El filme del realizador mexicano Fernando Eimbcke comprende que la compañía puede abrir una grieta en la soledad, aunque no siempre consiga borrarla. Quizás por eso la figura de los insectos representan una imagen tan precisa: el residuo de una vida que no puede limpiarse del todo, aquello que se mantiene incluso cuando algo, por un momento, pareció cambiar.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 9.7.2026
La película Moscas, del director Fernando Eimbcke (Ciudad de México, 1970) fue estrenada en la competencia principal del Festival de Berlín de 2026, donde ganó el Premio del Jurado Ecuménico, reconocimiento destinado a honrar obras de calidad artística que revelan las profundidades del ser humano, sus dolores, sus caídas y también sus esperanzas.
El filme dialoga claramente con esa sensibilidad, puesto que se sitúa en el linaje del cine neorrealista, no solamente por su estética en blanco y negro, que evoca pasado, memoria y melancolía, sino también por su enfoque en personajes comunes, ancianos, niños y sujetos marginales.
A esto se suma la estructura de la historia, dado que la narración es más bien episódica y retrata lo cotidiano en la vida de tres personajes, además de presentar una crítica social sin recurrir a un discurso explícito.
La película sigue a Olga, interpretada por Teresa Sánchez, una mujer mayor que vive sola, en un departamento impecable, con dolores y achaques propios de su edad. La primera escena que presenta a este personaje resulta muy eficaz, dado que la vemos en su rutina dentro del departamento, jugando sudoku, solitaria, acompañada por un incesante zumbido de moscas que la molesta.
Sentada en el sillón, su departamento no la aísla completamente del exterior, puesto que escucha a unos vecinos teniendo sexo. Lejos de enojarse, la expresión de la actriz deja ver una mezcla de emociones: anhelo, soledad, melancolía, curiosidad y resignación. Luego se recuesta en el sofá e intenta dormir en medio de esos ruidos. Esta escena sutil y silenciosa nos presenta la interioridad del personaje a través de una rutina completamente cotidiana.
De esta manera, las moscas se establecen como un símbolo que permea la película. Su presencia no refiere únicamente a una molestia sonora, sino también a una imagen que insiste. Estos insectos, frecuentemente asociados a lo residual y marginal, condensan en el largometraje aquello que éste observa sin embellecer ni despreciar: la vejez, la pobreza, la enfermedad y la soledad como formas de una vida que, aun herida, continúa.
La interrupción de la soledad
En la vida de esta mujer solitaria y un tanto amargada entran Tulio, interpretado por Hugo Ramírez, y su hijo Cristian, interpretado por Bastián Escobar, a quienes Olga les arrienda una pieza, dado que la esposa de Tulio se encuentra hospitalizada en un centro cercano.
Inicialmente, Tulio oculta al niño, y esto funciona como catalizador para que Olga decida echarlos del departamento, imponiéndoles un ultimátum: deben marcharse en menos de una semana. La película presenta la precariedad económica y afectiva que atraviesan estos personajes, y le otorga dignidad a Tulio, quien decide salir en búsqueda de trabajo y deja a su hijo al cuidado de la mujer mayor.
Olga aparece entonces como una figura materna sustituta, aunque reluctante, que rechaza constantemente al niño, quien se presenta como su antítesis: ruidoso, inocente y lleno de esperanza. En este punto, la historia también se abre hacia la perspectiva de Cristian, sus recorridos por la ciudad, la gente que encuentra, sus comidas y sus constantes juegos en una máquina callejera que se vuelve su obsesión.
Jugar contra la pérdida
Este juego, llamado Cosmic Defenders, es uno de los ejes centrales del filme y constituye el punto de unión entre Cristian y Olga, la base de la relación que comienza a formarse entre ambos.
Olga también juega constantemente sudoku y sopas de letras, y de esta manera la película insinúa en el personaje una apertura: el hecho de que juegue la abre a la esperanza.
¿La esperanza de qué? Aquellas pequeñas batallas simbólicas y lúdicas constituyen el largometraje: las batallas contra la enfermedad, contra la soledad, contra el duelo, contra la precariedad económica e institucional.
Para estos personajes, el juego es uno de los pocos espacios donde todavía parece posible ejercer alguna forma de control, aun cuando viven constantemente en el desamparo y en la incertidumbre.
Una escena muy emotiva ocurre cuando Tulio utiliza el juego de los invasores cósmicos para explicarle a Cristian cómo las células del cáncer proliferan en el cuerpo humano, para que pueda entender la enfermedad que padece su madre.
Hacia el final, además, la película permite que el juego desborde brevemente el registro realista que había sostenido hasta entonces. Esa irrupción de la fantasía vuelve visible la forma en que Cristian intenta procesar una realidad demasiado abrumadora.
En ese gesto, Moscas se aparta por un momento de su filiación neorrealista y se aproxima a una sensibilidad más latinoamericana, donde lo imaginario no suaviza la dureza del mundo, pero sí permite habitarla desde otro lugar.
A pesar de su ambiente melancólico y de la fotografía en blanco y negro, la obra ilumina principalmente a dos personajes: la anciana y el niño. Ambos encarnan el conflicto entre pasado y presente, y el relato retrata un cambio paulatino en los dos.
Por una parte, aborda la pérdida de la inocencia en el crecimiento de Cristian; por otra, muestra cómo Olga, a través de las pequeñas aventuras que comparte con él, logra disfrutar de su compañía. De esta forma, más que retratar sujetos marginales y pobreza, Moscas observa a sus personajes con compasión, dignidad y complejidad.
Fernando Eimbcke comprende que la compañía puede abrir una grieta en la soledad, aunque no siempre consiga borrarla. Quizás por eso las moscas son una imagen tan precisa: el residuo de una vida que no puede limpiarse del todo, aquello que permanece incluso cuando algo, por un momento, pareció cambiar.
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Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Moscas (2026).

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