El filme del realizador alemán Christian Petzold no es únicamente una historia de amor trágico. Es también una película sobre la relación entre tradición, símbolos y urbanismo, entre deseo íntimo y memoria colectiva. El director construye un largometraje en apariencia hermético e impasible, pero atravesado por una corriente subterránea de desborde, pérdida y memoria.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 26.7.2026
Explicar la trama de Undine resulta complejo, porque la película se presenta como una experiencia sensorial para el espectador y no como un relato narrativamente lineal.
Por eso, varias lecturas críticas han señalado que su verdadero protagonista no es únicamente Undine, ni tampoco la historia de amor que atraviesa el filme, sino la propia ciudad: Berlín, con sus capas históricas, arquitectónicas y espectrales.
Estrenada en 2020 en el Festival de Berlín, Undine fue dirigida por Christian Petzold (1960), cineasta alemán conocido por películas como Barbara (2012), Phoenix (2014) y En tránsito (2018), obras que suelen leerse como parte de una exploración sobre el amor en tiempos de sistemas opresivos.
Petzold retoma en Undine una figura folclórica y mitológica: la ondina, criatura acuática que, según ciertas tradiciones, solo puede adquirir alma al unirse con un ser humano mortal.
A lo largo del tiempo, esta figura ha sido reformulada como ninfa de agua, sirena o espíritu femenino ligado a lo acuático. La película propone una versión contemporánea de este mito, transformándolo en una historia de amor, maldición y memoria urbana, con un trasfondo político asociado al Berlín actual.
La historia sigue a Undine Wibeau, una historiadora que dicta conferencias sobre arquitectura y desarrollo urbano en Berlín. La primera escena resulta decisiva: Undine está sentada en un café con Johannes, un hombre que acaba de terminar su relación con ella.
Con una calma inquietante, ella le dice que tendrá que matarlo. La sobriedad de sus palabras deja al espectador suspendido entre dos posibilidades: ¿se trata de una amenaza literal o de una expresión simbólica del dolor amoroso?
Desde ese momento, la película instala una atmósfera ominosa. Su protagonista, lejos de aparecer como una simple musa o como una ninfa pasiva, se presenta como una figura de acción, una mujer atravesada por el deseo, la pérdida y una violencia latente que parece activarse frente a la traición.
El deseo sumergido
La película funciona también como una experiencia sonora, dado que la música cumple un rol central en la construcción de su tono melancólico y espectral. En algunas escenas, escuchamos el piano de Bach como una presencia extradiegética, envolviendo las imágenes con una nostalgia contenida. En otras, el sonido parece emerger desde la percepción misma de Undine, como si el espectador quedara momentáneamente atrapado en su mundo interior.
Una escena ejemplar ocurre cuando conoce a Christoph, un buzo industrial que ha asistido a una de sus conferencias y se interesa por ella. En ese encuentro, Undine parece experimentar una suerte de revelación: un ruido de agua la invade y la sobrepasa. Poco después, una pecera gigante se rompe, los fragmentos de vidrio los hieren y ambos quedan empapados. De esta manera, el agua irrumpe como presagio, accidente y un destino que los atraviesa tempestivamente marcando el inicio de su relación.
La actuación de Paula Beer sostiene buena parte de esa ambigüedad, puesto que su Undine es frágil y amenazante a la vez, melancólica, pero siempre enigmática para el espectador. Su rostro parece contener una emoción que nunca termina de revelarse por completo, lo que refuerza el carácter espectral e inescrutable del personaje.
En contraste, Franz Rogowski interpreta a Christoph como un hombre apasionado, cálido, casi infantil en su transparencia, cuya intensidad afectiva introduce una humanidad luminosa frente al hermetismo de Undine.
Por otro lado, el agua se presenta como uno de los grandes símbolos de la película, dado que acompaña el amor pasional de la protagonista y reproduce su propio ritmo: fluye, flota, arrastra, se vuelve inalcanzable y finalmente se disipa. Sin embargo, este elemento también contiene una amenaza: flotar puede ser una forma de suspensión encantada, pero mantenerse a flote puede significar sobrevivir.
La película trabaja precisamente esa ambivalencia entre el deseo de abandonarse a la corriente y el peligro de hundirse en ella. La narración avanza mediante elipsis, silencios y fragmentos que no buscan explicar del todo lo ocurrido. Petzold opta por una cadencia introspectiva, contenida, casi hipnótica.
El filme no sobre explica su elemento fantástico; lo introduce con naturalidad, como si el mito pudiera convivir con la vida cotidiana sin necesidad de justificarse. Esa ambigüedad sostiene el carácter enigmático del largometraje, debido a que nunca sabemos del todo si estamos ante una historia sobrenatural, una alegoría o una forma poética de narrar el duelo.
La capital alemana bajo la superficie
La ciudad también adquiere un significado fundamental en el relato. En sus conferencias, Undine reconstruye los orígenes de Berlín, su desarrollo urbano y el papel comercial de sus aguas, que permitieron el tránsito de mercaderes y la expansión de la ciudad.
Así, la topografía de bosques, lagos, ríos y mapas funciona como una superficie cargada de memoria, en la cual Berlín aparece como un espacio construido sobre ruinas, transformaciones y capas históricas superpuestas. En ese sentido, el mito de la ondina se reactualiza en una ciudad moderna que todavía conserva, bajo su arquitectura racional y sus discursos de planificación, una dimensión subterránea, acuática y espectral.
De esta manera, la película puede interpretarse como un intento de reencantar una ciudad aparentemente desencantada por la arquitectura moderna, la planificación urbana y las formas impersonales de habitar. Bajo la superficie ordenada de Berlín, Petzold visibiliza residuos míticos e históricos que se resisten a desaparecer.
Por lo anterior, Undine no es únicamente una historia de amor trágico. Es también una película sobre la relación entre tradición, mito e historia urbana; entre deseo íntimo y memoria colectiva. Petzold construye una película en apariencia hermética e impasible, pero atravesada por una corriente subterránea de deseo, desborde, pérdida y memoria.
Esa tensión entre contención y exceso es una de las mayores fortalezas del filme: bajo la superficie sobria e inexpugnable de sus imágenes, la película deja correr una intensidad emotiva que nunca termina de aquietarse.
La belleza de Undine está precisamente en esa resistencia a explicarse por completo y en mantener su carácter enigmático en símbolos y fracturas narrativas. Bajo sus aguas oscuras se esconde un pasado que no desaparece, un pasado que permanece anclado y que, de vez en cuando, vuelve a la superficie. En virtud de lo anterior, la película de Petzold exhibe esa zona ambigua donde el amor, la ciudad y el mito se confunden hasta volverse inseparables.
***
Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Undine (2020).

![[Ensayo] "Nosferatu": Pensar el mal con intensidad Nosferatu — imagen editorial de cineyliteratura.cl](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2026/06/ciney-103103-150x150.jpg)
![[Ensayo] "La cronología del agua": Una ópera prima del desborde la cronologia del agua 1](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2026/07/la-cronologia-del-agua-1-150x150.jpg)


![[Ensayo] "Cumbres borrascosas": El desborde del cuerpo femenino Cumbres borrascosas — imagen editorial de cineyliteratura.cl](https://www.cineyliteratura.cl/wp-content/uploads/2026/06/ciney-103198-150x150.jpg)