[Ensayo] «O que arde»: De fuegos y de asfixias

El filme del realizador gallego Oliver Laxe —protagonizado por los actores Amador Arias y Benedicta Sánchez—, ganó el Premio del Jurado en la categoría Un Certain Regard, del prestigioso Festival de Cannes en su versión de 2019.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 26.9.2022

«Si hacen sufrir es porque sufren».
Benedicta

Pocas palabras las de esta joya cinematográfica del realizador gallego en la cual los silencios y la música son protagonistas. Una película que es poesía audiovisual en torno a la vida rural de la «terra meiga» por su banda sonora y por sus bellísimas imágenes de la naturaleza del lugar y del vivir tradicional que allí perdura pese a tanta «modernidad».

Laxe retrata por un lado la problemática ambiental de los bosques gallegos cada vez más castigados por los incendios. Y asimismo es la crónica de un hombre de la tierra que regresa al hogar tras cumplir condena por prender fuego al bosque, por ser un pirómano.

Amador Arias es Amador, el hombre excarcelado y Benedicta Sánchez es Benedicta, su anciana madre. Ambos —y el resto del elenco— son actores no profesionales, en ambos el nombre ficticio es el nombre real, y ambos bordan sus personajes aportando al conjunto un realismo casi documental que es la intención declarada del realizador.

Bosques de elevado riesgo de incendio, una comunidad cerrada y de otros tiempos, un hombre incendiario y solitario, una madre anciana que cuida pero que se sabe cada vez más necesitada de cuidados; todo esto en una original historia que conmueve e invita a reflexionar.

Debo advertir que el análisis que sigue contiene inevitablemente spoilers.

 

Árboles que asfixian

Arranca el filme con imágenes contundentes. En la noche, el estruendo de los árboles partidos por la maquinaria que se abre paso en un bosque «industrial» de eucaliptos, una senda de aniquilación que impresiona.

Oliver Laxe nos muestra frente a frente a los vehículos bulldozers en luz versus a la arboleda en semi oscuridad en un fondo sonoro inquietante. El hombre explotando la tierra, el hombre forzando la tierra.

Los eucaliptos, los «invasores» eucaliptos que cada vez más pueblan los montes gallegos, unos árboles foráneos de crecimiento rápido utilizados por la industria maderera que prenden fácilmente en caso de incendio y cuyas raíces «asfixian» a las de otras especies autóctonas mucho más resistentes al fuego.

Amador pone voz al sentir de muchos al afirmar que son una plaga en su tierra. Se lo dice a su madre mientras comen al aire libre entre árboles centenarios y ella, mujer de pocas y precisas palabras, pronuncia las destacadas en el encabezado. Las pronuncia pensando en esos seres del reino vegetal pero se entiende que las dice pensando más aún en su hijo, un hombre que sufre y hace sufrir.

 

Un hombre asfixiado

Poderosa y reveladora mirada la de Amador, Laxe la enfatiza ya desde el primer momento en la escena de su viaje de regreso en autobús. Lo vemos solo tras el asiento anterior del vehículo, y en esa imagen la constatación de su ser y de su sentir.

Porque iremos entendiendo que es un hombre que se protege de los demás y que parece preferir la soledad. Y eso que en principio no es rechazado ni criticado por su comunidad —sólo algún graciosillo que le pregunta con sarcasmo si tiene fuego—, es él quien los rehúye para confraternizar con su perra Luna, sus pocas vacas y la naturaleza con mayúsculas del lugar.

Luna es la más cercana, es con ella con quien Amador se muestra más afectuoso; Luna, un simbólico nombre que evoca el arraigo celta matriarcal de esas tierras húmedas que conforman su universo. Una perra como única amiga, ningún humano a su lado.

Y es que él está mal, en su rostro está un pesar muy profundo, su rostro parece cubierto por las típicas nieblas del lugar o por el humo de los recurrentes incendios que lo asolan y lo asfixian todo.

Amador siente asfixia, una asfixia que si atendemos al comentario de un vecino parece venir de lejos, de un pasado difícil que no se nos explica pero que sí podemos intuir a la vista del presente.

Sorprende el reencuentro con la madre, Benedicta lo acoge con el típico ofrecimiento de comida de las madres tradicionales pero ningún abrazo, ningún beso, ninguna exclamación. Será al cabo de un día cuando la anciana exprese su alegría por tener al hijo en casa, se lo expresa de espaldas sin mirarlo porque prácticamente ellos dos no se miran nunca.

Entre ellos hay corrección y respeto, un cierto interés por el otro pero mucha frialdad. No los vemos casi tocarse y menos aún besarse o abrazarse.

Así, esa casa no es hogar y significativamente no se nos muestra fuego que caliente en su interior pese al frío de las montañas, en esa casa no arde amor, esa casa es un tejado sin lumbre que alberga soledades encallecidas.

 

«O que arde» (2019)

 

El fuego como metáfora

«Somos un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende».

Palabras del gran Eduardo Galeano, una bella metáfora que evoca la sabiduría milenaria acerca del alma humana entendida como fuego.

Aplicándola aquí, Amador y Benedicta parecen «fuegos bobos» en espera de aire nuevo humano que los reviva tal y como un fuelle de chimenea aviva el fuego asfixiado. En este sentido una mujer logra revivir al incendiario solitario, una mujer que lleva poco tiempo en la comunidad y no conoce su pasado. A Amador se le ilumina el rostro mientras viaja como copiloto en su vehículo, ella consigue que sonría y la mire.

Pero todo cambiará la segunda vez que se encuentren a solas, cambia la actitud de ella y Amador comprende que ya conoce su historia negra, negra de ceniza.

Y en su regreso a la finca familiar y al son de un bellísimo motete sacro de Vivaldi, el hombre de fuego asfixiado se da cuenta de que un nuevo incendio asola la aldea.

Una «coincidencia» que puede entenderse como imagen simbólica, una forma de visualizar que debido a la dificultad de prender en sí mismo, Amador llegara a alimentar una inmensa rabia capaz de quemar toda la tierra amada. Una tierra amada sí, pero que él siente que le rechaza (los otros y sus habladurías); un rechazo a «los otros» que en realidad sabemos es una proyección del rechazo a «la familia», a la falta de fuego de hogar materno, a la «infértil» tierra helada en la cual creció.

Da igual quién o qué ha provocado este nuevo incendio —no se nos dan pistas pero parece improbable que haya sido Amador— lo importante —entiendo— es esa asociación simbólica entre el fuego desolador y un alma atormentada que sufre y hace sufrir.

La película concluye mostrando ese nuevo incendio en los montes gallegos, un incendio real que Laxe retrata con maestría: el hechizo del fuego, la lucha de los vecinos y profesionales, el humo asfixiante, el desespero y el agotamiento humano…, y la rabia de algunos pocos que descargan su furia en Amador quien si bien no parece ser responsable tampoco participa junto a sus vecinos en las tareas de extinción.

Un helicóptero de los bomberos sobrevuela el lugar, vemos el aparato visto desde tierra, una imagen que asemeja una simbólica larva con cola en forma de cruz y de fondo el astro rey en el azul brumoso incendiario.

Unas máquinas que arrasan «naturaleza industrial» iniciaron la película y una máquina que calma y apaga «naturaleza abrasada» la finaliza.

Y uno se pregunta acerca de qué pasará tras ese simbólico incendio, qué supondrá ese nuevo fuego comunitario para Amador: ¿Será la larva de un entendimiento más fructífero o más bien la prolongación de la pesada cruz que carga y le atormenta?

 

 

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Jordi Mat Amorós i Navarro es un pedagogo terapeuta titulado en la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: O que arde (2019).