[Crónica] Coloquio sobre los bosques del Midwestern

Después de este viaje, ya podré saludar a unos cuantos árboles del Medio Oeste estadounidense. Y enviar recados suyos a sus vigorosos hermanos del austro, porque al decir de Neruda, quien no conoce la selva chilena, ignora la esencia vegetal de este planeta.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 24.6.2026

Abordamos el tren en la Chicago Union Station. Nos llamó la atención esas anchas escaleras de suntuoso mármol por donde vimos precipitarse un coche de niño con su bebé dentro; esto ocurrió en el filme Los intocables, con Kevin Costner en el papel de Elliot Ness, hace mucho tiempo.

En el trayecto ferroviario entre Chicago y Royal Oak, el paisaje está dominado por campos agrícolas, pequeñas áreas boscosas, cursos de agua y amplias zonas suburbanas. Los árboles que se observan con mayor frecuencia varían según el tramo, pero las especies más comunes son el Roble de Bur (Bur Oak): uno de los ejemplares emblemáticos de las antiguas praderas del Medio Oeste.

Se encuentra aislado en campos, bordes de caminos y parques rurales; el Arce plateado (Silver Maple): muy común cerca de ríos, arroyos y terrenos húmedos; el Álamo del Este (Eastern Cottonwood): árbol alto y de rápido crecimiento, frecuente en llanuras aluviales y márgenes de cursos de agua.

También, el Nogal negro (Black Walnut): abundante en Indiana y el sur de Michigan, apreciado por su madera; la Acacia negra (Black Locust): el Olmo americano (American Elm), algo diezmado por la grafiosis, aún se observa en muchas localidades.

Asimismo, el Fresno blanco (White Ash), cada vez menos frecuente por la plaga del barrenador esmeralda del fresno —según me cuenta mi amiga Iris Andrade, una periodista, suerte de enciclopedista virtual, gallega radicada en Indiana hace tres décadas, con quien me comunico vía wasap—; el Almez (Hackberry): muy resistente y común en zonas rurales.

El cronista escribe con mayúscula el nombre de los árboles, aplicando la norma respetuosa de la sintaxis para los patronímicos, porque estos colosales seres verdes se lo merecen como singulares individuos de la Madre Natura. Al cronista le invade de pronto el prurito poético y ensaya unos breves versos viajeros de circunstancia:

Si conoces los nombres de los árboles
te sentirás como en tu propia casa
Los árboles son poemas que
descifra el viento
mientras el agua los empapa
de metáforas
y los pájaros cantan sus estrofas
para los enamorados que graban
las iniciales eternas de Cupido
en el palimpsesto de sus cortezas.

Un dato interesante que recojo de la compartida curiosidad con mi amiga Iris: antes de la colonización agrícola, casi todo este territorio era una combinación de praderas altas y bosques abiertos de robles, por lo que muchos de los grandes robles solitarios que aún se ven en los campos son supervivientes de aquel paisaje anterior al siglo XIX.

En cuanto a los cultivos que acompañan nuestro recorrido, los protagonistas son el maíz y la soja, con algunas parcelas de trigo, alfalfa y forrajes.

—Sí, muy probablemente las grandes estructuras metálicas circulares que observaste desde el tren son silos de almacenamiento de grano, aunque algunas instalaciones agrícolas también incorporan equipos de secado. Los secadores suelen ser más pequeños y complejos en su estructura; los grandes cilindros metálicos que dominan el paisaje son, por lo general, depósitos donde el grano se conserva hasta su venta o transporte (habla Iris Andrade).

 

Los árboles hablan entre sí con sus raíces y hojas

En el trayecto entre Chicago y el estado de Michigan atravesamos una de las regiones agrícolas más productivas de Norteamérica.

Los cultivos predominantes son: maíz (corn): el más característico del Medio Oeste. Se destina a alimentación animal, productos industriales, etanol y consumo humano. Soja (soybean): utilizada para aceite, harina proteica y alimentación animal. En menor medida: trigo, alfalfa, avena y algunos cultivos hortícolas.

—A esta vasta región —prosigue Iris— se la conoce como el Corn Belt («Cinturón del Maíz»), que comprende amplias zonas de Illinois, Indiana, Iowa y partes de Michigan. En esta época del año (junio), los campos de maíz suelen verse como extensas superficies verdes de plantas aun relativamente bajas; la soja, en cambio, forma mantos más uniformes y cercanos al suelo.

Otro detalle curioso: los enormes silos que observamos son herederos modernos de una revolución agrícola del siglo XIX. La ciudad de Chicago se convirtió en gran centro comercial precisamente gracias al almacenamiento y distribución de cereales procedentes de estas llanuras. Los elevadores de grano y los ferrocarriles transformaron la economía del Medio Oeste y ayudaron a convertir a la urbe más poblada de Illinois en uno de los principales mercados agrícolas del mundo.

El cronista disfruta este viaje en tren, que cruza las grandes llanuras verdes a moderada velocidad —no es un tren bala y no sobrepasa los 90 km por hora—, deteniéndose en pequeñas estaciones donde bajan y suben pasajeros variopintos, gente sencilla con sus bártulos a cuesta. El poeta se despide, en este breve coloquio, de su buena amiga Iris Andrade, quien le responde con propiedad y sentido poético:

—Moure, tus palabras me recuerdan que los árboles hablan entre sí con sus raíces y hojas, a través de las estaciones, mientras nosotros intentamos comprender apenas algunas palabras de ese idioma antiguo. Te dejo unos versos de Whitman que parecen apropiados para este viaje por los campos y bosques del Medio Oeste:

Creo que una hoja de hierba no es menos
que la jornada de las estrellas,
y que la hormiga es igualmente perfecta,
y un grano de arena,
y el huevo del reyezuelo,
son igualmente perfectos
y que la rana es una obra maestra
digna de los más altos destinos
y que la zarzamora podría adornar
los salones del paraíso.

El viajero del sur desciende en la estación de Royak Oak (Roble Real) y siente ligero el ánimo y gratificado el corazón, y hace suyas las sabias palabras del botánico y escritor estadounidense Donald Culross Peattie, cuando nos dice que, «conocer el nombre de un árbol es el comienzo de una amistad perdurable».

Después de este viaje, ya podré saludar a unos cuantos viejos conocidos del Medio Oeste. Y enviar recados suyos a sus vigorosos hermanos del austro, porque al decir de Neruda: «Quien no conoce el bosque chileno, no conoce este planeta».

 

 

 

 

 

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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.

Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Walt Whitman.

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