El rechazo a la excandidata comunista y el ascenso del ahora Presidente de la República no son dos hechos aislados sino los pliegues semánticos de una misma escena emocional: lo que en uno se ofrecía como conjuro de la emergencia, en la otra se inscribía como uno de sus rostros.
Por Mauro Salazar Jaque y Alejandro Arros Aravena
Publicado el 23.6.2026
Lo que aquí se interroga no es un resultado electoral sino una trama afectiva que excede y precede hasta volver legible el punto; por qué la elección presidencial chilena de 2025 cristalizó en una dicotomía que no se jugó entre programas sino entre signos, entre el rechazo edulcorado de la figura de Jeannette Jara y una fisonomía conjuradora en el caso José Antonio Kast.
El gesto de este artículo consiste en leer ambos polos (polarización) no como hechos separados sino como anverso y reverso de una misma operación: el rechazo y la adhesión (cóncavo y convexo) recortados sobre la misma superficie de pánico.
De ahí el primer movimiento, que desmonta el sustrato neural del miedo, el cerebro como máquina que anticipa la amenaza antes de percibirla, para mostrar cómo esa física de la anticipación presta su forma al anticomunismo sedimentado y a la promesa de orden.
El segundo movimiento desanda la tentación de quedarse en la neurona: bajo la forma del procesamiento late una sustancia histórica que ninguna sinapsis explica, la genealogía del anticomunismo chileno, el desgaste del ciclo, la fabricación discursiva de la emergencia.
Luego, el tercero desciende a la capa que el análisis político suele pisar sin mirar: el voto obligatorio, la mediación de plataforma, la economía de la atención como el suelo donde el afecto se segmenta, se amplifica y retorna convertido en conducta.
El texto sostiene a la vez una tesis y su reverso crítico. La tesis: la emergencia no nombró una coyuntura, la produjo, y sobrevive intacta a los datos que la desmienten porque su función no es describir sino conducir. Tal desmontaje no autoriza reduccionismo alguno que disuelva la política en la biología, pues la neurociencia solo entrega la forma, jamás la decisión.
Lo que se persigue, al cabo, es menos una explicación cerrada que una pregunta por las contraconductas posibles frente al gobierno del pánico: cómo responderle sin hablar su lengua.
Nota sobre el método: el anudamiento de tres planos
Conviene declarar de entrada el estatuto de cada plano, porque el riesgo de un análisis como este es precisamente el deslizamiento entre registros que no comparten reglas de prueba. El plano neurocientífico no aporta causas del voto sino una descripción formal: cómo un cerebro que minimiza el error de predicción evalúa amenazas y tolera o rechaza la incertidumbre.
Su evidencia es la literatura experimental sobre codificación predictiva y aprendizaje del miedo, y su alcance se detiene donde empieza el contenido: explica por qué una señal de amenaza se procesa rápido, no por qué esa señal es el comunismo y no otra cosa. El plano histórico-político aporta esa sustancia: la genealogía del anticomunismo chileno, su sedimentación en la cultura política y los intereses que lo reactivan; su evidencia es documental e historiográfica (1973, año del golpe: 1988 el plebiscito cuando la Dictadura obtiene un 44.4 %).
Después, el plano infraestructural aporta el vector de circulación: la arquitectura de plataforma que segmenta, amplifica y distribuye el afecto; su evidencia proviene de los estudios de economía política de los medios digitales.
El anudamiento no es una suma ni una jerarquía, sino una relación de complementariedad asimétrica: ningún plano explica el ciclo por sí solo, pero no todos pesan igual en cada tramo del argumento. La neurociencia tiene primacía explicativa cuando se trata de la forma compartida del procesamiento afectivo, justamente porque es el nivel en que los votantes más heterogéneos se vuelven comparables; la historia y la infraestructura recuperan el mando cuando se trata del contenido y de su propagación.
Así, esta asimetría es deliberada y se enuncia para evitar dos errores simétricos: el reduccionismo neural, que tomaría la afinidad entre un discurso y una disposición cerebral por una causalidad mecánica, y el rechazo humanista del dato neurocientífico, que renunciaría a explicar por qué ciertas formas afectivas resultan tan eficaces.
La regla que ordena el texto es, por tanto, una sola: cada vez que un plano se invoca, se indica qué puede y qué no puede mostrar.
Dos caras de un mismo proceso afectivo
El 14 de diciembre de 2025, José Antonio Kast se impuso en la segunda vuelta presidencial chilena con el 58,16 % de los votos válidamente emitidos frente al 41,84 % de Jeannette Jara: una distancia que clausuró un ciclo y entreabrió otro.
Con todo, el dato hiere más si se lo lee al revés, pues en la primera vuelta del 16 de noviembre era Jara quien encabezaba con el 26,85 %, por encima del 23,92 % de Kast, y la grieta inesperada la abría el tercer lugar de Franco Parisi con cerca del 19,4 % [Sobre los resultados de la segunda vuelta del 14 de diciembre de 2025 y la primera vuelta del 16 de noviembre, véase Servicio Electoral de Chile (Servel), «Resultados Elección Presidencial 2025: segunda votación», cómputo oficial (99,97 % de mesas), consultado el 24 de junio de 2026, https://www.servel.cl. Los porcentajes se calculan sobre votos válidamente emitidos; en primera vuelta, Jara 26,85 %, Kast 23,92 % y Parisi 19,4 %].
Entre una vuelta y otra, el bloque de derechas se recompuso a una velocidad que el cálculo programático no alcanza a explicar, y la cifra se dio vuelta. La pregunta que ordena este artículo es doble y simétrica, hecha de un mismo pliegue: por qué una fracción tan vasta del electorado expulsó a la candidata comunista, y por qué la oferta de Kast supo, al mismo tiempo, convocar.
La hipótesis es que esa dicotomía no se libró en la superficie de los programas sino en un estrato anterior, en una arquitectura del afecto que la neurociencia contemporánea sabe describir con un rigor inquietante. Se ha hablado de «neuropopulismo» para nombrar las estrategias que operan sobre los pliegues afectivos de la decisión y no sobre la deliberación argumentada.
El término sirve a condición de no tomarlo al pie de la letra: designa el registro en que cierta política se inscribe —el del afecto modulado a escala, por debajo del umbral donde la razón cree decidir— y no la fantasía de una técnica que programe cerebros. Ninguna campaña gobierna la amígdala de nadie. Lo que sí ocurre, y la evidencia lo sostiene, es que ciertos enunciados están afinados para vibrar con predicciones de amenaza ya depositadas, y que la infraestructura digital recorta y devuelve esa vibración amplificada, con una puntería sin precedente.
La neurociencia describe hoy al cerebro como una máquina de predicción: un órgano que no espera el mundo sino que lo anticipa, y solo corrige su modelo cuando el pronóstico fracasa [Lisa Feldman Barrett, How Emotions Are Made: The Secret Life of the Brain (Boston: Houghton Mifflin Harcourt, 2017), 56–78].
Esa teoría —codificación predictiva, inferencia activa— ha desplazado el lugar mismo de la emoción [Karl Friston, «The Free-Energy Principle: A Unified Brain Theory?», Nature Reviews Neuroscience 11, n.º 2 (2010): 127–138].La amígdala, que se imaginaba como centinela pasivo del peligro, se revela parte de un sistema que produce predicciones de amenaza desde lo ya sabido y reescribe sus creencias según lo vivido [Joseph E. LeDoux, «The Amygdala», Current Biology 17, n.º 20 (2007): R868–R874].
Así, el cerebro no encuentra la amenaza: la presupone. La corteza sensorial guarda representaciones de peligro talladas por la experiencia aversiva, y de ahí una evaluación que es veloz porque es anterior a toda conciencia; y el miedo, lejos de quedarse en su objeto, se derrama, contagiando contextos nuevos que apenas se parecen a los aprendidos.
Hay, sin embargo, una fisura que conviene no suturar. La misma neurociencia advierte que el miedo sentido no predice de manera fiable la conducta defensiva: sentir miedo y obrar por miedo discurren por circuitos distintos, disociados [Joseph E. LeDoux y Daniel S. Pine, «Using Neuroscience to Help Understand Fear and Anxiety: A Two-System Framework», American Journal of Psychiatry 173, n.º 11 (2016): 1083–1093].
La advertencia desarma el atajo que va de «los votantes sintieron miedo» a «el miedo explica su voto», y obliga a sostener el afecto como condición del proceso, nunca como su causa suficiente. Sobre esa cautela —y no contra ella— se levanta todo lo que sigue.
El rechazo a Jeannette Jara
La candidatura de Jara reactivó, en una franja extensa del electorado, lo que cabría llamar una predicción sedimentada de amenaza. El anticomunismo no es en Chile una opinión sino un depósito afectivo de larga duración, alojado por igual en el mundo popular, en las élites de provincia y en el empresariado (existe más de un estudio en el campo de la historiografía chilena y en la politología a este respecto).
El significante «comunismo» opera, para ese segmento, como una imagen de peligro tallada por décadas: la corteza tenía ya inscrita la señal antes de que un cuerpo viniera a encarnarla. Por eso el rechazo no necesitó inventar argumentos.
La militancia de Jara en el Partido Comunista funcionó como un disparador precodificado, que devuelve una respuesta veloz y previa a toda discusión de programa. El voto contra ella fue, en buena medida, un voto contra un signo, no contra un temario que incluía promesas socialmente populares —la jornada laboral más breve, el salario mínimo más alto—.
El aparato predictivo permite afinar el mecanismo hasta su filo. Si el cerebro minimiza la distancia entre lo que anticipa y lo que percibe, no todas las creencias pesan lo mismo: hay priores («creencia previa» o «distribución a priori») de baja precedencia, dóciles ante la evidencia, y hay priores de altísima precedencia, que el sistema blinda reescribiendo todo lo demás con tal de no tocarlos. El significante «comunista» funcionó, para el segmento adverso, como un prior del segundo orden: una creencia tan incrustada que la evidencia contraria no la corrige sino que se pliega a ella, reinterpretada para no desmentirla.
Ahí se cierra la trampa estructural de Jara. Cada vez que moderaba el programa o anunciaba el congelamiento de su militancia, entregaba al modelo del votante un dato pensado para achicar el error de predicción. Pero un prior de máxima precedencia no recibe ese dato como refutación: lo procesa como ruido, o peor, como prueba de la astucia que ya le imputaba a la amenaza. La evidencia se arrodilla ante la creencia, no al revés.
La derecha radical no debió construir el anticomunismo: lo halló ya sedimentado; ni argumentarlo: le bastó con pronunciarlo [Ernesto Laclau, La razón populista (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2005), 91–128]. La asimetría no es del momento sino de la estructura: Jara podía vencer en el debate y perder, en el mismo acto, el plano afectivo donde el prior decidía de antemano lo percibido.
A esa señal histórica se le sobreimprimió otra, coyuntural. La figura de Jara quedó cosida, por su paso por el gobierno, a un ciclo leído como fracaso en seguridad y economía, con una aprobación presidencial rondando el 28 % [Sobre la aprobación del gobierno saliente y la fragmentación territorial, véase Centro de Estudios Públicos (CEP), Estudio Nacional de Opinión Pública, n.º 92 (2025)]. Dos amenazas en palimpsesto —la del comunismo y la de la gestión— sobre un electorado fatigado que leyó la continuidad como riesgo.
Y, no obstante, el contrapunto se impone. Que el anticomunismo opere como esquema afectivo no rebaja el voto a reflejo. Buena parte de ese rechazo fue deliberado, una evaluación del desempeño en seguridad, migración y economía. La neurociencia alumbra por qué la señal corrió rápido y caló hondo; no faculta a borrar la dimensión razonada y legítima de un voto de castigo. Afecto y juicio no se excluyeron: se trenzaron.
El auge de José Antonio Kast
Si el cerebro achica el error de predicción y reclama un modelo estable del mundo, entonces una oferta que prometa orden y seguridad, en un entorno percibido como caos, opera como una promesa irresistible de certidumbre. La consigna de Kast —»este gobierno generó caos, desorden e inseguridad; nosotros vamos a generar orden, seguridad y confianza»— no aportaba información: ofrecía un modelo simple y clausurado donde una realidad astillada recuperaba legibilidad.
Los priores arraigados se vuelven más imperiosos precisamente cuando arrecian la incertidumbre, la ambigüedad y la falta de estructura [Andy Clark, «Whatever Next? Predictive Brains, Situated Agents, and the Future of Cognitive Science», Behavioral and Brain Sciences 36, n.º 3 (2013): 181–204], que es el clima exacto que dejó el estallido y la sucesión de procesos constituyentes fallidos.
Es elocuente que la percepción de inseguridad creciera sin pausa durante seis años mientras la tasa de homicidios, según las cifras oficiales, se mantenía entre las más bajas de la región [Sobre la brecha entre percepción de inseguridad y tasas objetivas de homicidio en Chile, véase Instituto Nacional de Estadísticas (INE) y datos del Ministerio Público citados en prensa nacional, 2025].
Con todo, esa brecha entre el dato y su percepción es justo lo que el marco predictivo descifra: la amenaza no se mide sobre la estadística sino sobre el modelo interno que la experiencia y el relato han esculpido. Kast no fundó el miedo a la inseguridad; lo capitalizó, dotándolo de un objeto —el migrante, el delincuente, el desorden— y de una salida —autoridad, expulsión, orden—.
Y el miedo, además, se aprende mirándolo: un circuito prefrontal codifica el temor adquirido por observación, y el contagio emocional traspasa la amenaza de cuerpo a cuerpo, trasiego que las plataformas aceleran al segmentar audiencias y modular su ánimo [Andreas Olsson y Elizabeth A. Phelps, «Social Learning of Fear», Nature Neuroscience 10, n.º 9 (2007): 1095–1102].
Lo decisivo del triunfo de Kast fue su don para anudar tradiciones inconciliables bajo un mismo afecto. El voto de Parisi, cargado de un ánimo antisistema, se voló hacia Kast aunque su partido llamara a anular; esa figura ha sido descrita como posdemocrática, atractor extraño del campo electoral, cuya energía Kast supo capturar [Aldo Mascareño, declaraciones recogidas en prensa nacional sobre el carácter posdemocrático de la figura de Franco Parisi, noviembre de 2025].
En efecto, lo que juntó a libertarios antisistema, conservadores valóricos y derecha tradicional no fue doctrina sino un afecto compartido: el rechazo. En la gramática clásica de la hegemonía, una fuerza fabrica un «pueblo» encadenando demandas dispersas bajo un significante que las hace equivalentes [Ernesto Laclau, La razón populista (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2005), 91–128].
Conviene, sin embargo, no oponer sin más este marco a su contrario, porque la tensión entre articulación hegemónica y modulación post-hegemónica no es una disyuntiva sino una cuestión de escalas temporales, y en esa distinción se juega la tesis de este artículo.
En el tiempo corto de la coyuntura, la soldadura kastista no se forjó en el discurso programático —donde libertarios, conservadores valóricos y derecha tradicional seguían siendo incompatibles— sino en el afecto modulado por la infraestructura: ahí opera una modulación post-hegemónica, una equivalencia producida por segmentación y no por cadena argumental [Jeremy Gilbert, Common Ground: Democracy and Collectivity in an Age of Individualism (Londres: Pluto Press, 2014)].
Pero esa modulación de superficie solo es eficaz porque descansa sobre una articulación de larga duración ya sedimentada en el tiempo histórico, que el apartado siguiente reconstruye. La izquierda, criada en la gramática de la articulación hegemónica, llegó tarde a un terreno doblemente desfavorable: el de la modulación afectiva inmediata, que no domina, y el de la sedimentación histórica, cuyo contenido le es adverso [Benjamín Arditi, La política en los bordes del liberalismo (Barcelona: Gedisa, 2009), 75–98].
El sedimento autoritario y la posmemoria
El marco predictivo describe la forma del afecto, pero no responde una pregunta que lo antecede: por qué el contenido de esa amenaza tiene la consistencia que tiene, y por qué no se diluye con el relevo de las generaciones. Conviene, entonces, deslizar el análisis desde la física de la anticipación hacia la materia histórica que ella reactiva. Lo que la cifra electoral esconde no es la coyuntura que la precipitó —la inseguridad, el desgaste del ciclo, la inflación de la promesa de orden— sino el «sedimento autoritario» que la hizo posible.
Y aquí emerge una anomalía que ninguna lectura de coyuntura disuelve: buena parte de la adhesión a la salida autoritaria no proviene de quienes la vivieron, sino de quienes nunca la conocieron. De los grupos demográficos analizados, el voto a Kast no se intensifica en los extremos etarios sino en el centro adulto del padrón, con su núcleo más sólido en el tramo de 35 a 54 años, la franja que será el eje del electorado durante las próximas dos décadas [DecideChile / Unholster, 2V Presidencial: un resultado anunciado (2025), decidechile.cl. El estudio concentra el mayor apoyo a Kast en el tramo de 35 a 54 años].
La intuición democrática supone que el rechazo a la dominación se aprende padeciéndola, y que el recambio generacional erosiona con el tiempo la disposición autoritaria. El patrón chileno tensiona esa expectativa: el apoyo a la salida autoritaria no se concentra en quienes vivieron la dictadura como adultos, sino en cohortes posteriores.
Importa precisar el estatuto de este dato, porque el indicador disponible mide preferencia electoral por tramo etario, no tolerancia al autoritarismo en sentido estricto; lo que el voto por edad permite sostener no es una medición de disposiciones, sino una hipótesis interpretativa consistente con ellas: la adhesión a una oferta de orden no decrece con la distancia respecto del régimen, como predeciría la tesis del residuo, sino que persiste o se reordena en generaciones que no lo conocieron.
Esa persistencia es la que obliga a un desplazamiento conceptual, y aquí reside el puente con el argumento anterior: si el cerebro hereda priores de máxima precedencia que la evidencia no corrige, cabe pensar que la sociedad hereda estratos afectivos que el tiempo no extingue sino que transmite.
La adhesión autoritaria no sería entonces un residuo que se evapora, sino una capa que se depositó bajo el peso de un proceso y permanece mucho después de clausurado, disponible para ser reactivada por quien sepa nombrarla. La metáfora geológica de los «estratos del tiempo» ofrece la imagen exacta: lo dictatorial no es pasado cerrado sino estrato activo bajo la superficie de la coyuntura [Reinhart Koselleck, Los estratos del tiempo: estudios sobre la historia (Barcelona: Paidós, 2001), con introducción de Elías Palti].
Así, la teoría de la memoria entrega la categoría que faltaba. La relación de las generaciones posteriores con un pasado traumático que no vivieron puede pensarse como una memoria de segundo grado: una memoria que no recuerda porque no tiene qué recordar, y que sin embargo organiza la subjetividad de quienes la portan, reactivando estructuras más distantes que persisten aun después de que los testigos directos hayan desaparecido [Marianne Hirsch, «The Generation of Postmemory», Poetics Today 29, n.º 1 (2008): 103–128].
Lo que se transmite no es el recuerdo de la dictadura sino la estructura afectiva que la sostuvo, desprendida del acontecimiento que la originó. Esa estructura tiene nombres en la gramática política chilena: nostalgia del orden, anticomunismo, recelo de la deliberación, sospecha del conflicto como sinónimo de caos. No es una ideología articulada, sino un conjunto de disposiciones que operan por debajo del umbral del argumento, con la evidencia de lo natural.
Quien creció escuchando que «antes había orden» o que «la autoridad protege» no recuerda la dictadura: la posmemoriza. Y la posmemoria, a diferencia del recuerdo, no carga con el peso del trauma ni con la ambivalencia del testigo; es una herencia limpia de experiencia, y por eso mismo más dócil a la traducción política.
Esto reordena la operación de Kast descrita más arriba. La ultraderecha no venció evocando la dictadura, gesto que habría sido electoralmente ruinoso, sino traduciendo su residuo afectivo al léxico del presente: el anticomunismo heredado se dijo como combate al adversario gobernante; la nostalgia del orden, como seguridad frente al crimen; el recelo del otro, como control de la frontera. El sedimento no se nombró: se actualizó, en el registro que las generaciones sin memoria directa podían recibir sin la incómoda densidad del pasado.
De ahí la peculiaridad del dispositivo chileno, que descansa menos en el «enemigo externo» que en el «enemigo interno»: no amenaza ante todo el inmigrante, sino el connacional desviado, el militante, el que introduce el desorden —el mismo enemigo que la dictadura definió, vestido con la ropa del siglo—.
Kast no es solo el portavoz de un programa: es quien inviste la frontera entre el «nosotros» y el «ellos», fundiendo en una sola figura el anticomunismo de 1973 y el securitarismo de 2025 [Cristóbal Rovira Kaltwasser, Raímundo Salas-Lewin y Lisa Zanotti, «Supporting and Rejecting the Populist Radical Right: Evidence from Contemporary Chile», Nations and Nationalism 30, n.º 3 (2024): 458–475].
Queda el eslabón que explica por qué la herencia, en vez de diluirse, se intensificó, y es el que enlaza esta sección con la cuestión infraestructural. La transmisión clásica de la memoria es vertical, del padre al hijo, en la lógica de la sangre y el linaje. Pero el sedimento que sostiene a Kast ya no circula solo por ese cauce: las plataformas mutaron el modo de la herencia, y lo que antes pasaba de una generación a la siguiente pasa hoy también entre pares, horizontalmente, en la circulación de códigos, imágenes y afectos que no requieren mediación familiar.
El joven que adhiere a Kast no necesita un padre que lo instruya: le basta la comunidad de quienes comparten, en el mismo flujo, la misma gramática del orden. La memoria heredada deviene afiliación de cohorte, y la transmisión horizontal por las plataformas no es un dato técnico sino la infraestructura material de la reacción.
Aquí se cierra la tesis de las dos escalas anticipada más arriba: lo que en la coyuntura se lee como modulación post-hegemónica del afecto descansa, en el tiempo largo, sobre una articulación hegemónica ya sedimentada, de modo que el kastismo es menos una hegemonía recién conquistada que la enunciación abierta, como programa de gobierno, de un sentido común que la transición administró sin disolver.
Por eso, aun si su gobierno se desgasta y la «emergencia» se agota como significante, el sedimento que su victoria volvió decible difícilmente se irá con las fluctuaciones de aprobación: ya se instaló como disposición compartida entre quienes nunca vivieron la dictadura.
La cautela metodológica del inicio vuelve aquí con otra cara. Así como el afecto era condición y no causa del voto, el sedimento es disposición y no destino: nombra una probabilidad alojada en una cohorte, no un veredicto inscrito en la biografía. Pero la advertencia que de ahí se sigue es severa. Ninguna política de la memoria dirigida solo a quienes recordaron alcanzará a quienes heredaron sin recordar, que son hoy la mayoría y serán mañana el eje del padrón.
Disputar ese estrato no se hace evocando el testimonio, sino interviniendo en la posmemoria y en la capa donde circula: el mismo plano de plataforma que este artículo sitúa como suelo de la modulación afectiva. La forma del procesamiento, la sustancia histórica del sedimento y el medio infraestructural de su circulación se anudan también aquí, sin que ninguno baste por sí solo.
Emergencia y gubernamentalidad del pánico
En efecto, lo que distingue al proyecto kastista no es que apele al miedo, eso lo hace toda derecha securitaria, sino que erige la emergencia en principio mismo de gobierno: una tecnología de gubernamentalidad del pánico, un modo de conducir la conducta colectiva mediante la administración incesante de la amenaza.
Para nombrarlo conviene convocar la gubernamentalidad —el arte de gobernar como conducción de las conductas— [Michel Foucault, Seguridad, territorio, población (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2006), 15–44], y el estado de excepción —la suspensión del orden que se hace técnica permanente de gobierno— [Giorgio Agamben, Estado de excepción (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2004), 23–60]. Leídas juntas, dibujan el proyecto como un dispositivo capaz de capturar, orientar y modelar los gestos y los discursos de los vivientes [Giorgio Agamben, ¿Qué es un dispositivo? (Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2011), 17–28].
La securitización, ese acto de habla que eleva un asunto al rango de amenaza existencial— no describe un peligro que la preceda: lo constituye performativamente [Ole Wæver, «Securitization and Desecuritization», en On Security, ed. Ronnie D. Lipschutz (Nueva York: Columbia University Press, 1995), 46–86].
Cuando Kast proclama que «Chile se cae a pedazos» mientras el país exhibe la mejor calificación crediticia de Sudamérica, inflación bajo la meta e inversión al alza, no informa un estado de cosas: ejecuta un enunciado securitizador que pare la emergencia que dice constatar [Sobre la calificación crediticia, la inflación bajo la meta y el aumento de la inversión en Chile a inicios de 2026, véase Banco Central de Chile, Informe de política monetaria, marzo de 2026].
La brecha entre el dato y la amenaza proclamada no es un yerro: es el lugar mismo donde la tecnología del pánico hace su trabajo. Aquí los dos planos del texto —el neural y el político— se anudan: la securitización es eficaz porque encuentra en el cerebro predictivo un sustrato ya dispuesto a recibirla.
Pero decir que «se acopla» al cerebro no insinúa que Kast manipule neuronas: el acoplamiento es una afinidad estructural entre una técnica de gobierno y una disposición del órgano, jamás una palanca que el político accione a discreción.
Al cierre
Los meses de gobierno volvieron constatación lo que era hipótesis. La noche del 11 de marzo de 2026, Kast firmó los primeros seis decretos del mandato, todos en clave de control migratorio y seguridad; el primer instructivo trazó una zona militar en la frontera norte, con drones y sensores [Sobre los decretos firmados la noche del 11 de marzo de 2026 y la declaración de zona militar en la frontera norte, véase prensa nacional, marzo de 2026].
A los 69 días, en su primer cambio de gabinete, reiteró que el país seguía en estado de emergencia. La excepción no se disipó con el triunfo: se inscribió como horizonte permanente, naturalizada.
Ningún afecto se moviliza en el vacío. El ciclo de 2025 introdujo un factor estructural decisivo: el voto obligatorio devolvió a las urnas a cerca de un tercio del electorado, menos amarrado a lealtades de partido y más poroso a los estados de ánimo de la hora (Servel, 2023).
La mediación digital es el punto donde lo neural y lo político se enhebran con mayor exactitud: las plataformas seleccionan, repiten y amplifican los estímulos que disparan la predicción de peligro, porque su arquitectura de recomendación premia estructuralmente lo de alta carga afectiva.
Conviene, además, descender un piso más: hay una capa de protocolos y servidores sobre la que toda deliberación se sostiene, y la soberanía de hoy se ejerce primero ahí [Benjamin H. Bratton, The Stack: On Software and Sovereignty (Cambridge, MA: MIT Press, 2015), 41–66].
No hay éter neutro: hay dueños. Las plataformas donde se jugó la elección operan como feudos digitales, donde quien posee la arquitectura percibe renta por el solo hecho de que la vida política transcurra en su territorio. Disputar el sentido sin disputar la infraestructura es ceder la partida antes del primer movimiento.
El rechazo a Jara y el ascenso de Kast no son dos hechos sino dos pliegues de una misma escena afectiva: lo que en uno se ofrecía como conjuro de la emergencia, en la otra se inscribía como uno de sus rostros.
Tres planos se trenzaron sin que ninguno absorbiera a los otros: a) el neural cedió la forma del procesamiento, b) el histórico-político, la sustancia que esa forma reactiva, el anticomunismo y los intereses que lo reavivan y c) el infraestructural, el cauce donde el afecto se decantó en conducta.
Queda pendiente una pregunta; cómo replicar al gobierno del pánico sin recaer en su gramática. No con un pánico invertido, sino con otra economía del afecto y otra temporalidad: la del juicio que restituye el tiempo lento y desnaturaliza la amenaza proclamada exhibiendo la brecha entre el relato y el servidor. Frente a la conducción de las conductas se abre siempre el margen de la contraconducta.
***
Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y también doctor en comunicación por la Universidad de La Frontera (Chile) y la Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

Alejandro Arros Aravena es académico e investigador jornada completa del departamento de Comunicación Visual de la Universidad del Bío-Bío.
Diseñador gráfico y licenciado en diseño por la Universidad del Bío Bío, magíster en comunicación estratégica por la Universidad Católica de la Santísima Concepción, doctor en investigación del arte por la Universitat Politécnica de Valencia, y doctor educación por la Universidad de Almería España.
Es investigador en economías creativas, gestión en diseño y teoría de la imagen.

Imagen destacada: Jeannette Jara y José Antonio Kast.

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