[Ensayo] «La locura del rey Jorge»: El monarca convertido en un humilde súbdito

El mundo que muestra el filme del realizador inglés Nicholas Hytner es el del comienzo del ideario republicano. Aunque el poder de la corona británica estaba ya recortada por el parlamento a partir de la ejecución de Carlos I (1649) por Cromwell y la llamada Revolución Gloriosa —con el posterior desarrollo del sistema bipartidario—, el largometraje presenta a un jefe de Estado muy autoritario.

Por Luis Miguel Iruela Cuadrado

Publicado el 3.6.2026

Esta película de 1995 recoge la crónica del ataque de locura que sufrió el Rey Jorge III de Inglaterra hacia 1786 y que motivó la regencia de su hijo, el futuro Jorge IV. Está basada en la obra teatral de Alan Bennett y dirigida por Sir Nicholas Hytner. Pertenece a esa orientación del cine dedicada a la reconstrucción histórica.

Quizá interesa en este caso, más que por el episodio en sí, por sucederle al monarca que perdió la Guerra de la Independencia de Norteamérica (1775 – 1783) un poco después del final de la misma y algo antes de la Revolución francesa (1789). Periodo de gran agitación política en Europa en el que tuvo lugar la terminación del Antiguo Régimen y el derrumbe de la monarquía absoluta basada en el origen divino del poder.

La película está contada con un estilo postmoderno propio de los años 80 y 90 del pasado siglo. Hay que recordar que el libro fundacional del movimiento, La condición postmoderna, de Jean-Francois Lyotard fue editado en 1976.

Por todo ello, hay una corriente de desvalorización y desmitificación que atraviesa todo el relato. El punto de vista es cínico y puede notarse una abundancia de comentarios de este tipo en casi todos los personajes.

No se trata, por tanto, de una visión realista y fiel de lo sucedido entonces, sino de una crítica actual propia de la actitud nihilista del llamado pensamiento débil postmoderno. No existen valores ni verdades absolutos que, junto con las creencias, son falibles, parciales y relativos. Todo vale en ética y en arte. No se encuentran criterios objetivos de calidad para la belleza y la moral.

Si se tienen en cuenta estas ideas previas, quizá disfruten los espectadores más y mejor de esta estupenda película. Después de todo, al no haber verdades ni valores objetivos, ¿quién les puede impedir que se refugien en el humor y la ironía (de raigambre tan propia del Romanticismo), y miren las cosas con un escepticismo distanciado?

Ocurre, no obstante, que las películas encargadas de rehacer el pasado dicen más (mucho más) de la época, lugar y autor de la filmación que del periodo representado. Por ejemplo, El Cid ofrece bastante más información de la España de los años 1960 y del sistema de producción de Samuel Bronston que del Medievo en el Reino de Castilla.

Compárense entre sí, por otra parte, las distintas versiones fotografiadas de la Pasión de Jesucristo: desde la ascética de Pasolini a la más dramática y actual de Mel Gibson.

 

Con un procedimiento de premios y castigos

El mundo que muestra la película es el del comienzo del ideario republicano. Aunque el poder de la monarquía británica estaba ya recortado por el parlamento a partir de la ejecución de Carlos I (1649) por Cromwell y la llamada Revolución Gloriosa con el posterior desarrollo del sistema bipartidario, el largometraje presenta un rey muy autoritario.

Por lo que vemos a Fox, el líder de la oposición decir: «la monarquía está podrida», mientras admira a la excolonia perdida.

Jorge III estuvo afecto de una porfiria intermitente aguda, una enfermedad sistémica debida a una alteración del metabolismo de grupo hem de la hemoglobina, el grupo molecular donde se fija y transporta el oxígeno por todo el organismo.

La consecuencia es el acúmulo de unos productos intermedios llamados porfirinas que interesan a diversos territorios de la economía corporal, entre ellos el cerebro, dando lugar a episodios psicóticos de carácter eufórico y delirante.

En el caso de la medicina, puede verse el fin de la práctica especulativa, que el galeno real ejemplifica, aunque irónicamente manifieste ante la orina de color azul del enfermo (tenida por característica de esta dolencia a causa de la birrefringencia de las porfirinas a la luz) que su profesión es una ciencia de la observación, prudencia que él no lleva a cabo.

Sin ir más lejos, se trata de una medicina precientífica, todavía vista en los procedimientos terapéuticos sin fundamento como ventosas y sangrías.

Con respecto a los enfermos mentales, estos se almacenaban en el manicomio de Bedlam (corrupción de la palabra inglesa Bethlem, cuya traducción sería Belén) en un estado parecido al que encontró Philippe Pinel en el asilo de hombres de Bicêtre en Paris: locos encadenados, sucios, malnutridos y enfermos, al dar lugar a la Primera Revolución psiquiátrica con el gesto de romper las cadenas y liberar a los internados.

Willis (el psiquiatra y clérigo de la película) tiene, a pesar del porte autoritario, a sus pacientes libres en una comunidad agrícola. Como hiciera William Tuke que, en 1792, creó en York una clínica de parecidas características llamada The Retreat (El Retiro), fundada para el trato humanitario de los afectados por alteraciones psíquicas. Es el método conocido históricamente como «tratamiento moral» por el que los locos debían recibir el mismo trato cotidiano que las personas cuerdas.

Con todo, el sistema de Willis para domeñar la locura con un procedimiento de premios y castigos tiene su base en la mentalidad cultural de la época. El siglo XVIII, en especial su último tercio es el conocido como el Siglo de las Luces. Es decir, de la Ilustración para la que la Razón (la diosa Razón de los philosophes franceses) era todopoderosa. Con ella se podía conocer todo, conseguir todo y entender todo. La locura representaba la Sin-Razón.

Willis es un ilustrado que intenta vencerla. Hay una significativa secuencia en el filme en la cual se observa el modo de contrastar un falso reconocimiento con la realidad. El combate entre la Razón y su antagonista, lo lleva al terreno del rey, a veces de una manera radical y extrema.

Pero esta es la idea basal del tratamiento, complementada con un paternalismo médico que deriva en tiranía: el paciente se somete a la autoridad del facultativo. Se da, así, la paradoja de que el poder real queda subyugado por potestad del psiquiatra, quedando el monarca convertido en un humilde súbdito.

El episodio de porfiria se resuelve espontáneamente. Con ello, parece que la terapia ha funcionado y que su resultado se explica por el mecanismo causa y efecto entre dos sucesos continuados.

Así, y en ese mismo siglo, David Hume escribía sobre la causalidad como un hábito mental que tenemos para elucidar la relación entre dos eventos unidos por el tiempo. Concluía que dicha relación no puede demostrarse con el raciocinio. Y ponía un ejemplo lleno de ironía escocesa: si existiera la causalidad tal y como la concebimos, entonces el día sería el efecto de la noche.

 

 

 

 

 

 

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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.

Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.

En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Luis Miguel Iruela Cuadrado

 

 

Imagen destacada: La locura del rey Jorge (1994).

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