar plenamente en esa lectura.

Al aceptar el trabajo de arreglar el jardín de Michelle, Vincent empieza a establecer con ella una cercanía marcada por la necesidad y la sospecha. Cuando se entera de la mala relación entre Michelle y su hija, decide intervenir.

Esa intervención queda envuelta en una zona oscura. Vincent visita a la hija de Michelle y le pide que se acerque a su madre, porque ella está triste. Lo que podría entenderse como un gesto de reparación se ve inmediatamente contaminado por la tragedia: tras una elipsis, nos enteramos de que la mujer ha muerto ese mismo día al caer desde un balcón.

Vincent asegura que no la empujó y que solo intentaba hacer algo bueno, pero ni el espectador ni su propia madre pueden estar seguros de ello.

La película desplaza así el primer misterio, centrado en la posible intención de Michelle, hacia el involucramiento de Vincent en un nuevo crimen. La protagonista parece albergar un deseo que él, de manera ambigua, podría haber ejecutado. Ese pacto silencioso los convierte en una forma extraña de cómplices a lo largo de la película.

Así, y lejos de centrarse únicamente en la investigación policial, el relato se desplaza hacia un espacio más íntimo y perturbador: el de los deseos no reconocidos. No se trata solo de saber si Michelle intentó intoxicar a su hija o si Vincent tuvo responsabilidad en su muerte.

La pregunta apunta, más bien, a las fuerzas inconscientes, afectivas o materiales que operan bajo sus acciones. ¿Michelle desea reparar el vínculo familiar o, secretamente, recuperar para sí la cercanía con su nieto? ¿Vincent busca redimirse o se acerca a ella por interés económico? En Ozon, estas posibilidades no se excluyen; conviven en la opacidad de los personajes.

También la sexualidad aparece atravesada por esa lógica de insinuación. Vincent es un personaje hermético, y en una escena se sugiere que podría no ser heterosexual. Hacia el final, algo similar ocurre con el nieto de Michelle.

Ese vínculo latente, apenas esbozado, nunca llega a desarrollarse del todo, pero contribuye a reforzar el clima de deseo desplazado, secreto y difícil de nombrar que atraviesa la película.

 

El otoño como paisaje moral

Quand vient l’automne deambula entre diversos géneros: drama familiar, comedia negra, thriller y relato criminal. Se resiste a quedar atrapada en cualquiera de ellos: la investigación policial existe, pero no clausura el sentido de la historia.

Lo que interesa excede la resolución de los hechos y apunta a la forma en que estos revelan, o más bien sugieren, aquello que los personajes ocultan, incluso de sí mismos.

En ese sentido, la película aborda temas como la vejez, la maternidad, la culpa, la familia disfuncional y la posibilidad siempre incompleta de la reconciliación. Los pecados del pasado persiguen a Michelle, quien llega incluso a visualizar a su hija como un fantasma. Esa aparición, cercana a lo espectral, puede leerse como expresión de culpa y también como síntoma de un deseo más turbio: el de haber recuperado, a través de la muerte de la hija, la cercanía con su nieto.

Con todo, el ritmo de la película acompaña esta construcción del misterio: avanza lentamente, desde la quietud rural y desde aquello que permanece no dicho. No hay grandes escenas climáticas ni revelaciones enfáticas, dado que Ozon desplaza el clímax fuera del centro de la imagen y obliga al espectador a reconstruirlo como un puzle, a partir de elipsis, silencios y gestos mínimos.

En ese trabajo de contención resulta fundamental la actuación de Hélène Vincent, quien expresa con precisión el duelo, la culpa y el sufrimiento interno de Michelle. Sus emociones permanecen contenidas y se filtran a través de miradas, pausas y expresiones sutiles.

De esta manera, Ozon construye una película de superficie tranquila y fondo inquietante, donde lo deliberado y lo accidental permanecen suspendidos en una misma zona moral.

Aunque la historia comienza en verano y avanza a lo largo de los años, el otoño termina por volverse la verdadera estación de Michelle: una estación temporal y emocional, hecha de desgaste, memoria y secretos que caen lentamente, sin revelar nunca del todo su origen.

 

 

 

 

 

***

Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Camila Gordillo Varas

 

 

Imagen destacada: Cuando cae el otoño (2024).

Comparte: