En el filme del realizador inglés Christopher Nolan las aventuras forman una cadena de transgresiones y de consecuencias: cuando el personaje principal del largometraje intenta volver a casa —mientras carga con los efectos de todo aquello que hizo para sobrevivir—, su viaje se transforma en una confrontación con los límites que ha cruzado.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 17.7.2026
Tell me about a complicated man.
tell the old story for our modern times.
Find the beginning.
Homero, The Odyssey, canto I, vv. 1, 10–11.
Es difícil pensar la literatura occidental sin los poemas atribuidos a Homero. La ilíada y La odisea sentaron las bases para imaginar la guerra, el heroísmo, el viaje y la identidad en la cultura occidental. Además, esta última obra ha demostrado una flexibilidad especial, dado que puede entenderse como una narración de aventuras, una historia familiar, una reflexión sobre la memoria o una pregunta acerca de aquello que permite a los seres humanos vivir juntos.
Adaptaciones recientes como O Brother, Where Art Thou? (2000), de Joel y Ethan Coen, y The Return (2024), de Uberto Pasolini, han demostrado la flexibilidad del mito. Esta última se acerca especialmente a la reinterpretación de Nolan al presentar el regreso de Odiseo como el retorno de un veterano que ya no puede recuperar al hombre que era antes de la guerra.
Christopher Nolan (1970) recoge todas estas dimensiones y las organiza alrededor de una inquietud ética al plantear que la vida en comunidad requiere reglas. Existen deberes hacia los dioses, leyes humanas, pactos de hospitalidad, vínculos familiares y ritos destinados a honrar a los muertos. Cuando estas normas dejan de respetarse, la sociedad pierde su forma y aparece la barbarie.
De esta manera, aquello que separa a los hombres de los animales no parece depender de la inteligencia ni del dominio de la fuerza y la película interroga acerca de la condición humana. Odiseo y sus compañeros son inteligentes, hablan, construyen estrategias y reconocen la existencia de los dioses.
Pero también saquean ciudades, profanan lugares sagrados, abandonan cadáveres y utilizan el engaño para destruir a sus enemigos. Conservan las formas de la civilización mientras sus actos los acercan a las criaturas que consideran monstruosas.
La dicotomía entre héroe y monstruo
Odiseo se encuentra en el centro de esta contradicción, puesto que es ingenioso, valiente, adaptable y capaz de sobrevivir gracias al lenguaje. Su astucia le permite ganar la guerra de Troya mediante una falsa ofrenda de paz. El caballo dedicado a Atenea se convierte en una trampa para entrar en la ciudad y destruirla desde dentro, por lo que la victoria nace de un acto de profanación.
El protagonista utiliza el nombre de una diosa para justificar una mentira y convierte un símbolo religioso en un instrumento de guerra, profanando también la figura de Atenea.
La representación de Agamenón refuerza visualmente esta idea. Su altura, su armadura completamente negra y la rigidez de sus movimientos lo separan del resto de los soldados. Su figura resulta imponente y casi inhumana, semejante a una aparición monstruosa dentro del propio ejército griego. Asimismo, la autoridad que encarna ha perdido los límites que deberían legitimarla. Bajo su mando, la guerra se transforma en una maquinaria de conquista y destrucción.
Esta imagen permite comprender que la monstruosidad no pertenece únicamente a Polifemo o a las criaturas sobrenaturales. También puede aparecer dentro de una sociedad organizada cuando el poder deja de responder ante la ley. Agamenón posee corona, ejército y autoridad, pero su apariencia revela una forma de barbarie nacida en el centro mismo de la civilización.
Posteriormente, el encuentro con Polifemo desarrolla la misma tensión, debido a que el cíclope desconoce la hospitalidad y devora a quienes entran en su territorio. Su violencia parece confirmar la superioridad moral de los hombres que lo enfrentan. Odiseo y sus compañeros también han invadido espacios ajenos y han matado para sobrevivir, por lo que la diferencia entre el héroe y el monstruo se vuelve inestable.
Así, Polifemo aparece al principio como una criatura regida por sus apetitos y por la fuerza, una alteridad monstruosa que Odiseo y sus hombres creen poder destruir para sobrevivir. Sin embargo, el episodio revela que también posee lenguaje, vínculos y una relación con los dioses. Cuando, herido, invoca a Poseidón y reclama venganza, deja de ser una bestia aislada y entra en el mismo orden sagrado que los griegos creen representar.
La frontera entre monstruo y ser humano se vuelve entonces más inestable. La astucia salva a Odiseo durante esta aventura, pero también genera una nueva deuda. Herir al hijo de Poseidón constituye otra profanación y cada victoria abre el camino hacia un nuevo castigo.
En la película, las aventuras forman una cadena de transgresiones y consecuencias. Odiseo intenta volver a casa mientras carga con los efectos de todo aquello que hizo para sobrevivir. Su viaje se transforma en una confrontación con los límites que ha cruzado.
Entre el trauma y el retorno
La deuda más profunda del protagonista está relacionada con los muertos. Odiseo logra escapar mientras sus compañeros quedan atrás, muchas veces sin recibir los ritos funerarios necesarios para descansar. Estos cuerpos abandonados continúan existiendo dentro de su memoria. Carga con los hombres que perdió, con aquellos a quienes mató y a quienes no pudo enterrar. Recordarlos se convierte en una responsabilidad moral.
Esta dimensión explica el carácter atormentado y melancólico del protagonista, puesto que la película presenta a Odiseo como un veterano devastado por la guerra. Su inteligencia ya no produce orgullo. Cada recuerdo trae consigo escenas de violencia, cuerpos mutilados y decisiones que hicieron posible su supervivencia. La memoria sostiene su identidad y, al mismo tiempo, le impide vivir en paz.
La estancia con Calipso expresa su deseo de escapar de esta carga y aquello se evidencia en que Odiseo consume la flor de loto y permanece durante años en una existencia suspendida. El olvido apacigua el trauma y borra temporalmente la guerra, los cadáveres y la familia abandonada. También comienza a borrar al propio personaje.
Etimológicamente, el nombre de Calipso se relaciona con la idea de cubrir u ocultar y tanto en el libro como en la película, la diosa lo aparta del mundo y le permite esconderse de sí mismo. Su isla ofrece una vida fuera del tiempo y de la responsabilidad. La inmortalidad prometida requiere abandonar el pasado, los vínculos y la identidad construida a partir de los recuerdos.
Sin embargo, Odiseo termina rechazando esta existencia. Algo dentro de él lo empuja a recuperar su memoria, incluidos sus aspectos más dolorosos. Volver a Ítaca exige regresar primero a Troya, a los muertos y a las decisiones que había intentado olvidar. Nolan presenta la memoria como una herida que también abre el camino hacia la responsabilidad.
La épica según Nolan
Esta lectura resulta coherente con la trayectoria del director, dado que Memento, Inception, The Prestige y Oppenheimer presentan personajes atrapados en recuerdos, secretos y actos que modifican la imagen que poseen de sí mismos. En La odisea, Nolan encuentra un relato especialmente adecuado para estas preocupaciones. La estructura fragmentada del poema le permite reconstruir gradualmente el pasado de Odiseo y revelar el origen de su culpa.
Los recuerdos de Troya irrumpen como imágenes reprimidas en los flashbacks. La guerra aparece oscura, violenta y casi apocalíptica. Su presencia eclipsa todo lo que ocurre después. La narración mantiene la tensión durante casi tres horas gracias a la alternancia entre lo que ocurre en Ítaca, el viaje de Odiseo, los episodios de acción y estos retornos traumáticos al pasado. El montaje permite que la memoria forme parte de la estructura de la película y no únicamente de sus temas.
Por otro lado, visualmente, la producción es impresionante. Las costas, cavernas, ruinas y paisajes volcánicos poseen una dimensión sublime. Nolan no intenta reconstruir con total fidelidad arqueológica el mundo de la Edad del Bronce. El vestuario, las armaduras y las embarcaciones combinan referencias de épocas distintas. Esta libertad le entrega al mito una apariencia universal y evita que la historia quede encerrada en una sola imagen de la antigua Grecia.
Los efectos prácticos contribuyen mucho a esa materialidad. Un ejemplo de ello es Polifemo, representado mediante un títere gigante que comparte el espacio físico con los actores. Esta presencia concreta hace que el enfrentamiento adquiera una intensidad difícil de conseguir mediante una imagen completamente digital.
También, la música aporta tensión y carga emotiva, a la vez que contribuye, mediante instrumentos inspirados en el mundo antiguo, al universo híbrido de la película. En este eje destaca especialmente la decisión de ocultar el canto de las sirenas y dejarlo a la imaginación del espectador: este silencio enfatiza el carácter sobrenatural de su atracción.
Las actuaciones se mantienen en su justa medida, algo especialmente valioso en una película con un elenco estelar. Matt Damon construye a Odiseo desde el cansancio, la culpa y la necesidad de redención. Su inteligencia continúa siendo visible, aunque ha perdido su carácter triunfal.
Con todo, los demás intérpretes sostienen personajes reconocibles mediante intervenciones breves, pero sólidas, y logran brindar humanidad a figuras que ya son iconos culturales. La película también se permite momentos de ternura e incluso de humor, que alivian por instantes la solemnidad y violencia que atraviesan la narrativa.
Telémaco y las fisuras del regreso
Posiblemente el punto más débil se encuentra en Telémaco, debido a que Odiseo atraviesa una transformación clara, mientras su hijo cambia muy poco desde el inicio hasta el final del filme.
En el poema, los primeros cantos ponen en marcha un proceso de iniciación: Telémaco pasa de la impotencia y la inseguridad a hablar públicamente, viajar, asumir responsabilidades y participar en la recuperación de su casa. Sin embargo, esta maduración permanece incompleta y depende continuamente de Atenea y de Odiseo.
La película reduce todavía más ese proceso, por lo que su instalación final como heredero carece del peso necesario. El desenlace responde al argumento, aunque el desarrollo anterior del personaje no consigue prepararlo completamente.
Esta debilidad afecta también el reencuentro entre padre e hijo. Telémaco apenas conoció a Odiseo, ya que era muy pequeño cuando este partió hacia Troya. Ha crecido rodeado por historias acerca de una figura ausente y casi mítica. El encuentro debería concentrar años de idealización, abandono, resentimiento y deseo. La escena avanza demasiado rápido y no permite que esas emociones adquieran toda su fuerza.
Falta observar cómo Telémaco convierte la leyenda heroica de su padre en la presencia concreta de un hombre herido y marchitado por la guerra y la pérdida. También falta mostrar cómo Odiseo reconoce al hijo adulto cuya infancia no presenció. La resolución apresurada debilita una de las dimensiones familiares más importantes del relato y hace que el lugar final de Telémaco se sienta menos merecido.
A pesar de esta limitación, la película encuentra su mayor fuerza en la lectura del regreso y en la revelación de su imposibilidad. Ítaca no puede borrar la guerra ni devolverle a Odiseo la identidad que tenía antes de partir. Tampoco coincide ya con el lugar que conserva en su memoria.
El viaje concluye en un nuevo exilio que lo mantiene en movimiento. Regresar significa reconocer que aquello que buscaba ya no existe, cargar con sus recuerdos, responder por sus muertos y buscar o construir otra forma de pertenencia en un lugar distinto.
Así, el retorno adquiere sentido a partir de la aceptación de esa pérdida. Odiseo deja de huir de aquello que lo transformó y reconoce la desaparición definitiva del mundo anterior a la guerra.
En la reinterpretación de Nolan, la humanidad depende de la memoria, del respeto por los límites y de la capacidad de responder ante los otros, aun en ausencia de un hogar al cual regresar. Cuando estas reglas desaparecen, héroes, reyes y monstruos comienzan a parecerse demasiado.
***
Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: La odisea (2026).

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