[Crítica] «Leviticus»: El deseo como profanación

El largometraje de ficción del debutante realizador australiano Adrian Chiarella revisa el imaginario del monstruo desde una mirada no necesariamente innovadora o rupturista, aunque sí empática hacia la resistencia, sin suavizar el dolor ni el horror de crecer bajo la sombra de la homofobia.

Por Camila Gordillo Varas

Publicado el 4.7.2026

La película Leviticus (2026) es el primer largometraje del director australiano Adrian Chiarella. Fue estrenada en Sundance 2026 y posteriormente adquirida por la distribuidora Neon.

Para los fans del horror, es sin duda una de las apuestas más esperadas del año, puesto que combina drama queer y elementos de body horror al representar una comunidad donde el deseo homosexual es condenado, perseguido y convertido en una forma de contaminación.

Estas ideas han sido empleadas con anterioridad en el horror, especialmente en películas como Thelma (2017), de Joachim Trier, y Saint Maud (2019), de Rose Glass, que dialogan con la represión, la culpa y el delirio religioso. La obra de Chiarella se enmarca dentro de esta línea al abordar tópicos como la conversión, el castigo religioso y la violencia homofóbica, aunque también se apoya en el antecedente directo de It Follows (2014), especialmente en la idea de que el deseo sexual activa la persecución de una entidad.

La historia sigue a Naim Reid, un adolescente que, tras la muerte de su padre, se muda junto a su madre a un pueblo pequeño y apartado en Victoria, Australia. El lugar se revela poco a poco como una comunidad cerrada, profundamente religiosa, de la cual su madre también comienza a formar parte.

Naim se siente incómodo, aburrido y fuera de lugar, aunque encuentra un espacio de afecto en Ryan Whalen, con quien desarrolla un romance secreto. Ambos personajes funcionan como contrastes.

En efecto, Naim es más temeroso e inseguro, mientras que Ryan parece haber encontrado una forma de moverse con algo más de libertad dentro de ese entorno opresivo.

La historia romántica y queer es solamente la introducción a un relato de represión comunitaria hacia los deseos homosexuales. En este contexto aparece un líder autoproclamado sanador, que realiza extraños rituales destinados a purgar aquello que la comunidad percibe como una profanación.

Así, las primeras víctimas del sanador son dos jóvenes homosexuales, y uno de los aspectos más sugerentes del relato es que nunca se verbalizan palabras como homosexual, gay o lesbiana. La represión se encuentra incluso antes del castigo explícito, puesto que el filme articula la imposibilidad de nombrar el deseo.

En ese entorno religioso y restrictivo, lo que no puede decirse tampoco puede vivirse sin culpa.

 

La entidad como culpa interiorizada

Como señalé a propósito de su relación con It Follows, el elemento fantástico funciona como una extensión simbólica de esa violencia situada en la comunidad. En sus rituales, el sanador parece implantar una entidad y, con ella, el temor mismo.

Lo que se presenta como purificación opera en realidad como contagio y contaminación. Es una forma de instalar en los cuerpos disidentes la culpa, la amenaza y la percepción de sí mismos como algo monstruoso. Por eso, el conflicto de Naim no se reduce al miedo a ser descubierto. El elemento más desgarrador está en que el protagonista también llega a percibirse a sí mismo como una amenaza.

Su drama más profundo está en la dificultad de reconocer para sí mismo un destino diferente al horror impuesto por su comunidad.

Asimismo, la película exhibe un entorno claustrofóbico. Los personajes aparecen constantemente a través de rejas, encerrados en casas, entre paredes, en el colegio y dentro de una comunidad que funciona casi como culto religioso. Todo esto construye una perspectiva claustrofóbica muy efectiva. El encierro ahoga y el exterior se presenta como amenaza.

Leviticus no necesita recurrir a jumpscares. Su horror se gesta en el silencio de una comunidad que observa con indiferencia cómo sus propios habitantes interiorizan la violencia que los destruye. Naim representa el conflicto de un adolescente que intenta encajar en patrones rígidos que lo mutilan a él y a sus semejantes, hasta llegar a aceptar, en algún punto, ese destino.

Sin embargo, la película evita una mirada demasiado simplista del sufrimiento. De manera paradójica, a través del horror, construye también un relato sobre la posibilidad de aprender a amarse y aceptarse a través de un otro monstruoso.

 

La metáfora del monstruo y sus límites

La primera parte de la película sostiene una narrativa dual, con una capa de drama social y otra que mezcla el elemento fantástico como metáfora de manera muy efectiva. No obstante, la segunda parte centra el conflicto principalmente en esta última dimensión, quizás descansando demasiado en una metáfora ya comprendida por el espectador en torno a la entidad como imagen del deseo queer reprimido.

Por esto, puede hacerse un poco repetitiva en la idea y dejar al espectador con ganas de ver más potencialidades de este horror homofóbico situado en una comunidad pequeña. Es por esta razón que el final puede incluso presentarse un poco anticlimático para quienes hayan estado demasiado comprometidos con una de las dos líneas narrativas de el filme, ya que la decisión final del protagonista descansa sobre todo en la mirada metafórica del monstruo.

Aun así, el desenlace propone una forma de lidiar con el daño, sin cancelarlo por completo, pero abriendo una posibilidad de esperanza.

El título puede ser quizás un añadido que deje al espectador deseando ver un poco más del horror religioso que sugiere. Remite al tercer libro de la Biblia, asociado a las leyes religiosas, rituales y morales de los levitas, la orden sacerdotal de Israel. En él se encuentran pasajes citados históricamente para condenar las relaciones sexuales entre hombres. De esta manera, el título configura una ley que rige los cuerpos, los disciplina y los condena a través del temor.

Así, el largometraje es un coming of age interesante, no exento de problemas, pero resulta de todas maneras perturbadora y emotiva. Leviticus revisa el imaginario del monstruo desde una mirada no necesariamente innovadora o rupturista, aunque sí empática hacia la resistencia, sin suavizar el dolor ni el horror de crecer bajo la sombra de la homofobia.

 

 

 

 

 

 

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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Camila Gordillo Varas

 

 

Imagen destacada: Leviticus (2026).

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