La tan mentada inteligencia artificial que ocupa la atención del pontífice romano es una de estas innovaciones de la tecnología que pueden conducir a fortalecer los poderes de quienes controlan las economías y las decisiones sobre la vida de las mayorías.
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 30.6.2026
El Papa León XIV, siguiendo el camino de algunos de sus antecesores, sitúa su primera encíclica en temas que tienen que ver con el mundo y no solo con la fe o la religiosidad. Él lo hace sobre algo muy central: «la custodia de la persona humana en tiempos de la inteligencia artificial».
Quienes sostenemos —como lo hizo reiteradamente el Papa Francisco— que la Tierra está viviendo el comienzo de una nueva era en la que la humanidad está experimentando grandes cambios orientados a fortalecer los conceptos de persona y comunidad, de creatividad, espiritualidad, libertad, justicia y solidaridad como principales, reconocemos que junto a eso surgen problemas, conflictos y peligros que nos pueden conducir por caminos que no siempre darán espacio a esos valores.
La lucha de quienes han manejado el poder en la era anterior —la que muere y morirá inevitablemente más temprano que tarde— orientada a sostener las mismas estructuras, los mismos estilos, las mismas medidas que les permitieron establecer y mantener su dominación por siglos, nos quiere llevar por caminos de violencia y corrupción, tratando de convencernos de que si ellos se mantienen al mando los cambios serán beneficiosos.
En efecto, los poderosos nos llaman a desconfiar de los que proponen ideas nuevas o que se enfrentan a ciertas formas de lo nuevo con advertencias sobre sus riesgos para la persona humana.
La tan mentada inteligencia artificial que ocupa la atención del pontífice romano es una de estas innovaciones de la tecnología que pueden conducir a fortalecer los poderes de quienes controlan las economías y las decisiones sobre la vida de las mayorías.
Con todo, las encíclicas están dirigidas a los católicos, para que ellos actúen en consonancia con sus convicciones, guiadas por la palabra de su jefe apostólico que, de acuerdo a sus creencias, ha sido designado por Dios a través de los cardenales que lo entronizaron.
Eso no se discute, pero es necesario decir que también hay una advertencia válida para todos los seres humanos y especialmente para los que tienen poder en la sociedad. León XIV, tomando el hilo conductor de León XIII trazado hace casi 150 años, nos confronta como sociedad a lo nuevo y llama a todos los seres humanos a detenerse en la vorágine de la vida cotidiana, cada vez más veloz e invadida por factores ajenos y a pensar en lo que vivimos.
Luego de ese pensamiento debe venir la acción.
Un proyecto social que alza su voz en el siglo XXI
Teóricamente, León XIV es el líder de 800 millones de personas que tienen una misma fe, una misma convicción y responden a una misma disciplina moral y en esa calidad proclama una palabra que muchos debemos escuchar con atención.
En sus primeras palabras ya plantea, simbólicamente, temas de fondo.
Habla de «magnífica humanidad» lo que nos puede sacar del pesimismo o de creer que la humanidad es sólo decadencia y que los humanos somos destructores de la vida por el solo hecho de existir.
León XIV nos habla de una disyuntiva radical: una nueva Torre de Babel o una sociedad «donde Dios y la humanidad habiten juntos», es decir, donde los principios que sustentan su fe se hagan carne y ley.
O seguimos sosteniendo una sociedad en que la dominación, la codicia, el individualismo, el afán de poseer (incluso adueñarse de personas), un solo idioma y derivado de ello un solo modo de pensar, de razonar, de resolver los problemas, o reconocemos la diversidad y la riqueza humana para «hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad».
Y con la misma claridad y solidez nos advierte que, «en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto».
Entonces, siempre en los inicios de su documento, León XIV hace un llamado al diálogo. Nos llama a todos, a católicos y no católicos, a creyentes y no creyentes, a las personas de toda posición en la sociedad para encontrar «nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos».
Ante eso, me surgen muchas preguntas sobre las posibles respuestas.
¿Contestarán positivamente los poderosos?
¿Estarán dispuestos a ello quienes hoy manejan los gobiernos de las grandes potencias?
Pero la pregunta que me parece más importante, sobre todo proviniendo de la formación católica que he recibido desde mi infancia, es: ¿están verdaderamente todos los católicos dispuestos a ello?
Los católicos que están en las estructuras del poder, en Chile y en el resto del mundo, los que controlan el poder político y económico, los que son dueños o controladores de los medios de comunicación, los que deciden sobre las inversiones y los gastos en la sociedad, los que manejan y orientan la producción de bienes y servicios, los que dirigen los establecimientos de educación en todos los niveles, ¿contestarán positivamente al llamado?
¿Tienen, esos católicos que dirigen las sociedades, por su conducta, la autoridad moral para convocar a los no católicos a ese esfuerzo?
¿Son el bien común y la vida digna para todos tareas que todos los católicos comparten?
De ser así, resultaría válida la primera fuerte admonición del Papa católico: «contribuir con determinación a todas aquellas iniciativas que construyen un mundo más justo, y podemos invitar a otros a colaborar con nosotros en la promoción del desarrollo integral de cada ser humano. Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad. Queremos identificar, junto con ellos, nuevos caminos para el bien común y la promoción de una vida digna para todos. Esta actitud de diálogo es parte integrante de la vocación de la Iglesia».
Cierto, pero yo agrego que esa actitud debe ser parte integrante de un proyecto social que alza su voz en el siglo XXI, para que juntos hagamos de nuestro mundo una sociedad más justa, solidaria, libre, creativa y centrada en la persona humana y la total protección de sus derechos.
Todo esto, desde la primera página del texto.
***
Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).


Imagen destacada: San Juan Pablo II y el futuro Papa León XIV en la década de 1980.

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