Quizás la mayor virtud de este filme de producción brasileña sea que en lugar de transformar la muerte en un espectáculo emocional o de convertir la infancia en un territorio de inocencia absoluta, la directora Rafaela Camelo retrata un mundo donde ambas conviven con una serenidad poco habitual.
Por Daniel Razazi Aylwin
Publicado el 5.8.2026
Existe una imagen que resume con delicadeza La naturaleza de las cosas invisibles. Una niña entra a una bodega del hospital donde se guardan las pertenencias de antiguos pacientes. Cree que esa ropa fue olvidada por sus dueños. Sofía, la amiga que acaba de conocer, la corrige con absoluta serenidad: «No la dejaron. Murieron». No hay sorpresa en su voz. Solo una serenidad que desconcierta, como si esa naturalidad no le correspondiera a una niña.
Con todo, esa escena revela el verdadero interés de Rafaela Camelo. Su película no intenta explicar la muerte a los niños, sino observar qué ocurre cuando dos niñas crecen en un mundo donde la muerte forma parte de la vida cotidiana.
Gloria, hija de una enfermera, pasa buena parte de sus días en el hospital donde trabaja su madre. Conoce a los pacientes, duerme algunas noches allí y ha convertido ese espacio en una extensión de su hogar. Sofía llega para acompañar a su bisabuela durante los últimos días de su vida. Desde experiencias distintas, ambas descubren que existen realidades que los adultos rara vez saben nombrar.
Uno de los mayores aciertos de Camelo consiste en negarse a convertir el hospital en un escenario del sufrimiento. En el cine, estos espacios suelen aparecer asociados al miedo, al dolor o a la tragedia. Aquí, en cambio, también son lugares donde se juega, se conversa, se crean amistades y se construyen afectos, habitados por personas que, incluso en medio de la enfermedad, siguen sosteniendo una vida cotidiana.
Las niñas siguen siendo niñas. La muerte no les roba la curiosidad ni la capacidad de asombro; simplemente forma parte del paisaje en el cual han crecido.
Que el rito hable por sí solo
En ese sentido, el relato resulta especialmente honesto. Los adultos parecen querer proteger mediante el silencio. La madre de Gloria cuida pacientes todos los días, pero no encuentra la forma de hablar con su hija sobre aquello que ambas ven cotidianamente.
Sofía hace exactamente lo contrario. No ofrece respuestas cerradas ni grandes lecciones; comparte experiencias, acompaña, muestra y pregunta. Camelo sugiere que ciertas conversaciones difíciles no se resuelven con explicaciones, sino con compañía.
Esa misma naturalidad atraviesa la identidad de Sofía. Su transición nunca se convierte en el conflicto central ni en una herramienta para provocar al espectador. Aparece de forma oblicua, en pequeños gestos y silencios, antes que en discursos.
Así, el momento más elocuente es el funeral simbólico que despide a su antigua identidad. La película lo filma con la misma sobriedad ritual con que más tarde acompañará la muerte de la bisabuela, dejando que el rito hable por sí solo. Como la muerte, la transición tampoco necesita explicarse para adquirir sentido.
Formalmente, Rafaela Camelo acompaña esa mirada con una puesta en escena de gran delicadeza. Durante buena parte del metraje predominan los planos cerrados, que mantienen la cámara muy cerca de los rostros y de los pequeños gestos de las protagonistas. Más que transmitir encierro, esos encuadres construyen intimidad, invitando al espectador a permanecer junto a ellas mientras intentan comprender aquello que todavía no saben nombrar.
Solo cuando la historia abandona el hospital y se traslada al campo, donde la bisabuela prepara su despedida, la imagen encuentra una respiración distinta. Los espacios se abren, el paisaje entra en escena y la naturaleza parece ofrecer el aire necesario para que aquello que permanecía contenido pueda finalmente desplegarse.
Hay también una presencia enigmática que acompaña a Gloria desde la primera escena: un pequeño cerdo cuya naturaleza nunca termina de explicarse. Camelo resiste la tentación de convertirlo en un símbolo transparente.
Cuando, hacia el final, Gloria le pide al espíritu de la bisabuela que se lo lleve con ella, la escena emociona precisamente porque no necesita una explicación definitiva. No todo lo invisible necesita convertirse en alegoría; algunos símbolos conservan su fuerza precisamente porque permanecen abiertos.
Quizá esa sea la mayor virtud de La naturaleza de las cosas invisibles. En lugar de transformar la muerte en un espectáculo emocional o de convertir la infancia en un territorio de inocencia absoluta, Rafaela Camelo filma un mundo donde ambas conviven con una serenidad poco habitual. Sus personajes no dejan de sentir miedo ni tristeza, pero tampoco necesitan ocultar aquello que forma parte de la existencia.
Al terminar la película no permanece la imagen del fantasma ni la del pequeño cerdo, sino aquella bodega llena de pertenencias cuyos dueños nunca volverán a buscarlas. En ese instante comprendemos que el largometraje nunca habló únicamente de la muerte, sino de esas experiencias invisibles —el cuidado, la pérdida, la transformación y la despedida— que permanecen en quienes siguen viviendo mucho después, de que aquellos que les dieron forma, ya no están.
***
Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

Tráiler:

Imagen destacada: La naturaleza de las cosas invisibles (2025).


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