[Crónica] El fenómeno vital de la marginación urbana

En las grandes ciudades estadounidenses como Chicago, la coyuntura de los «homeless» genera un debate permanente entre dos visiones: la de un problema de vivienda y exclusión económica, y también el de una cuestión de salud mental, adicciones y de orden público.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 19.6.2026

Como en nuestra Alameda de las Delicias, nos llama la atención la cantidad de carpas que sobresalen a lo largo del interminable y ubérrimo parque constituido por la ribera del lago Michigan, corona florida de la ciudad de Chicago, donde estos habitáculos precarios no logran mimetizarse del todo.

El clima es ahora suave y benéfico, interrumpido por breves lluvias primaverales y algunas tormentas eléctricas que no parecen inquietar a los imperturbables chicaguenses.

La curiosidad, este prurito aún activo en el cronista, nos lleva a inquirir por esta situación vista en Santiago de Chile y también en Barcelona. Nos dicen que el fenómeno de los homeless (personas sin hogar) en Chicago es mucho más que un problema de pobreza extrema o abandono social.

Se ha convertido en un indicador de tensiones estructurales de las grandes metrópolis contemporáneas: el acceso desigual a la vivienda, o la imposibilidad de acceder a ella, el cada vez más inestable «mercado laboral», la crisis de salud mental, individual y colectiva, las adicciones a drogas y sustancias cada vez más demoledoras y las profundas escisiones del tejido comunitario, nos muestran un panorama inquietante.

Chicago constituye un caso revelador, porque combina una larga tradición industrial, y una fuerte segregación racial en una de las mayores áreas urbanas de los Estados Unidos de América.

Las cifras varían según la metodología empleada. El conteo oficial anual (Point-in-Time Count), realizado en una sola noche de enero, registró alrededor de 19 mil personas sin hogar en 2024. Sin embargo, organizaciones especializadas sostienen que el número real es mucho mayor, porque el conteo no incluye a quienes viven temporalmente en casas de familiares o amigos, automóviles o edificios abandonados.

Según la Chicago Coalition for the Homeless, más de 58 mil habitantes de Chicago experimentaron alguna forma de falta de vivienda durante 2024.

Un dato particularmente significativo es que la población afroamericana continúa estando sobrerrepresentada entre quienes carecen de vivienda estable: constituye poco más de un cuarto de la población de la ciudad, pero supera la mitad de la población sin hogar registrada en algunos informes recientes.

Al igual que en Chile, la falta de vivienda en Chicago no surgió de manera repentina. Sus raíces se encuentran en varios procesos acumulativos que podrían resumirse en: desindustrialización acelerada; desde los años 70, el cierre de fábricas redujo las oportunidades para trabajadores poco calificados, fenómeno que se extendió, agudizándose, en otros grandes núcleos urbano como Detroit.

Junto a esto, y como corolario de la dinámica del sistema, se produce el aumento del costo de la vivienda, con un crecimiento potencial de los alquileres, que crecieron más rápido que los ingresos de la mayoría de los hogares proletarios y de clase media.

A estos factores cabe agregar una segregación urbana histórica: ciertos barrios han sufrido décadas de menor inversión pública y privada. Esto es algo menos evidente que en Chile, donde la segmentación por barrios, sobre todo en Santiago, llega a constituir una diferenciación de carácter ominoso.

Asimismo, en el caso de Chicago, es preciso considerar los problemas de salud mental derivados de vidas sin horizontes ni esperanzas, y las consecuentes adicciones, agravados por el cierre de numerosas instituciones psiquiátricas en Estados Unidos, desde la década de 1970, lo que trajo como consecuencia que muchas personas quedaran dependiendo de redes comunitarias insuficientes, situación crítica exacerbada por la inestabilidad económica: basta una combinación de desempleo, enfermedad o ruptura familiar para empujar a muchos ciudadanos hacia la pérdida de vivienda y de otros beneficios básicos.

 

Una mirada compasiva hacia los derrotados de la gran ciudad

Desde una perspectiva sociológica, los homeless representan una contradicción central de las sociedades urbanas avanzadas. Chicago posee una economía potente, posee universidades prestigiosas, centros financieros y tecnológicos de primer nivel, y al mismo tiempo, miles de personas duermen en refugios, estaciones de transporte o campamentos improvisados.

Autores como Richard Sennett o Zygmunt Bauman han señalado que la exclusión urbana moderna no consiste solamente en la pobreza material, sino también en la pérdida de vínculos sociales estables. El homeless, el «hombre de la calle», aparece así como la expresión extrema de la fragilidad social contemporánea.

En las grandes ciudades estadounidenses, además, el fenómeno genera un debate permanente entre dos visiones: la de un problema de vivienda y exclusión económica; una cuestión de salud mental, adicciones y orden público. Entretanto, las autoridades administrativas de Chicago financian refugios de emergencia, especialmente durante el invierno, cuando las temperaturas pueden resultar letales. También desarrolla programas de alimentación, atención médica y asistencia social.

Con todo, en el ánimo del cronista, o en su conciencia, si se quiere, resurge una pregunta llena de desasosiego: ¿hasta qué punto una comunidad puede considerarse integrada cuando una parte de sus miembros carece del mínimo espacio privado que llamamos hogar?

El cronista carece de respuesta, menos aun cuando sus andares parecen buscar los innumerables caminos de la literatura, sin olvidar la premisa de Albert Camus: «Todo intelectual honesto debe ser testigo insobornable de su tiempo». Entonces, recurre a nuevas indagaciones que ofrece al paciente lector, y reabre, quizá la no resuelta cuestión del «compromiso» del escritor. Veamos:

Chicago posee una larga tradición de escritores que han abordado el fenómeno vital de la marginación urbana, y entre ellos, la existencia de los homeless, o de sus predecesores históricos: vagabundos, mendigos, trabajadores itinerantes, «hobos», y toda clase de excluidos sociales.

El pionero –según datos extraídos de la web de University of Chicago Press—, fue Nels Anderson. Sociólogo, más que novelista, su libro The Hobo (1923), luego reunido en On Hobos and Homelessness, constituye uno de los primeros retratos profundos de los hombres sin hogar que vivían en los alrededores de Madison Street, en Chicago.

Anderson conocía ese mundo desde dentro y lo describió con una mezcla de observación científica y sensibilidad humana. (Recordemos a otro importante escritor-sociólogo de origen estadounidense, Oscar Lewis, en Los hijos de Sánchez; 1965).

Más tarde, Nelson Algren convirtió a los marginados en protagonistas de su literatura. En novelas como The Man with the Golden Arm (recuerden, sesenteros de Chile, el filme homónimo protagonizado por Frank Sinatra) o A Walk on the Wild Side, donde aparecen jugadores, alcohólicos, drogadictos, prostitutas, vagabundos y seres expulsados de la prosperidad estadounidense.

Algren no escribe específicamente sobre los homeless contemporáneos, pero sí sobre quienes habitan el mismo territorio social de la exclusión. Consideremos cómo los nombres o denominaciones van transformándose en virtuales eufemismos para disfrazar o aminorar la crueldad de las injusticias sociales.

Quizá la mejor manera de describirlo sea diciendo que Algren fue el cronista de quienes no suelen figurar en los oficialismos literarios de academias y otras camarillas. Allí donde otros escritores veían decadencia y sordidez, él veía historias humanas dignas de ser contadas, entendiendo el fracaso como uno de los mayores veneros del arte contemporáneo.

Aventuro que existe una curiosa afinidad entre Algren y algunos escritores latinoamericanos, como Roberto Arlt o Manuel Rojas, grandes cronistas comprometidos con los dramas de su tiempo. Los tres compartieron una mirada compasiva y nada sentimental hacia los derrotados de la gran ciudad.

Esta comparación pudiera ayudarnos a comprender la profundidad humana de la obra de Algren. (El cronista sigue convencido de que la cultura y las artes se aprecian mejor en la multiplicidad sorprendente de sus relaciones).

Si pensamos en la tradición literaria de Chicago, el homeless ocupa un lugar semejante al que tuvieron el inmigrante, el obrero o el desempleado en otras épocas. La ciudad produjo una literatura de fuerte realismo social, interesada por quienes quedan fuera del «sueño americano».

Por eso, cuando uno lee a Algren, encuentra no necesariamente al homeless moderno durmiendo bajo un puente, sino algo más profundo: la experiencia de la exclusión, la pobreza urbana y la fragilidad humana en una gran metrópolis.

El escriba-cronista quisiera comprender el trasfondo humano que hoy vemos en los campamentos de personas sin hogar de las grandes ciudades, confiando, tal vez con una buena dosis de ingenuidad, que la literatura se acerca más a la verdad que las llamadas «ciencias sociales».

 

 

 

 

 

 

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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.

Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Personas sin hogar en la ciudad de Chicago.

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