Cuando se filtra la información sobre aquellos documentos (memorándum le llaman) en los cuales se instruía de la necesidad de «descontinuar» ciertos programas sociales, todos entendimos que eso significaba paralizarlos, suspenderlos o terminarlos.
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 29.4.2026
Heredé de mi padre algunos libros sobre la sabiduría árabe, que él acostumbraba a citar. Cuando fue ministro del gobierno de Eduardo Frei Montalva, él le preguntaba siempre, muchas veces en pleno consejo de gabinete:
—Alejandro, ¿qué diría de esto el califa de Basora?
Y el ministro respondía con un caso específico y una reflexión final.
Ante un fallo de un juez que condenaba como terroristas a personas contra las que no había ninguna prueba, usé una anécdota cuando alegué en la Corte. El juez había dictado una sentencia, pero la Ilustrísima, antes de los alegatos, la encontró tan precaria que decidió devolverla de plano para que la rehiciera.
Con todo, ante la segunda sentencia llegamos a alegar los contendientes. En esa ocasión cité ante los ministros de la Corte (Cánovas, Zurita y Gálvez) la siguiente anécdota de la sabiduría árabe, pues la segunda sentencia era peor que la primera.
Estaba el califa Harúm al Raschid en uno de sus malos días y ante cierta intervención de Abu Nowas, el poeta de la Corte, lo conminó:
—Abu Nowas, tienes 24 horas para ofenderme y luego dar una excusa que sea peor que la ofensa. Si no cumples perderás la cabeza.
El poeta se fue muy afligido y pasó un duro día. Al día siguiente se levantó sin tener respuesta al requerimiento. Se preparó para morir. Fue al palacio y entró a la cámara real, en el momento en que el califa subía los escalones para llegar al trono.
De un salto llegó hasta el monarca y le dio un fuerte pellizco en la nalga izquierda. El califa giró y gritó:
— ¿Pero qué haces Abu Nowas?
—Perdón, majestad, creí que era su esposa.
Así, Abu Nowas salvó la vida.
Con premeditación y alevosía
Cuando se filtra la información sobre aquellos documentos (memorándum le llaman) en los cuales se instruía de la necesidad de «descontinuar» ciertos programas sociales, todos entendimos que eso significaba paralizarlos, suspenderlos o terminarlos.
Un humorista le preguntó al ministro Quiroz, cuando él dijo que descontinuar significa revisar, cómo entendería esa frase si la novia (de tenerla) le dijera que va a «descontinuar» la relación. El gobierno se ha dado muchas vueltas al respecto, despertando protestas incluso de sus propios seguidores, entre las que destaca el reclamo del presidente del partido del propio José Antonio Kast.
Entonces vino la joya. La «ofensa» que significó para todos un oficio que disponía descontinuar programas sociales (harto más grave que pellizcar la nalga del califa, salvo para el propio califa por cierto), provocó una excusa final que se ha expresado a todos los que han querido poner atención. Fue dicha por el ministro y repetida por muchos funcionarios y políticos con un tono de alivio, como si esa excusa disminuyera la gravedad del hecho.
¿Cuál fue la excusa?
Que el oficio o memorándum en cuestión no se había hecho para ser difundido y conocido por el país.
La excusa es más grave que la ofensa, porque al intento de afectar los programas sociales, se añade el deseo de que eso hubiese sido un secreto. Ellos querían hacerlo, pero no querían que se supiera, sino solamente que se aplicara.
Era un oficio que no debía darse a conocer, por lo que la explicación es muy grave: se quería hacer en secreto, probablemente negándolo ante terceros.
—No queríamos que se filtrara –fue la explicación.
No sólo afectar programas, no sólo actuar con desprecio por los derechos de las personas, no solamente dejar a muchos necesitados (como los escolares) privados de los beneficios que se conquistaron con esfuerzos de los grupos sociales, sino además hacerlo sin que se enteraran previamente, sin que se diera a conocer más que cuando las «discontinuidades», las supresiones, estuviesen en marcha.
La excusa peor que la ofensa: no les basta con perjudicar a los más pobres o débiles en el contexto económico y social, sino además quieren hacerlo secretamente.
Si estuviéramos hablando de delitos, tendríamos que decir «con premeditación y alevosía», que quiere decir, actuar habiéndolo preparado con antelación y cuidado, además de actuar sobre seguro.
En esas manos estamos: la verdad se hace funcional a los intereses de los que tienen el poder, el secreto es el método para engañar a los que deben saber, como fue con las leyes secretas en la época de la dictadura.
Tal como lo hizo el ahora ministro Quiroz, con el caso de las colusiones.
***
Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).
En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.

Imagen destacada: Presidente Eduardo Frei Montalva.


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