El filme de la realizadora mexicana Karla Badillo exhibe la mirada audiovisual y dramática de una realizadora con una estética propia y una sensibilidad muy particular, a través de un largometraje de ficción que lejos de ofrecer respuestas fáciles, invita al espectador a convivir con sus preguntas mucho después de terminada la función.
Por Daniel Razazi Aylwin
Publicado el 7.7.2026
Con Oca (2025), la treintañera directora Karla Badillo (San Luis de Potosí) firma una ópera prima tan misteriosa como sugerente. La película transita entre la road movie, el realismo mágico y la fábula espiritual para construir un relato que mantiene la tensión prácticamente de principio a fin, incluso cuando muchas de sus preguntas permanecen sin respuesta.
Todo ocurre en el viejo camino a San Vicente, un territorio árido donde el azar, la fe y el destino parecen cruzarse constantemente.
Allí confluyen personajes que, como por «rueda de la fortuna», se dirigen todos a ver al arzobispo: Rafaela, una joven monja perseguida por sueños premonitorios que vive junto a otras dos religiosas en un convento en ruinas; Palmira, una mujer que emprende un viaje tan enigmático como sus verdaderas motivaciones; un pueblo que peregrina, pero que se va desintegrando a medida que avanzan, con la esperanza de que bendigan a su santo; y un militar de aviación que, tras ser traicionado por su superior y arrojado desde un avión en pleno vuelo, sobrevive milagrosamente, cruzándose con la adolescente consagrada.
Badillo administra la información con inteligencia y permite que las conexiones entre estas historias aparezcan de manera natural, sin apresurarse a entregar explicaciones.
Más que resolver sus enigmas, Oca invita a recorrer un universo donde la fe convive con la superstición, los sueños parecen anticipar el futuro y las casualidades terminan modificando el destino de todos. La estructura dramática funciona como un rompecabezas que se arma lentamente, privilegiando la experiencia por sobre las certezas.
Cada encuentro trasciende lo evidente
Uno de los aspectos más interesantes de la película es la forma en que retrata la religiosidad popular sin idealizarla. La procesión está lejos de ser un grupo de fieles ejemplares: entre rezos y cantos también hay alcohol, sexo, burlas, oportunismo y pequeñas miserias cotidianas.
Así, los constantes comentarios hacia Rogelia —por su aspecto físico, por su nombre o por su aparente ingenuidad— aportan varios de los momentos más divertidos de la película, pero al mismo tiempo dejan en evidencia la doble moral de quienes emprenden una peregrinación mientras reproducen las mismas conductas que, por fe, dicen combatir. Badillo no juzga a sus personajes; simplemente los observa con una mezcla de ironía y de humanidad.
Esa convivencia entre lo sagrado y lo cotidiano encuentra uno de sus momentos más memorables cuando la procesión abandona la iglesia al compás de la música interpretada por el conocido cantante Juan Gabriel. Es una secuencia inesperada, entrañable y profundamente mexicana, donde la tradición religiosa y la cultura popular dejan de ser mundos opuestos para convivir con absoluta naturalidad.
La actriz Natalia Solián sostiene gran parte del peso dramático con una Rafaela contenida, conflictuada y profundamente humana, mientras que Cecilia Suárez aporta una presencia enigmática que incrementa el misterio que rodea a Palmira. La fotografía aprovecha los paisajes áridos del norte mexicano para convertir el camino en un espacio casi mítico, donde cada encuentro parece tener un significado que trasciende lo evidente.
Más allá de su dimensión espiritual, Oca también propone una reflexión sobre el lugar de las mujeres dentro de distintas estructuras de poder. La Iglesia, el matrimonio y la propia comunidad aparecen como espacios donde las protagonistas intentan afirmarse sin responder completamente a los roles que otros han definido para ellas.
En ese sentido, la película puede entenderse como el viaje interior de tres mujeres muy distintas. Sin embargo, es Rogelia quien completa el arco de transformación más convincente. Rafaela, pese a protagonizar el conflicto más potente de la historia, no encuentra un desenlace que esté a la altura del recorrido emocional que el filme construye para ella.
Palmira, por su parte, permanece deliberadamente enigmática, como si su viaje importara más por las preguntas que instala que por las respuestas que ofrece, aunque hay una escena clave, cuando luego de preguntar a su chofer si ella era buena persona, lo hace pasar la noche a la intemperie.
El cierre deja una sensación ambivalente. Si bien el largometraje mantiene su coherencia hasta el final, la resolución de Rafaela se siente menos contundente de lo esperado y le resta algo de fuerza al desenlace ¿ Es simbólico? Sí. ¿Se entiende? Sí, pero para qué.
Aun así, Oca confirma a la debutante Karla Badillo como una directora con una voz propia y una sensibilidad muy particular. Es una ópera prima visualmente poderosa, capaz de sostener el misterio sin caer en el artificio y que, lejos de ofrecer respuestas fáciles, invita al espectador a convivir con sus preguntas mucho después de terminada la función.
El filme de producción mexicana se proyecta durante este mes julio en el Centro de Cine y Creación (CCC), ubicado en calle Raulí 571, Santiago.
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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

Tráiler:

Imagen destacada: Oca (2025).


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