En el relato «Las babas del diablo» del escritor argentino Julio Cortázar, se hace notar que no hay barrera entre realidad y ficción. Y se sugiere que lo sincero es aquello que siempre nos daña. En cambio, lo verdadero solo nos hiere con mayor levedad y reiterada frecuencia.
Por Luis Miguel Iruela
Publicado el 10.7.2026
El yo es la causa de que hablemos a solas con nosotros mismos. En el cuento de Julio Cortázar Las babas del diablo, se hace notar que no hay barrera entre realidad y ficción. Y se sugiere que lo real es aquello que siempre nos daña. En cambio, lo verdadero solo nos hiere con mayor levedad y reiterada frecuencia.
Ahora bien, quizá no sea por completo cierto en los dos casos. Con todo y con eso, conviene recordar que Nietzsche afirmaba que el objeto es la frontera del hombre. De hecho, la etimología de la palabra remite a la voz latina medieval Ob-iectum, es decir, «puesto delante o contra», de donde proviene el término castellano «objetar».
Podría ser, entonces, que real y verdadero sean los límites del hombre. Bordes donde nos encontramos con todo lo que no se puede moldear a nuestra voluntad.
Es real aquello que nos lacera. En Las babas del diablo, no constituye solo el flujo de los acontecimientos, sino, en especial, lo que irrumpe y desgarra la trama narrativa del personaje. Aquello que no se deja domesticar por nuestro punto de vista y nuestra interpretación.
O por mejor decir, lo que resiste, impacta y no admite la absorción por la imaginación. No supone, por tanto, una definición ética, sino estructural: algo que no se deja transformar en un relato sin producir una fibrosis, un queloide, una cicatriz.
El objeto es la frontera del hombre
Lo verdadero, en cambio, no siempre saja, pero constriñe y obliga a reorganizar la mirada y a corregir las esperanzas. Representa un límite cognitivo: no se puede pensar cualquier cosa sin contar con la experiencia; una fricción entre las creencias y la implacable imposición.
Cuando Nietzsche dice que «el objeto es la frontera del hombre», se está refiriendo a que el mundo no es el espejo de nuestras categorías. Antes bien, aquello contra lo que las mismas chocan, y las cosas suponen el borde en que el entendimiento se detiene y debe reconfigurarse. En definitiva, un límite que como una esfinge nos desafía.
Se presenta, entonces, lo real como una barrera afectiva, mientras que lo verdadero lo hace como un valladar cognitivo. En esta situación, aparece el yo como un organizador de las tensiones que nos crean ambas líneas divisorias.
Aparece como una función matemática con una ontología de primera persona: una especie de buffer, de tampón que organiza y relaciona todos los datos que llegan por los sentidos y la razón. El yo se establece, así, como una síntesis que ordena la vida psíquica, y define la condición del hombre.
Venía a decir Ludwig von Bertalanffy en su Teoría general de los sistemas que los órganos son funciones congeladas. Pues bien, el yo se mantiene en el estadio funcional sin constituirse en un órgano. Y en eso consiste su peculiaridad, en emerger de la materia biológica sin serlo él mismo, en desarrollarse como un director de orquesta en los confines de la naturaleza humana.
Podría discutirse si la realidad y la verdad son una y la misma cosa, pero esto ya exigiría adentrarse cautelosamente por otros senderos de bosque.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

Imagen destacada: Julio Cortázar y Carol Dunlop.


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