Disponible en el streaming de MUBI, el filme del realizador español de origen francés, Oliver Laxe, obtuvo el prestigioso Premio del Jurado en la edición 2025 del Festival de Cannes, y compitió hasta el final con «Valor sentimental» por el Oscar 2026 a la Mejor Película Internacional.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 4.6.2026
La película Sirat, dirigida por Oliver Laxe y estrenada en 2025 en el Festival de Cannes, donde obtuvo el Premio del Jurado, parte de una premisa que, a simple vista, podría parecer convencional. Luis viaja con su hijo Esteban al sur de Marruecos en busca de su hija desaparecida, vinculada a la cultura rave.
Así, la búsqueda los conduce hasta una fiesta en medio del desierto, un espacio donde la música electrónica, las drogas y el trance colectivo parecen volver indiferente cualquier forma de urgencia. Nadie parece realmente escuchar a Luis. Nadie parece detenerse ante la imagen de la joven desaparecida. Desde el comienzo, la búsqueda aparece ensombrecida por la sospecha de su fracaso y la futilidad.
Los primeros minutos del filme instalan esta lógica con una fuerza sensorial notable. Durante un largo tramo inicial de aproximadamente 15 minutos, casi no hay diálogo. Observamos cómo se montan los parlantes, cómo se organiza la fiesta, cómo el sonido empieza a ocuparlo todo. La música invade al espectador como un latido y ese pulso electrónico funciona como una especie de latido común, una fuerza que atraviesa a los cuerpos y también al paisaje.
En medio de esa experiencia física del sonido, Luis y Esteban reparten folletos con el rostro de la desaparecida y esta escena inicial escena condensa una de las tensiones centrales de la película: una búsqueda desesperada ocurre en un mundo que ya parece haber perdido la capacidad de responder.
A esta indiferencia se suma un trasfondo político cada vez más ominoso, puesto que por la radio se anuncia el inicio de una guerra mundial. Se habla de ciudades bombardeadas y llegan militares a evacuar la fiesta. La muerte y la crisis, desde entonces, dejan de ser una amenaza abstracta y se convierten en el trasfondo del mismo del relato.
El viaje de Luis podría entenderse al comienzo como una variación del viaje del héroe prototípico: un padre sale de su mundo conocido, cruza hacia una cultura que no comprende del todo, duda, se ve empujado por su propio hijo y encuentra la ayuda provisoria de un grupo de ravers que se dirigen a otra fiesta en el desierto.
La palabra Sirat refuerza esta idea, pues remite al camino o puente estrecho que, en la tradición islámica, debe cruzarse sobre las llamas del infierno en el día del juicio para llegar al paraíso.
El desierto se configura justamente como ese espacio de tránsito, como un umbral físico y espiritual donde el protagonista enfrenta obstáculos cada vez más radicales: caminos imposibles, cerros empinados, ríos, pérdidas, accidentes y zonas minadas.
La película convoca la estructura del viaje iniciático, aunque la va despojando de aquello que suele prometer: una recompensa, una revelación ordenadora, una reconciliación o el encuentro final con la hija perdida.
En Sirat hay descenso, crisis, muerte y la epifanía queda siempre interrumpida. De esa travesía emerge una intemperie frente al absurdo, una experiencia que ya no repara el mundo ni ofrece una verdad capaz de ordenarlo.
Bailar sobre el campo minado
Una de las escenas más perturbadoras ocurre después de la muerte del hijo del protagonista, Esteban. Los personajes vinculados a la cultura rave intentan levantar el ánimo de Luis con drogas y música. En medio del desierto, improvisan una fiesta con parlantes, como si el trance pudiera suspender el duelo. Mientras bailan, uno de ellos pisa una mina y muere.
La escena es brutal porque hace converger el éxtasis corporal con la violencia política. De esta manera la música, que podría brindar escapismo, queda contaminada por la guerra, por los restos materiales de conflictos anteriores, por una muerte que irrumpe sin sentido y sin aviso.
Desde ese momento, la película abandona casi por completo la posibilidad de una búsqueda reconciliadora. Luis ya no solo busca a su hija, también ha perdido a su hijo y ahora debe sobrevivir. El tramo final, con los personajes atrapados en un campo minado, desplaza la tensión hacia una forma extrema de vulnerabilidad y sobrevivencia.
Cada paso puede ser el último para los personajes y la vida queda reducida a una relación precaria con el azar, con el suelo, con una materia invisible que puede estallar en cualquier momento. Es en ese punto donde la película alcanza una intensidad física difícil de separar de su dimensión existencial.
El final de Luis sí implica una transformación, aunque se trata de una transformación brutal, sin consuelo. Sobrevive cuando acepta que el mundo que lo rodea no obedece a una lógica moral y de esta manera, deja de importarle preservar su propia vida. Su aprendizaje no consiste en comprender el sentido de lo ocurrido, sino en habitar por un instante la imposibilidad de comprenderlo y aceptar el vacío.
Con todo, y en esa aceptación del sinsentido, la película se distancia de los relatos donde el dolor produce un aprendizaje claro, es por eso que Sirat puede frustrar a quienes esperen una respuesta, pues su hermetismo no busca resolver la pérdida. La deja abierta, como una herida que no termina de cerrarse.
La epifanía interrumpida
El filme podría pensarse dentro de una sensibilidad contemporánea donde la epifanía ya no organiza el sentido y termina exponiendo su propio bloqueo. El viaje no conduce al conocimiento pleno; enfrenta al protagonista con la conciencia de la finitud.
De esta forma, el apocalipsis aparece de varias formas: la guerra mundial, la desaparición nunca resuelta, la muerte de los inocentes, el desierto como espacio de juicio y la necesidad de seguir avanzando sin garantías.
Así, en una entrevista concedida a Esquire, Laxe ha dicho que se obliga a meditar sobre la muerte y que, en una sociedad tan tanatofóbica, le parece sano volver a acogerla de una manera más madura. Esa reflexión atraviesa toda la película, dado que Sirat obliga a mirar la muerte sin solemnidad tranquilizadora y sin promesa de reparación.
Por eso, más que narrar una búsqueda, Sirat desestabiliza la idea misma de camino moral. Su potencia está en convertir el viaje en una experiencia sensorial y metafísica, atravesada por música, polvo, duelo y amenaza. Es una película que no deja indiferente, precisamente porque no ofrece una resolución conciliadora ni una reparación simbólica. El tránsito por el desierto desplaza toda promesa de revelación redentora y deja al sujeto expuesto ante un mundo erosionado, aleatorio y finito.
***
Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Sirât (2025).

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