[Crítica] «Al filo de los días»: Detener la pérdida de lo humano

La poesía de Gustavo Gac-Artigas mira hacia afuera, no da vueltas en torno a un sí mismo estelar, y en su lugar camina por las calles del dolor compartido, de los exilios, de los cuerpos humillados, de las historias secuestradas, de la infancia mutilada por el poder irreverente, de los muertos sin nombre.

Por Luis Cruz-Villalobos

Publicado el 3.5.2026

la debacle me rondaba
no es que mi mundo se derrumbara
el mundo se derrumbaba.
Gustavo Gac-Artigas

El libro Al filo de los días (Santa Rabia Poetry, Colección de Poesía Panhispánica), es uno de los más recientes del gran poeta y dramaturgo chileno Gustavo Gac-Artigas (1944), quien por estos días está realizando una significativa visita a Chile, desde su actual residencia en Nueva York, presentando su obra en diversos contextos literarios y académicos del país, después de 50 años de ausencia, fruto del exilio.

Los versos citados al inicio, que atraviesan como una grieta luminosa su obra, anuncian desde el inicio una verdad fundante de su trabajo como poeta: Gustavo no escribe encerrado en su propio dolor o derrumbe, sino en el dolor y derrumbe del mundo que comparte con muchos otros.

En su voz no hay repliegue ni lamento narcisista aislado; más bien observamos un gesto radical de apertura. En él, la poesía no es refugio del individuo que se mira al espejo, sino un acto de comunidad que intenta detener con palabras —aunque sea un instante y un ápice— la pérdida de lo humano.

Su vocación es comunitarista y solidaria, no autocomplaciente. Gac-Artigas ha huido siempre de la poesía concebida como «efusión personal», esa que Jorge Restrepo señaló con ironía: la creencia de que otros tienen tiempo o interés en leer simples «evacuaciones líricas» y «piruetas estilísticas».

Aquí no hay tales artificios. En estas páginas respira una voz curtida, que carga cicatrices colectivas, que denuncia la injusticia y que se niega a volverse bálsamo para anestesiar al lector. No ofrece alivio fácil: ofrece memoria y verdad, des-olvido y des-ocultamiento (aletheia).

Como en Hombre invisible de Pablo Neruda, esta poesía mira hacia afuera. No da vueltas en torno a un sí mismo estelar. En su lugar, camina por las calles del dolor compartido, de los exilios, de los cuerpos humillados, de las historias secuestradas, de la infancia mutilada por el poder irreverente, de los muertos sin nombre.

Gac-Artigas no se siente superior a nadie ni se atribuye un sufrimiento más interesante o intenso que el del resto: baja a la tierra, escucha, recoge voces, les cede espacio. Su canto quiere —como el de Neruda en su hombre invisible y sus odas elementales—, «que todos vivan en mi vida / y canten en mi canto».

Y así, el poeta deja de ser un pequeño dios que inventa mundos y pasa a ser un obrero de la palabra, alguien que se remanga, trabaja, carga escombros, denuncia, consuela sin mentiras.

Su poesía, en este libro —pero también en todo su corpus poético— se vuelve huelga, protesta, ronda que no es la mistraliana infantil sino una ronda de adultos que no toleran la injusticia, tomados de las manos como en barricada.

Una ronda donde el poema no pertenece a un solo cuerpo, sino que está escrito por miles de compañeros y compañeras silenciados, por hambres antiguas, por desgarros lejanos y contemporáneos, por amores fraternos que aún resisten.

 

La experiencia personal en gesto solidario

En esta obra, Gac-Artigas encarna algo poco frecuente: poemas que no están poblados por el poeta, sino por el mundo.

Poemas que resuenan con la antigua virtud de karuṇā, esa compasión budista que no es mero sentimiento piadoso sino capacidad activa de sufrir-con, de dejar que el dolor del otro nos atraviese hasta impulsar una acción que alivie, sane o proteja.

También, poemas que encarnan el agápē cristiano —esa forma de amor que no busca reciprocidad ni recompensa, que se inclina hacia los vulnerables y afirma la dignidad de cada vida incluso cuando el mundo la ha negado—, convirtiendo la palabra en un acto de servicio y de responsabilidad.

Y, entre ambas tradiciones, emerge con nitidez la huella filosófica de Levinas: el rostro del Otro no es aquí metáfora sino presencia viva que interpela, que exige respuesta, que nos obliga a no convertir la existencia ajena en concepto o estadística.

Ese rostro —incluso cuando está ausente, incluso cuando ha sido borrado— se vuelve mandato ético: responder, hacerse cargo, denunciar, no callar.

Por eso los cantos de nuestro poeta son éticos antes que ontológicos, corporales y situados más que metafísicos; nacen en la herida, no en la abstracción. No aspiran a iluminar un yo solipsista, sino a impedir que la oscuridad avance sobre los demás.

Y aunque aquí aparecen la muerte, el exilio, la tortura, la pérdida, el miedo y la locura, nada de esto está escrito para exhibir una intimidad acariciada por el poeta.

Está escrito para salvar la memoria de quienes ya no pueden hablar, para acompañar a los que aún sufren en silencio, para negarse a olvidar que siempre hay un niño sin futuro, una voz desaparecida, una barricada encendida que quiere detener el abuso, un rostro borrado por la historia infame.

Con todo, el poeta no se ofrece como testigo privilegiado: se mezcla con todos, pues es uno más, un «hombre invisible» que canta para que otros sean vistos.

Aquí la poesía puede llegar a incomodar, pero con la finalidad de que no nos convirtamos en cómplices. Como él mismo autor advierte, no quiere ser bálsamo ni desea aliviar al lector de aquello que debe ver. Porque el mundo se derrumba —no su mundo, el mundo— y estos poemas nacen para que no miremos hacia otro lado mientras cae.

El poeta Gustavo Gac-Artigas escribe desde la herida colectiva, con una empatía forjada en la historia —y en su propia historia—, y convierte la experiencia personal en gesto solidario.

Cada verso es una mano tendida, un acto de resistencia, un llamado a despertar. Y la poesía del autor chileno nos recuerda que nadie se salva solo y que las palabras, cuando se ponen del lado de los oprimidos, pueden ser más que pura belleza: pueden ser memoria, justicia, responsabilidad y vida fecunda.

 

 

 

 

 

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Luis Cruz-Villalobos es un escritor, editor, poeta y psicoterapeuta chileno. Especialista y posgraduado en psicología clínica de la Universidad de Chile, y doctor en filosofía por la Vrije Universiteit Amsterdam (Países Bajos).

Creador de una amplia obra literaria, con más de 50 libros de poesía publicados, además de varios ensayos sobre afrontamiento postraumático, hermenéutica aplicada y estética, el director titular del Diario Cine y Literatura también fue académico de posgrado en la Universidad de Chile (en el programa de magíster en psicología clínica) y de pregrado en la Universidad de Talca (en la Facultad de Psicología).

El profesor Cruz-Villalobos también es el autor de la reciente versión hispanoamericana del protocolo SPIRIT para terapia espiritualmente integrada, y cuyo texto original es usado en el McLean Hospital de la ciudad de Belmont, en Massachusetts, Estados Unidos, y el cual es un establecimiento de tratamiento psiquiátrico asociado a la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard.

 

«Al filo de los días», de Gustavo Gac-Artigas (Santa Rabia Poetry, 2025)

 

 

 

Luis Cruz-Villalobos

 

 

Imagen destacada: Luis Cruz-Villalobos y Gustavo Gac-Artigas.

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