[Crítica] «Supergirl»: La búsqueda de sí misma

El filme del realizador australiano Craig Gillespie no es el mayor largometraje de superhéroes de los últimos años, pero sí una de las que mejor comprende que los poderes extraordinarios solo resultan interesantes cuando sirven para hablar de conflictos profundamente humanos.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 22.6.2026

Craig Gillespie confirma una constante en su filmografía: detrás del espectáculo siempre se interesa en personajes que buscan construir una identidad. Ya lo había hecho en I, Tonya y Cruella; ahora traslada esa sensibilidad al universo de DC con una Supergirl que privilegia el viaje personal por sobre la grandilocuencia del género.

Sin renunciar al espectáculo, la película entiende que los superhéroes resultan mucho más interesantes cuando sus conflictos son humanos.

Hay ecos de Mad Max, Doctor Who, Star Wars y Dune, como si todas esas influencias hubieran pasado por una juguera para dar forma a una aventura espacial de identidad propia. Sin reinventar la ciencia ficción ni el cine de superhéroes, Supergirl consigue entretener gracias a un ritmo ágil, un universo visual atractivo y, sobre todo, a una protagonista cuya búsqueda de sí misma termina siendo mucho más interesante que cualquiera de sus escenas de acción.

La gran responsable de ello es Milly Alcock. Su Kara Zor-El está muy lejos de la heroína solemne que tradicionalmente asociamos con la familia de Superman. Aquí conocemos a una joven que acaba de cumplir veintitrés años, profundamente incómoda con el lugar que ocupa en el universo y con pocas certezas sobre quién quiere llegar a ser.

Esa incertidumbre se expresa incluso en su apariencia: un look noventero de inspiración grunge, con evidentes reminiscencias a Courtney Love, que convierte a esta Supergirl en una figura más cercana a una estrella de rock desencantada que a un símbolo de perfección moral. Krypto, su inseparable compañero, termina de completar una imagen tan caótica como entrañable.

No se trata únicamente de una decisión estética. La película entiende que la identidad también se construye desde la imagen que proyectamos. Esa apariencia desalineada no busca hacerla «cool», sino que mostrar a una protagonista que todavía está ensayando versiones de sí misma. Kara no sabe exactamente quién es, y el vestuario, su actitud e incluso su manera de enfrentar los conflictos reflejan esa búsqueda permanente.

 

La identidad se construye como un relato

Jason Momoa, por su parte, interpreta a un Lobo carismático, pero sorprendentemente secundario. Su presencia aporta humor y energía, aunque la historia podría sostenerse casi igual sin él. Todo indica que el personaje funciona más como una carta de presentación para futuras entregas del nuevo universo DC que como una pieza importante dentro del relato.

El verdadero corazón de la película está en la relación entre Kara y Ruthie. Más que una alianza circunstancial, ambas terminan convirtiéndose en espejos incómodos. Cada una obliga a la otra a enfrentar aquello que preferiría ignorar: el dolor, la rabia, el deseo de venganza y sus propias contradicciones.

No es una amistad basada únicamente en el afecto, sino en la confrontación. Las dos crecen porque la otra les devuelve una imagen de sí mismas que resulta imposible seguir esquivando.

Es precisamente ahí donde Supergirl encuentra una profundidad inesperada. Bajo el espectáculo y las secuencias de acción aparecen preguntas sobre la identidad, el deber y la venganza. La película reconstruye el pasado de Kara para mostrar que nadie llega a ser quien es al margen de su historia. En ese sentido, recuerda la idea de Paul Ricoeur de que la identidad se construye como un relato: somos también nuestras experiencias, nuestras pérdidas y las decisiones que asumimos.

Pero ese relato solo puede verificarse en relación con los demás. Como plantea Charles Taylor, necesitamos la mirada del otro para reconocernos. Ruthie cumple precisamente ese papel. Más que una compañera de viaje, es el espejo incómodo que obliga a Kara a confrontar aquello que preferiría ignorar. Su verdadera transformación no nace de sus poderes, sino de esa relación y de las decisiones que debe tomar cuando ya no puede seguir huyendo de sí misma.

El desenlace confirma esa apuesta. En un momento en que el cine de superhéroes suele buscar soluciones moralmente cómodas, Supergirl decide no retroceder. Kara mata al villano. No hay una maniobra de último minuto que la absuelva de esa decisión ni un giro que preserve intacta su pureza heroica.

La película obliga a su protagonista a cargar con el peso de sus actos y deja abierta una pregunta mucho más interesante que cualquier escena de acción: ¿hasta qué punto la justicia puede diferenciarse de la venganza cuando el dolor es irreparable?

Supergirl no es la mejor película de superhéroes de los últimos años, pero sí una de las que mejor comprende que los poderes extraordinarios solo resultan interesantes cuando sirven para hablar de conflictos profundamente humanos. En el fondo, la mayor batalla de Kara nunca fue derrotar a un enemigo, sino verificar quién era realmente cuando sus convicciones fueron puestas a prueba.

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: Supergirl (2026).

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