A través de imágenes cotidianas, referencias culturales, voces marginales y una profunda sensibilidad, el autor chileno Marcelo Arce transforma su obra en un canto de ternura y denuncia, al proyectar una mirada que une lo íntimo y lo colectivo desde dimensiones políticas, territoriales y afectivas.
Por Ana Montrosis Guaje
Publicado el 25.6.2026
En Vértebras (Editorial Cuarto Propio, 2025), Marcelo Arce Garín (1976) alinea una poética que pronuncia el cuerpo, la historia y el territorio como una columna emocional y política, donde cada poema funciona como vértebra de la memoria colectiva.
A través de imágenes cotidianas, referencias culturales, voces marginales y una profunda sensibilidad social, el autor transforma su obra en un canto de resistencia, ternura y denuncia, proyectando una mirada que une lo íntimo y lo colectivo desde dimensiones políticas, sociales, culturales, territoriales y afectivas.
La poesía contemporánea latinoamericana ha experimentado una renovación marcada por la incorporación de voces colectivas, elementos territoriales y testimonios que dialogan con el presente y con la historia. En ese contexto emerge Vértebras, de Marcelo Arce Garín, como una obra que no solo poéticamente describe la realidad, sino que la encarna y la sostiene.
El título mismo propone una metáfora central: la poesía como columna vertebral, como estructura de memoria y sostén afectivo, político y social. Las vértebras, como partes esenciales del cuerpo, se convierten en símbolos de aquello que conecta distintas dimensiones: la infancia y la lucha, el territorio y el cuerpo, el duelo y el deseo.
Marcelo Arce articula una voz que no es solo personal, sino coral. En sus poemas emerge la voz del niño, de las obreras, de los hombres sin trabajo, de las mujeres silenciadas, de los migrantes, de los cuerpos heridos por la historia.
Su lenguaje mezcla lo íntimo con lo histórico, lo popular con lo culto, y lo urbano con lo andino. En Vértebras, la poesía no es ornamento ni refugio, sino una forma de habitar la memoria y resistir al olvido. Es, como diría el autor, «un revés y un derecho», un movimiento de ida y vuelta entre el pasado y el futuro, entre la identidad y la lucha.
La vértebra como símbolo: estructura, historia y fragilidad
El título del poemario despierta una lectura metafórica inmediata: las vértebras son las partes que conforman la columna del cuerpo, pero también representan las estructuras que sostienen la vida colectiva. En ese sentido, los poemas se comportan como vértebras que enlazan experiencias fragmentadas: infancia, marginación, violencia, ternura, resistencia, territorio.
Con todo, en el poema «Niño llorón», el autor escribe: «Quemado como los vestigios / de nuestras tardes en el puerto / cuando arrodillados suplicamos el milagro».
Aquí, los «vestigios» son restos de memorias, fragmentos de identidad. La vértebra está quemada, pero sigue sosteniendo; hay dolor, ruina, pero también permanencia. Esto revela que la memoria social y personal se sostiene aun en la fragilidad. Las vértebras no son solo fuerza: son también cicatriz.
Este simbolismo se amplía cuando el autor utiliza la noción de cuerpo como historia. El cuerpo aparece como territorio herido, como lugar de resistencia. Los huesos y las cicatrices hablan más que las palabras. Las vértebras no son rígidas: modulan movimiento, flexibilidad y transformación. Así es su poesía.
Infancia, juegos y nostalgia como lugares políticos
Uno de los rasgos más significativos del libro es la presencia de la infancia no como pureza, sino como zona vulnerable, como territorio atravesado por la historia. No es una infancia idílica, sino tensada por la precariedad, el peligro y el contexto social.
En el poema, «El niño que regalaba bolitas a la primera línea», leemos: «Chita y cuarta / entre el ceño y con saltos dóciles / mueve la malla limonera cubierta / de ojitos de gato, pepas y bolones».
Así, en estos versos, el juego popular de las bolitas representa algo más que recreación infantil: simboliza el donar la inocencia a la lucha, poner la infancia al servicio de la resistencia. El niño no juega solo; participa en la historia. Su malla no guarda juguetes, sino materiales simbólicos: «ojitos de gato, pepas y bolones», como fragmentos de identidad cultural, de memoria comunitaria.
La infancia es usada como recurso literario para confrontar ternura y lucha. No es casual que aparezca la «primera línea», referencia al movimiento político y social del estallido social en Chile. En este sentido, Arce convierte la poesía en documento histórico: su verso es testimonio.
La dimensión territorial: la tierra, la puna, la Alameda y el puerto como cuerpos expresivos
Marcelo Arce escribe desde un territorio amplio: su poesía no se limita a la ciudad, sino que recorre la puna andina, los puertos, calles emblemáticas como la Alameda o Portugal, Santa Olga, Playa Ancha, la frontera, los arenales y las lagunas. El territorio es cuerpo vivo, parlante y sufriente.
En el poema, «Canto a la Puna», el autor escribe textual: «Waynaricunatak y puneña / danza / mirando el cielo en su espesura / sudor y coca en las abajeñas».
Aquí el paisaje no es escenario; es sujeto. La tierra danza, suda, habla. La presencia del quechua Waynaricunatak (danza), Qhispi Kay (despierta) significa reconocimiento y respeto a las culturas originarias. La poesía escucha a la tierra, no solo la describe.
«Cedros y jacarandas / dan un respiro al litio y sus captores». Este verso denuncia cómo el territorio se ve despojado por intereses económicos modernos, pero aún ofrece resistencia. Los árboles no son solo vegetación: son pulmones y defensores de la vida.
El poemario también menciona la ciudad: «calle Portugal», «Alameda de las Delicias», «Santa Olga», calles, mapas populares. La red urbana es el esqueleto de la memoria chilena. La poesía de Arce recorre la geografía emocional y política de Chile.
Poesía social y denuncia: historia, trabajo, fábrica y protesta
Uno de los pasajes más politizados del libro es FASINPAT 02, donde aparece una voz colectiva, de fábrica, obrera, precarizada, que la poesía no solo cita, sino que la legitima.
«Yo prefiero morir peleando que morirme en casa / muerto de hambre». Esta declaración revela la conciencia de dignidad, la lucha contra el hambre y la explotación. No es solo poesía: es voz obrera, es clamor social. La poesía de Arce responde a la tradición latinoamericana de Neruda, Dalton, Varela y Benedetti, donde la palabra se convierte en arma de denuncia.
En otros poemas, aparece la crítica al sistema de salud, «mataderos legales ante el Fondo Nacional de Salud», a la criminalización de la pobreza, a la represión policial («cuídate de la policía»), y al abandono estatal. Hay una clara noción de Estado como estructura que administra y, en ocasiones, deshumaniza. Sin embargo, la poesía humaniza lo que el sistema estandariza.
Erotismo, afecto y ternura como formas de resistencia
A pesar del dolor, la marginalidad y la violencia retratada, la poesía de Arce no renuncia a la emoción, al erotismo ni a la ternura. Por el contrario: los incorpora como formas de resistencia humana.
En el poema, «El país de todas las sangres», leemos: «susurrando un beso en el costado / mientras mi mano baja tu espalda».
Con todo, este verso ilustra cómo el cuerpo se vuelve refugio de humanidad y dignidad en medio de la adversidad. La ternura es fundamental, sirve para restaurar el núcleo vital del ser humano, erosionado por la pobreza o la violencia. La poesía, entonces, no solo denuncia; también consuela, sana, reconstruye.
Esto se complementa con otros versos como: «Estrujamos las frazadas / sentando al niño dormido», donde las imágenes del cuidado y el abrigo contrarrestan el frío de la intemperie y de la historia. La ternura se vuelve tejido social.
Patriarcado, género y cuerpo femenino
Aunque el libro no es explícitamente feminista en su estructura, sí presenta un diálogo con las problemáticas de género. Hay preocupación por los cuerpos vulnerables, por las mujeres en la historia, por el cuidado como acto político.
En el poema Un revés y un derecho leemos: «Que no vean tu rostro mi niña / cuídate de la policía y el ciudadano».
Aquí, el autor advierte, protege, visibiliza el cuerpo femenino en peligro. La poesía, entonces, también protege.
Marcelo Arce Garín escribe una poesía que no solo denuncia, sino que dignifica. Que no solo archiva, sino que canta. Que no solo observa, sino que participa. Su poética es corpórea, emocional y política: la historia no está afuera, está en los huesos; en los juguetes, en los paisajes, en la tierra, en el amor.
En tiempos de precariedad social, deshumanización y silencio impuesto, Vértebras confirma que la poesía puede seguir siendo columna vertebral de dignidad y resistencia. Como escribe el propio autor: «ardiendo el borde en la frontera», cuando la palabra roza lo real, ilumina el límite, lo hace arder, lo hace hablar. La poesía es vértebra. La memoria, también.
Arce Garín es un poeta cuya obra emerge desde la memoria colectiva, la experiencia vivida y la resistencia como fuerza creativa. Su voz poética está arraigada profundamente en el territorio, en las luchas sociales y en la dignidad humana.
No escribe solo desde la emoción individual, sino desde el cuerpo político y social que encarna el dolor, la historia, la injusticia y también la esperanza. Su poesía se sitúa en el cruce entre lo íntimo y lo comunitario, entre la ternura y la crudeza, entre la denuncia y el canto.
Arce busca dar voz a los que no la tienen: los marginados, los niños vulnerables, los trabajadores precarizados, las víctimas de la represión, los migrantes, los cuerpos violentados.
En su poesía aparecen los pobres, los caídos, los olvidados, los cuerpos heridos, pero también los cuerpos que bailan luchan y resisten. Arce quiere dar testimonio, pero también quiere sembrar afecto. Su poética es política, pero no panfletaria; es testimonial, pero también simbó1ica; es íntima, pero colectiviza el dolor.
A través de su escritura busca transmitir que el poema es una forma de construir memoria, identidad y comunidad. La poesía se convierte en una vértebra como dice el título de su libro, una estructura que sostiene el cuerpo social, la lengua y la historia.
Escribir equivale a resistir
¿Cómo es su poesía?
Social y política: Arce escribe desde la calle, desde la primera línea, desde la posta, desde la escuela tomada, desde la fábrica autogestionada. No abstrae la realidad, sino que nace de ella. Nombra directamente la represión, la pobreza, la desigualdad, la lucha obrera, la dignidad de los pueblos originarios, la marginalidad, la violencia estructural.
Corporal y sensorial: Su poesía es física, habla del cuerpo que protesta, que sufre, que sangra, que se enferma, que ama. El cuerpo aparece como campo de batalla, como mapa social, como archivo de la memoria. Sensaciones como el frío, la piel, la sangre, el sudor, el hambre, son centrales.
Territorial y latinoamericanista: Su mirada no es solo chilena, es latinoamericana, con referencias a la Puna, a la lucha venezolana, a la cultura quechua, a fábricas recuperadas, al despojo del litio, a la ternura y resistencia de los pueblos. Por eso utiliza símbolos indígenas. Su escritura reconstruye un mapa espiritual del continente.
Lingüística y popular: Mezcla lenguaje culto con expresiones populares, juegos de niños «chita y cuarta», «bolitas», nombres de calles, buses, hospitales públicos, lugares concretos. Esto otorga autenticidad y memoria urbana. Usa un lenguaje callejero, cotidiano, pero lo transforma poéticamente.
Marcelo Arce quiere mostrar que la historia no está solo en los libros: está en los cuerpos, en los barrios, en la memoria viva del pueblo. Que la poesía puede funcionar como un hueso que sostiene la esperanza que, en medio de tanta violencia, aún hay ternura, dignidad y canto.
Su mensaje es que la resistencia también puede escribirse con besos, con juegos de bolitas, con una vieja frazada, con un canto indígena. En su poesía, el acto de recordar, nombrar, cantar o escribir equivale a resistir.
De esta manera, la poesía de Arce critica las estructuras de poder: el Estado represor, el sistema de salud precarizado, el abandono social. También cuestiona el machismo y la violencia patriarcal, mostrando cuerpos vulnerables y sensibilidades masculinas que lloran, cuidan, abrazan. Hay una reconstrucción del hombre desde la ternura, no desde la dominación. La mujer aparece no como objeto, sino como cuerpo político, como memoria, como lucha, como altar.
Vértebras confirma que la poesía puede ser una forma de memoria viva y de resistencia sensible. En la escritura de Marcelo Arce Garín, el cuerpo, el territorio y la historia se enlazan como una columna vertebral que sostiene la dignidad colectiva. Sus poemas no solo nombran la herida social, sino que la habitan desde la ternura, el cuidado y la denuncia, haciendo de la palabra un acto político y afectivo a la vez.
Así, la poesía se afirma como estructura de sostén del cuerpo social: una vértebra que se resiste al olvido.
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Ana del Rosario Montrosis Guaje (1969) es una crítica literaria, poeta y columnista chilena, quien se encuentra radicada en la comuna de San Bernardo (Región Metropolitana), hace casi tres décadas.


Imagen destacada: Marcelo Arce Garín.




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