[Ensayo] «La cronología del agua»: Una ópera prima del desborde

Este viernes 3 de julio la Cineteca Nacional proyectará el primer largometraje de ficción en calidad de realizadora, de la famosa actriz estadounidense Kristen Stewart, y un filme protagonizado en gran forma dramática por la intérprete británica Imogen Poots.

Por Camila Gordillo Varas

Publicado el 28.6.2026

La cronología del agua marca el debut como directora de Kristen Stewart. Estrenada en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025, la película adapta las memorias homónimas de Lidia Yuknavitch, publicadas en 2011.

Desde sus primeros minutos, el filme se distancia del modelo biográfico tradicional, puesto que en lugar de reconstruir una vida según una línea progresiva entre infancia, juventud y adultez, se interna en una conciencia herida y fragmentada, habitada por imágenes que retornan de manera insistente. La vida de Lidia aparece, entonces, como una constelación de recuerdos: escenas de infancia, deseo, violencia, pérdida, accidentes, escritura y agua.

La protagonista crece en un entorno familiar profundamente abusivo. Su madre, marcada por el alcoholismo, permanece con frecuencia en una pasividad dolorosa e indiferente frente a la figura dominante del padre. La violencia sexual no se representa de forma explícita; la película la sugiere mediante silencios, gestos y cortes abruptos.

Esta decisión evita la explotación visual del trauma y desplaza el horror hacia un registro más psicológico que gráfico. Como espectadores, comprendemos la dinámica perversa que une a Lidia con su padre, incluso cuando la película no la expone directamente.

Uno de los aspectos más interesantes del personaje es que el filme no la construye como una víctima pura ni fácilmente legible. Lidia arrastra el daño recibido de su infancia y adolescencia, pero también hiere, se desborda y adopta conductas autodestructivas. Bebe, sostiene relaciones inestables, ejerce violencia sobre otros y se muestra muchas veces incapaz de sostenerse a sí misma.

Esa complejidad intensifica el retrato y su historia no se presenta como una simple superación del trauma, sino como un tránsito irregular, frecuentemente contradictorio, precario y corporal hacia alguna forma de estabilidad.

 

El agua como memoria del cuerpo

El agua funciona como el gran motivo simbólico de la película. Está presente en la natación, en la infancia y en la sensación de refugio, pero también en los fluidos del cuerpo: sangre, semen, menstruación, sudor y lágrimas. Todo parece atravesado por esa imagen de flujo y humedad.

Así, el título del largometraje corresponde al que la autora brinda a sus memorias y resulta especialmente sugerente, porque una cronología supone orden, secuencia y una forma racional de organizar el tiempo. En el filme, en cambio, la vida de Lidia se configura como una corriente fragmentaria, compuesta por escenas que se superponen y se contaminan entre sí. El agua no presenta jerarquía, todo es simultaneo y fluye, no hay un orden y todos estos fluidos constituyen la experiencia de estar vivo.

La escritura aparece como el otro espacio de salvación. Cuando Lidia llega a estudiar con Ken Kesey, encuentra a alguien capaz de reconocer algo valioso en textos que otros consideran demasiado gráficos, grotescos o excesivos. La película muestra así cómo aquello que parecía desborde, obscenidad, abyección o herida puede transformarse en lenguaje.

Escribir no repara completamente el daño, pero permite darle una forma y al reconocer la experiencia a través de la palabra, lentamente es posible sanar. En ese sentido, La cronología del agua es también una película sobre la elaboración del dolor y del trauma a través del arte como proceso terapeutico.

 

La forma líquida de la supervivencia

La actuación protagónica constituye uno de los grandes aciertos del filme. El personaje exige una intensidad difícil: debe ser vulnerable, violenta, deseante, rota, inteligente y, por momentos, insoportable. Imogen Poots logra sostener esa ambivalencia sin suavizarla en exceso, creando un personaje que genera empatía desde su propia fisura.

En la película también destaca la relación con el padre, que no se resuelve de manera simple. No hay únicamente rechazo ni odio; persisten restos de dependencia, confusión, rabia y una intimidad profundamente dañada. Esa zona incómoda brinda capas de complejidad tanto a los personajes como al conflicto.

Stewart propone una ópera prima ambiciosa, visceral y abiertamente sensorial. En algunos pasajes puede sentirse un tanto dislocada, pues el relato fragmentario desajusta la intensidad de ciertas escenas. Aun así, uno de sus mayores méritos está en que evita ofrecer una narración limpia ni ordenada de la vida después del trauma.

La cronología del agua se mueve como una memoria quebrada, como un cuerpo que recuerda antes de poder explicarse, siempre desde lo sensorial, atravesado por escritos en estilo corriente consciencia. Su fuerza reside en esa forma líquida de narrar: una mujer atraviesa el abuso, el duelo, el deseo y la escritura, mientras intenta construir una manera posible de permanecer a flote.

El filme dirigido por Kristen Stewart se exhibirá el próximo viernes 3 de abril en la sala de la Cineteca Nacional.

 

 

 

 

 

***

Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Camila Gordillo Varas

 

 

Imagen destacada: La cronología del agua (2025).

Comparte: