[Crónica] Símbolos de una condición moderna y humana

Recién terminé de leer «Bartleby y Cía.», un chispeante glosario de Enrique Vila Matas sobre el escribiente de Herman Melville y sus diversas representaciones o puestas en escena. Ahora estoy leyendo a Saul Bellow, su novela «Herzog», y voy a ensayar mis propias visiones de ambos sujetos de ficción, quizá porque en alguna medida me veo reflejado en circunstancias vitales suyas.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 18.6.2026

Uno de los anhelos de quienes practicamos este oficio es encontrar la propia voz en la escritura, es decir el estilo. El sello particular e indistinto, esa suerte de «marca» que permite a un buen lector conocer la identidad del autor leyendo un simple párrafo.

Pocos logran alcanzar este peldaño, tan evidente en autores como Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Nicanor Parra, Diamela Eltit, entre otras y otros. A menudo, la falta de estilo se sustituye con el triste sucedáneo del influjo de terceros; verbigracia: nerudianos, parreanos, teilleráneos, etcétera.

Para los narradores, sobre todo los novelistas, se presenta, además, el desafío de crear personajes perdurables que les sean afines desde el punto de vista estético y aun sociológico. Ahora, si estos seres de ficción logran encarnarse en un prototipo universal, cuya virtud será surgir o resurgir en nuevas historias o ficciones, de la mano de otros autores, el creador puede presumir de haber alcanzado una cierta genialidad a prueba de modas pasajeras.

Dejaremos fuera de esta incursión literaria a los grandes paradigmas clásicos: desde Homero, el ciego Tiresias, Antígona, Penélope, Medea… hasta Hamlet, Don Quijote, Sancho y la Celestina, para detenernos en dos personajes contemporáneos cuya vigencia parece asegurada en la modernidad, posmodernidad y decadentismo tercermilenio. Me refiero a Bartleby y a Herzog.

Recién terminé de leer Bartleby y Cía., un chispeante glosario de Vila Matas sobre el escribiente de Melville y sus diversas representaciones o puestas en escena. Ahora estoy leyendo a Saul Bellow, su novela Herzog, y voy a ensayar mis propias visiones de ambos sujetos de ficción, quizá porque en alguna medida me veo reflejado en circunstancias vitales suyas.

Con todo, Bartleby y Herzog pueden leerse como dos momentos distintos de una misma crisis de la subjetividad moderna y sus torturantes espejismos y feroces servidumbres, aunque separados por más de un siglo.

 

El rostro de Bartleby y Herzog

Bartleby, protagonista del relato homónimo (cuento largo o novela breve), el escribiente encarna la negación radical de la acción como encomienda impuesta por el sistema. Su célebre frase, vuelta muletilla «Preferiría no hacerlo» no es una rebeldía abierta ni una protesta política; es una renuncia protegida por el lenguaje.

Frente a un mundo regido por la utilidad, el trabajo y la productividad incesante, Bartleby responde con pasividad absoluta. Su resistencia consiste en no participar.

Por su parte, Moses Herzog, protagonista de Herzog, representa una fase posterior de la misma enfermedad espiritual.

Herzog no renuncia a la palabra; al contrario, está poseído por ella. Escribe interminables cartas a filósofos, políticos, amigos, enemigos y muertos, pero nunca las envía. Si Bartleby es el hombre que deja de actuar, Herzog es el hombre que no puede dejar de pensar. Ambos son impotentes, aunque por vías opuestas: la acción abortada en las palabras y el lenguaje como recurso abundante y agotado en sí mismo.

Desde la perspectiva del escepticismo contemporáneo, ambos personajes revelan una pérdida de fe en los grandes relatos que servían de andamio a la modernidad y a su vástago posmoderno.

Bartleby ya no cree en el trabajo ni en la integración social. Herzog ha perdido la confianza en la inteligencia como instrumento para comprender y ordenar el mundo. Posee una inmensa cultura, conoce a Martin Heidegger, a Friedrich Nietzsche, a Baruch Spinoza y otros pensadores, pero ese saber no le proporciona orientación existencial alguna. La erudición se transforma en ruido retórico.

En ambos hay también una dimensión metanarrativa. Bartleby pone en cuestión la utilidad misma del lenguaje. Herzog cuestiona su eficacia. El primero responde al mundo con el silencio; el segundo con una proliferación verbal que termina siendo igualmente estéril. En ambos casos aparece la sospecha de que las palabras ya no alcanzan para modificar la realidad.

Por eso pueden interpretarse como figuras del agotamiento de la literatura moderna. Bartleby es la tentación del silencio: la literatura que duda de su razón de ser y se aproxima a la desaparición. Herzog es la tentación opuesta: la literatura que se multiplica hasta el exceso, consciente de que cada nueva interpretación añade poco o nada a las anteriores. Uno calla porque ya no encuentra sentido; el otro habla porque no puede encontrarlo.

Este viejo cronista, que ya no aspira a nada más que continuar sus lecturas y coloquios hasta donde sea posible la extensión de su energía, se detiene y mira, como si fueran espejos cóncavos, el rostro de Bartleby y Herzog.

Tal vez por eso no le parece casual que muchos escritores de la segunda mitad del siglo XX hayan visto en Bartleby un antepasado espiritual de sus personajes. El hombre que «preferiría no hacerlo» reaparece, transformado en intelectuales desencantados, profesores exhaustos, escritores bloqueados y sujetos incapaces de actuar.

Herzog pertenece a esa genealogía. Podría decirse que es un Bartleby hipertrofiado por la cultura: donde el escribiente apenas pronuncia una frase, el intelectual engendra miles de páginas inútiles.

Sin embargo, existe una diferencia decisiva. Bartleby termina absorbido por la nada. Herzog, pese a su crisis, conserva una posibilidad de reconciliación con la vida concreta. Al final de la novela de Bellow hay una tenue recuperación de la experiencia inmediata: los objetos, los afectos, el cuerpo, el presente. Herzog descubre que no necesita escribir otra carta.

 

Acción, ideas y palabras

En ese punto, los caminos se separan. Bartleby representa el nihilismo consumado. Herzog representa el agotamiento del intelectual moderno, pero también la posibilidad de salir de él, a través de la reescritura, como proceso de resurrección del lenguaje.

Podríamos resumirlo así: Bartleby dice «no» al mundo; Herzog dice «demasiadas palabras sobre el mundo». Ambos expresan la crisis de confianza en la acción, en el conocimiento y en la literatura, pero mientras Bartleby encarna el silencio final, Herzog todavía busca una forma de volver a vivir después de que las palabras hayan perdido su autoridad.

Esa diferencia convierte a Herzog en una figura particularmente contemporánea: no el hombre que ha dejado de creer, sino el hombre que sigue pensando cuando ya no sabe qué creer.

Bartleby surge en la América capitalista del siglo XIX, cuando el individuo comienza a convertirse en una pieza del engranaje burocrático. Su creador ha llegado al límite del desencantamiento de su propia vida; las respuestas del mundo a su escritura ha sido la ofensiva y cruel indiferencia. Herzog emerge en la segunda mitad del siglo XX, cuando los sistemas filosóficos, políticos y morales parecen haber fracasado tras las guerras mundiales.

En cierto sentido, cada uno de ellos anuncia una pregunta que sigue vigente: ¿qué puede hacer el individuo cuando ya no confía plenamente ni en la acción, ni en las ideas, ni en las palabras? Por eso estos personajes conservan su fuerza. No son meras criaturas de ficción, sino símbolos de una condición moderna que aún no ha desaparecido.

Y en el caso de Herzog, quizá resida ahí una de las grandes intuiciones de Saul Bellow: la salvación, si existe, no proviene de una teoría más brillante ni de una carta mejor escrita, sino de la recuperación de una relación directa con la realidad, con los otros y con uno mismo. Es una respuesta modesta, casi antintelectual, pero profundamente humana.

Son pocos los novelistas del siglo XX que lograron retratar con tanta agudeza la fatiga de la inteligencia como Bellow. Herzog sigue siendo uno de los grandes retratos del intelectual moderno cuando descubre que comprenderlo todo no necesariamente ayuda a vivir.

 

 

 

 

 

***

Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas autobiográficas Memorias transeúntes.

Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

 

«Herzog», de Saul Bellow (Galaxia Gutenberg, 2012)

 

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Saul Bellow.

Comparte: