La monografía «El queso y los gusanos» —en la cual se narra la biografía de un molinero europeo del siglo XVI llamado Menocchio, que fue procesado y quemado vivo por la Inquisición— representó un verdadero éxito de ventas en todo el mundo, lo cual colocó al autor italiano y a sus colaboradores entre los renovadores más importantes de la historiografía del siglo XX.
Por Luis Eduardo Cortés Riera
Publicado el 17.6.2026
La microhistoria italiana tuvo sus rutilantes inicios con la publicación en 1976 de una extraordinaria obra por el historiador judeo italiano Carlo Ginzburg (Turín, 1939 – Bolonia, 2026) llamada de manera curiosa y atractiva El queso y los gusanos, en la que narra la historia de un molinero del siglo XVI llamado Menocchio, que fue procesado y quemado vivo por la Inquisición.
Este autor y su equipo de investigadores debieron vencer enormes obstáculos para escribir la historia de un hombre común y corriente que la historiografía tradicional habría olvidado, pues lo normal es poner de relieve las grandes personalidades de la historia.
Rescata para el presente un juicio que se le levantó a ese humilde hombre, que sin embargo sabía leer y escribir, por sostener ideas contrarias a las que había impuesto la Iglesia Católica, tales como que Dios no creó el mundo, sino que se originó de un caos inicial del cual surgió una masa, como un queso, de la cual nacieron como gusanos los ángeles y el mismo Dios.
Así, el mundo surgió de una putrefacción, idea que el molinero intenta comunicar a sus vecinos. Una apuesta de Ginzburg por lo singular antes que por las grandes narrativas abstractas.
Ginzburg llama a tales ideas «cultura de las clases subalternas», lo cual supone un cambio radical en la escala de la investigación histórica. Hasta ese momento se veía al pasado con un instrumento: el telescopio, cuando de lo que se trata es de mirarlo con lupa.
De eso se trata el cambio de escala que subrayan los microhistoriadores italianos, microhistoria que no debe confundirse con la microhistoria mexicana de Luis González González o la historia local que hace furor en los días de hoy en la Venezuela Bolivariana.
El aporte revolucionario de los micros italianos reside en abandonar totalmente las explicaciones que oponen lo general a lo particular, la visión de lo social en contra de lo individual, ideas que tomaron del historiador británico J. P. Thompson y del sociólogo Norbert Elías, sin duda.
Los autores italianos van a proponer algo radicalmente nuevo: la construcción de lo general desde lo particular, resituando entonces al individuo en su contexto, y dentro de la sociedad. Con lo cual es posible, dice el mexicano Carlos Aguirre Rojas, ver lo macro en lo micro, desde y dentro de lo micro mismo.
Con ello se supera el pensamiento simple binario, de opuestos rígidamente contrapuestos y solo excluyentes, que da paso a una biografía contextual, que descompone el tiempo en múltiples temporalidades, recreando los movimientos que va y vienen desde el individuo y la obra hasta el mundo y la época y viceversa, a la manera que lo plantearon antes que los italianos Lucien Febvre y Fernand Braudel, eminentes investigadores de la Escuela de los Anales.
«No sabemos nada de la verdadera historia de los hombres»
De tal modo se estudia la cultura de élites a través de y por intermedio de Doménico Scandella (1532 – 1599), el verdadero nombre del molinero Menocchio, quien posee una cosmovisión del mundo que hasta ahora se creía imposible en la Europa del Renacimiento.
Así, El queso y los gusanos fue un verdadero éxito de ventas en todo el mundo, colocando a Ginzburg y sus colaboradores entre los renovadores más importantes de la historiografía del siglo XX. También la irreductibilidad del pensamiento de Menocchio —dice Ginzburg— a esquemas conocidos de parte de los razonamientos del molinero friulano nos hace ver un caudal no explorado de creencias populares y de oscuras mitologías campesinas.
El pueblo aparece aquí, dice Georg Iggers, como un todo provisto de una cultura común que lo impregna todo que se condensa en la visión del mundo de un hombre excepcional, una cultura campesina plebeya que lo separa de las clases sociales que poseen el poder social y cultural.
Con todo, es importante aquí la idea de que los hombres hacen su propia historia, que los hombres no son objetos pasivos de unas fuerzas materiales, sino que son ellos los que participan en la configuración de sí mismos, las «potencias éticas» de la cultura campesina.
Es difícil, agrega Iggers, reconstruir los procesos mentales de hombres que no pertenecen a capas sociales altas y que por ello no han dejado testimonio alguno de sí mismos. Los trabajos que lo intentan se apoyan en sumarios judiciales, es decir, se ocupan de personas extraordinarias.
Son ejemplo de ello el pueblo herético de Le Roy Ladurie, Montaillou, el regreso de Matín Guerre, de Natalie Zemon Davies, el molinero filosofo Menocchio, de Carlo Ginzburg, y los aldeanos suabos de David Sabean, que se niegan a ir a comulgar.
El intento de Ginzburg de asociar las manifestaciones casi ateas de Menocchio a una antiquísima cultura campesina mediterránea, y de relacionar la cultura del molinero con los esfuerzos de las nuevas elites de poder económico y político por suprimir esa cultura, es un ejemplo de la fusión de la investigación microhistórica con las especulaciones macrohistóricas del legado marxista aplicadas a la «gente corriente».
Proponer una indagación lineal de un molinero puede parecer paradójico y absurdo: casi el retorno a un telar manual en la época del telar automático, nos dice el propio Ginzburg.
De tal modo las llamadas clases subalternas salen de su silencio, el que las había condenado la demografía y la sociología tradicionales, nos dicen Giovanni Levi, Carlos Poni, y Edoardo Grendi, otros microhistoriadores italianos que, como su propio líder, hunden sus raíces en el marxismo en la visión de Antonio Gramsci y su magistral concepto de hegemonía ideológica, y en la Escuela de Annales que fundaran en 1929 Marc Bloch y Lucien Febvre y seguida por Fernand Braudel y Jacques Le Goff.
«Céline lo dijo: ‘No sabemos nada de la verdadera historia de los hombres’. Hay infinitas vidas que no dejan huella. Y hay huellas que no han sido estudiadas. Es como si los testimonios que han decidido la historia fueran tan solo la punta de un iceberg», dijo el mismo Carlo Ginzburg sobre su método. De alguna forma, su microhistoria marcó un antes y un después en la historia cultural.
En Venezuela no ha nacido aun una escuela de historiadores semejante a la microhistoria italiana, pero hay motivos para creer con firmeza que se pueden dar ya, y se han dado los pasos iniciales en tal sentido. Uno de ellos lo lidera el doctor Reinaldo Rojas y su escuela historiográfica en Barquisimeto del Estado Lara, desde hace cuatro décadas.
Otro de ellos habrá de producirse en el primer doctorado en cultura latinoamericana y del caribe auspiciado por la UPEL-IPB, y que dirige la doctora Josefina Calles, a cuyas clases iniciales he asistido con gran emoción y entusiasmo en compañía de los doctores Francisco Camacho, Carlos Giménez Lizarzado, Neffer Álvarez, Yolanda Aris, Jorge Pérez Valera y el propio Reinaldo Rojas, escenario académico en donde pueden darse unos magníficos ensayos de microhistoria italiana a la venezolana.
Sería un inmenso reconocimiento a la obra de Carlo Ginzburg, quien acaba de fallecer el 17 de junio de 2026.
***
Luis Eduardo Cortés Riera es un ensayista venezolano (Carora, 1952), doctor en historia y docente del doctorado en cultura latinoamericana y caribeña de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (sede Barquisimeto) de su país.
Ha sido ganador de la Bienal Nacional de Literatura con el ensayo Psiquiatría y literatura modernista (2014) y es el autor de obras tales como Ocho pecados capitales del historiador, Del colegio La Esperanza al colegio Federal Carora (1890-1937), de Sor Juana y Goethe, del barroco al romanticismo, y de Iglesia Católica en Carora desde el siglo XVI a 1900.
También miembro de número de la Fundación Buría.


Imagen destacada: Carlo Ginzburg en 2018.

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