[Crítica] «La odisea»: Una reflexión sobre la memoria y la culpa de la guerra

Christopher Nolan simplifica el universo homérico para convertirlo en una encrucijada audiovisual bastante coherente acerca de la identidad existencial de su protagonista. Aunque en esa apuesta cinematográfica, el realizador británico termina por sacrificar gran parte de la ambigüedad del poema, y también de su simbolismo literario y filosófico.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 16.7.2026

Jorge Luis Borges observó que cada vez que volvemos a un libro, el libro cambia con nosotros. Esa es, quizás, la mejor definición de un clásico. La odisea de Christopher Nolan (1970) nace precisamente de esa posibilidad: releer a Homero desde las inquietudes del siglo XXI.

Toda la película de Christopher Nolan puede leerse a partir de un único objeto: el caballo de Troya. Ya no representa simplemente la astucia de Odiseo ni el triunfo militar de los griegos. Se convierte en un regalo envenenado, en el instante preciso en que la confianza deja de ser un pacto para transformarse en un arma. Desde esa imagen, La odisea relee el poema de Homero no como la historia de un regreso, sino como una reflexión sobre la memoria moral de la guerra.

Así, desde sus primeras escenas, Nolan desplaza el centro del relato. Su Odiseo ya no está definido únicamente por la mētis —la inteligencia práctica y estratégica que lo convirtió en el más célebre de los héroes griegos—, sino por una memoria fracturada.

Tras consumir la flor de loto, ha olvidado quién es. Mientras en Homero el loto hace que algunos compañeros olviden el deseo del regreso, la película convierte el olvido en una amenaza contra la propia identidad. Antes de volver a Ítaca, el héroe debe recordar quién era antes de la guerra y quién se convirtió después de ella.

Ese desplazamiento identitario encuentra un eje en uno de los conceptos fundamentales de la cultura griega: la xenia. Más que hospitalidad, la xenia era un pacto sagrado entre huésped y anfitrión protegido por Zeus Xenios. Romper ese vínculo no constituía una simple descortesía; significaba quebrar el orden moral que hacía posible la convivencia entre los hombres.

Nolan convierte ese principio en la gramática ética de toda la película. La guerra comienza cuando París traiciona la hospitalidad de Menelao al raptar a Helena; Polifemo encarna su negación absoluta al devorar a quienes debía recibir como huéspedes; y los pretendientes, encabezados por Antínoo, profanan la casa de Odiseo durante su ausencia. Antes de exigir responsabilidades al héroe, el filme muestra un mundo donde la confianza ya ha sido destruida.

La decisión más audaz del director consiste en volver ese mismo principio contra su protagonista.

 

Se pierde amplitud filosófica, aunque se gana intensidad dramática

En la tradición épica, el caballo de Troya representa el triunfo de la mētis. Nolan conserva esa dimensión, pero altera profundamente su significado. El caballo no es solamente una máquina de guerra: es un regalo. Y precisamente por eso resulta inquietante.

Si la xenia se funda en el intercambio de obsequios como expresión de confianza entre comunidades, el caballo constituye su corrupción definitiva: un presente destinado a destruir a quien lo acepta. La victoria solo es posible cuando la confianza ha sido convertida en un arma.

Aquí aparece también la principal apuesta —y el principal límite— de la película. Al convertir el caballo en el núcleo moral de la historia, Nolan reorganiza buena parte del universo homérico alrededor de la xenia. La decisión otorga una extraordinaria unidad al relato, pero reduce inevitablemente la complejidad del poema.

La gloria (kleos), el destino, la presencia de los dioses o la propia ambigüedad de la mētis dejan de dialogar entre sí para quedar subordinados a una única pregunta ética. La simplificación es evidente. Lo interesante es que precisamente gracias a ella Nolan consigue construir una reflexión sobre la culpa y la memoria de la guerra de una coherencia poco frecuente en el cine épico contemporáneo.

Con todo, la misma operación puede observarse en el descenso al Hades. En el libro, Odiseo consulta a Tiresias para conocer el camino de regreso y conversa con figuras tan diversas como Agamenón, Aquiles o Anticlea. Nolan condensa ese mosaico de voces y transforma el episodio en un juicio de la memoria.

Los muertos ya no aparecen únicamente para orientar al héroe: regresan para enfrentarlo con las consecuencias de sus decisiones. En ese contexto cobra especial relevancia Sinón, personaje procedente de la Eneida de Virgilio, quien acusa a Odiseo de haber utilizado su confianza para consumar el engaño del caballo y revela la traición de Antínoo.

En efecto, la operación funciona dramáticamente, pero empobrece uno de los episodios más ricos del poema. El Hades homérico es un espacio donde conviven la profecía, la gloria, la muerte y el destino; el de Nolan concentra buena parte de esa complejidad en la culpa de Odiseo.

Se pierde amplitud filosófica, aunque se gana intensidad dramática.

 

El espectáculo nunca desplaza a la pregunta moral que sostiene al relato

Nolan acompaña esa decisión con una puesta en escena de notable sobriedad. El Hades aparece como un espacio oscuro, silencioso y casi mineral, donde los muertos parecen recuerdos antes que espectros. El océano, por su parte, deja de ser un simple escenario para convertirse en una presencia.

Filmado con una escala que empequeñece constantemente a los personajes, el mar recuerda que incluso el héroe más célebre sigue siendo un hombre sometido a fuerzas que no controla. Esa contención visual distingue a La odisea de buena parte del cine épico reciente: el espectáculo nunca desplaza a la pregunta moral que sostiene al relato.

En efecto, y frente a ese Odiseo obligado a responder por sus actos aparece Antínoo, convertido aquí en su reverso absoluto. No solo usurpa el palacio durante la ausencia del rey, como ocurre en Homero, sino que además evita participar en la guerra enviando a Sinón en su lugar a cambio de una riqueza que jamás entregará.

Si Odiseo termina cargando con el peso de sus decisiones, Antínoo representa exactamente lo contrario: el privilegio sin sacrificio, el beneficio obtenido a costa del deber ajeno.

El desenlace confirma esa lectura. Después de recuperar Ítaca, Odiseo entrega el reino a Telémaco y vuelve a partir; esta vez a occidente. El viaje ya no busca conquistar un nuevo territorio ni restaurar un orden perdido. Busca preservar la memoria de quienes no regresaron. Es un cierre profundamente melancólico que transforma el sentido del héroe: ya no es el hombre que vuelve victorioso, sino el superviviente que comprende que ninguna victoria cancela la deuda contraída con los muertos.

Quizás allí reside tanto la fuerza como el límite de La odisea. Nolan simplifica el universo homérico para convertirlo en una reflexión extraordinariamente coherente sobre la memoria del vencedor.

En ese camino audiovisual sacrifica parte de la ambigüedad del poema, pero obtiene algo que muy pocas adaptaciones consiguen: obligarnos a mirar el caballo de Troya no como el símbolo de una victoria, sino como el instante exacto en que la guerra comienza a perseguir para siempre a quien creyó haberla ganado.

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del mass media Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: La odisea (2026).

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