[Entrevista] Ainhoa Vásquez Mejías: «La ‘narcocultura’ chilena es una reinvención del hampa tradicional»

La autora nacional —que ejerce como académica de la UNAM, en México—, dialoga acerca del libro donde aborda las aristas simbólicas y hasta artísticas, de un fenómeno delictual que ha adquirido una gran visibilidad en el último tiempo, y el cual ha provocado señales de alarma e inquietud, en el contexto del debate público a nivel país.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 7.6.2024

Uno de los ensayos más interesantes en el campo de las ciencias sociales que se han publicado en el país durante el último tiempo corresponde a Narcocultura. Masculinidad precaria, violencia y espectáculo (Paidós, 2024) de Ainhoa Vásquez Mejías, una académica chilena avecindada en México hace más de una década, y quien ejerce como profesora e investigadora en la prestigioso Colegio de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

En efecto, el texto de Vásquez Mejías ofrece respuestas y explicaciones, desde un enfoque multidisciplinario, a un problema político y social que parece extenderse por toda América Latina: el nacimiento de un circuito lleno de códigos culturales y hasta éticos, ligado a la vivencia del crimen organizado, por parte de quienes integran sus filas, en tanto delincuentes y miembros disciplinados y jerarquizados, en el ejercicio de sus sangrientas y lujosas actividades ilícitas.

Pese a que la investigadora comenzó el estudio de la sociabilidad y el hábitat íntimo de los narcotraficantes en México, pronto derivó sus análisis al desarrollo del fenómeno y de sus complejidades en Chile, un país que desde hace por los menos una década ha exteriorizado la existencia de un hondo problema al respecto, con igual resonancia mediática tanto en el norte del país —más ligado a estas incidencias por razones geográficas—, como también en los grandes centros urbanos de la zona centro y sur del territorio nacional.

Así, para Vásquez, la llamada cultura del narcotráfico ha producido una modernización en la esencia del hampa criminal chileno de siempre, otorgándole a sus actos una connotación de espectáculo público, que gracias a la masificación tecnológica de la virtualidad y de las redes sociales, exhibe la forma en que la dedicación a este tipo de actividades delictuales, impregna las aspiraciones existenciales y de poder adquisitivo, por parte de ciertos segmentos de la sociedad.

El símbolo que representa la ostentación del dinero ganado de una manera relativamente fácil, y la tenencia de poderosas armas de fuego que implica el submundo del tráfico de drogas, con su violencia y su brutalidad inherentes, también crea hermandades y vínculos de pertenencia (inclusive popularidad y legitimación), a grupos humanos despojados de lazos tanto de identificación familiar como de una pertenencia afectiva vital, en la evolución de un problema que de tipo emocional y financiero, se ha transformado en otro de insospechadas magnitudes de seguridad pública.

Y aunque Vásquez advierte que en Chile la coyuntura al respecto está lejos de ser desbordada en su presente y en sus consecuencias próximas, alza una voz que aparte de describir la situación y el diagnóstico antropológico (hasta en sus ramificaciones literarias, fílmicas y musicales), aboga por políticas estatales y pedagógicas que se enfoquen en la prevención y en el tratamiento de la adicción, antes de que el costo social sea todavía mayor para la estabilidad del país.

La escritora, que vive y trabaja en la populosa Ciudad de México, es autora, asimismo, de los libros Feminicidio en Chile: Una realidad ficcionada (2015) y No mirar: Tres razones para defender las narcoseries (2020), y también ha sido la editora del comentado volumen Narcocultura de norte a sur. Una mirada cultural al fenómeno del narco (2017).

 

«Las mujeres jefas utilizan igualmente la violencia para demostrar que también se la pueden y de alguna forma se masculinizan»

—¿Por qué la vinculación entre masculinidad, juventud y capitalismo como fuentes del problema y fenómeno del narcotráfico en Latinoamérica? ¿Cómo explicas dentro de esa plausible hipótesis de investigación, la existencia de narcos femeninas al estilo de la influencer Sabrina Durán Montero, una traficante acribillada a plena luz del día en la comuna Pedro Aguirre Cerda del Gran Santiago, acompañada de gran conmoción pública y mediática en 2023?

—El narcomundo es un espacio principalmente masculino y machista. Al ingresar a este tipo de actividades ilegales los jóvenes no sólo lo hacen motivados por afán de lujos y dinero fácil, como se piensa desde el argumento más simplista. Por supuesto esto es una motivación, pero no es la única.

Los jóvenes que ingresan en el mundo del crimen están buscando una pertenencia, pertenencia a un colectivo que le otorga lazos sociales, incluso familiares. Quienes reclutan a niños y jóvenes lo hacen con estos argumentos. No sólo tendrán dinero, también tendrán una hermandad. Pero para ingresar a esa hermandad se debe probar que son lo suficientemente ‘hombres’, ‘machos’ para aguantar esta vida. Por eso los ritos iniciáticos con tanta violencia y la necesidad constante de seguir demostrando que son aptos para permanecer en este mundo.

Hay excepciones, por supuesto. Ha habido mujeres muy importantes dentro del crimen organizado, basta pensar en Amanda Huasaf, que fue la líder del primer cártel latinoamericano, que además era chileno. Sin embargo, pareciera que en estos casos se mantienen también los estereotipos de género.

Las mujeres jefas utilizan igualmente la violencia para demostrar que también se la pueden y de alguna forma se masculinizan, como el caso de Ina (y que son sumamente violentas a pesar de que los medios tienden a cosificarlas o considerarlas apéndice de sus parejas, como se dijo de Ina respecto a su esposo asesinado unos años antes).

O, al contrario, utilizan el estereotipo de género que reduce a las mujeres a la pasividad y se aprovechan de esto para cometer ilícitos. Como el caso de Amanda que cuento en el libro. Pudo construir un imperio aprovechando que nadie se imaginaba lo que hacía porque era mujer. Usó el estereotipo de género a su favor.

 

«En Chile hay varios factores que impiden que hablemos de Estado fallido, como sí ocurre en México»

—En las páginas de Narcocultura enfrentas el diagnóstico social, y económico del tráfico de drogas, pero desde una perspectiva eminentemente sociológica, quizás también antropológica. Sin embargo, está el otro síntoma comunitario que genera esta práctica, pero en una veta de análisis político, y que ha llevado a hablar de un concepto como el del «Estado fallido», en México, especialmente. ¿Crees que en Chile podría darse una situación parecida, más allá de la ficción literaria y cinematográfica que pudiese contener la propaganda seductora en torno al término?

—Creo que en Chile hay varios factores que impiden que hablemos de Estado fallido, como sí ocurre en México. Para que exista un Estado fallido es importante también que exista una gobernanza criminal, es decir, que el Estado sea reemplazado por los criminales. Es lo que ocurría por ejemplo con Pablo Escobar o con El Chapo Guzmán, que eran considerados héroes populares porque respondían a las necesidades básicas que los gobiernos no habían logrado satisfacer.

Los narcos sustituyen al Estado, en ese sentido, y la gente, el pueblo, termina por defenderlos porque se ganan la confianza… la compran, en realidad. En Chile, al menos hoy, esto es impensable. Los narcotraficantes, las pandillas de criminales no tienen ni la confianza ni el cariño ni la complicidad de la gente.

Al revés, los vecinos están hartos, se sienten constantemente en peligro, los rechazan absolutamente y si no los denuncian no es por protegerlos sino por miedo a las represalias.

Este factor hace que por más que el Estado tenga falencias o debilidades no se vea como un Estado fallido, como mucho, podríamos hablar de todas las medidas que faltan por implementar, pero no es un Estado que falle con dolo, ni son criminales que estén ocupando ese lugar.

 

Los narcos chilenos y su temor a la muerte

—En el libro afirmas que los funerales de los narcotraficantes, y los fuegos artificiales presentes en esos eventos mortuorios, son algo muy chileno, que si bien acontece en otras partes de Latinoamérica, ocurre de una manera distinta. ¿Qué otros aspectos simbólicos distinguen al narco chileno en su imaginario de lo narco, frente al mismo hecho comparativo en México, o Colombia, por citar a dos ejemplos de fácil vinculación en el imaginario colectivo?

—La narcocultura chilena en realidad es una reinvención de la cultura del hampa tradicional. Los narcofunerales, por ejemplo, es una costumbre de antaño de los ladrones que ha cambiado con el tiempo y se ha resignificado con la llegada de la narcocultura extranjera.

Por eso tenemos hoy la visita al territorio enemigo, consumir droga en las tumbas y hacer fiesta en los cementerios, mezclado con el rito tradicional de pasar por la cárcel y poner música y traer bandas en vivo para que canten en el velorio.

A pesar de eso, creo que una de los aspectos simbólicos que más distinguen al narco chileno y los jóvenes que ingresan a este mundo es en cuanto a la relación con la muerte. Al contrario de los narcos mexicanos y colombianos, los chilenos sí le temen, no quieren morir.

En México hay una suerte de osadía y desafío ante la muerte, por eso se enfrentan con ella directamente y ven en la muerte un cierto orgullo. En Chile no.

También es importante decir que en Chile los ritos iniciáticos o costumbres de la muerte no son tan sanguinarios y violentos como en otros países latinoamericanos. Es una relación distinta con la muerte y con las formas de dar muerte.

 

«Las narconarrativas chilenas están más centradas en las víctimas y no en potenciar el morbo»

—Otro concepto llamativo en el texto corresponde al de narconarrativa. ¿Qué elementos podríamos determinar como propios en ese contexto del narco o del traficante de drogas chileno, que lo distingue del resto de sus colegas del rubro, a nivel continental?

—Un poco en el mismo sentido, creo que las narconarrativas chilenas son mucho más éticas que las de otros países. Yo defino la narconarrativa como aquellos relatos que dan cuenta de un problema real y lo hacen de una manera realista también, por poner ejemplos, las crónicas o reportajes periodísticos, las canciones que dan cuenta de ciertos hechos o personajes del narcomundo, los documentales, etcétera.

En México las narconarrativas tienden a ser muy sensacionalistas, de mostrar con mucho detalle las torturas, los asesinatos, incluso hay mucha burla a las víctimas. Es cosa de detenerse en cualquier kiosco de periódicos en México para ver que las portadas usan ‘ingenio’ para reírse de quienes han sido asesinados de las formas más macabras.

En Chile las narconarrativas son más objetivas, buscan retratar a la víctima y eso pasa por cosas tan simples como no mostrar los cuerpos, no hacer circular las imágenes del horror. Fue impresionante justamente con el caso de Ina, como la misma gente por las redes sociales se organizó para denunciar la fotografía que circuló de su torso desnudo que le tomaron de forma ilegal en el Servicio Médico Legal.

Las narconarrativas chilenas están más centradas en las víctimas y no en potenciar el morbo.

 

«En Chile las narcoficciones son una excusa para hablar de los problemas sociales»

—¿Cuál es la diferencia, en el caso local, nuevamente, entre narcocultura (producida por los narcotraficantes) y las narcoficciones (relatos generados por gente que no es narcotraficante)?

—La narcocultura son los ritos de los criminales, ellos no están haciendo narcoficciones porque este mundo es su vida, no hacen ficción de su realidad. Las narcoficciones en Chile también han estado más preocupadas de rescatar a las víctimas, en general, pero también de poner en el centro no solamente este mundo criminal sino en las desigualdades del sistema que permiten que se genere la delincuencia.

Las narcoficciones chilenas son muy críticas al sistema neoliberal. La trilogía de Santiago Quiñones de Boris Quercia, por ejemplo, es una ficción excepcional en el sentido de la radiografía que hace a los problemas actuales de Chile: AFP, salud, educación, instituciones como el Sename.

Lo mismo una narcoficción como Prófugos en que se aborda el conflicto mapuche, las protestas estudiantiles, las consecuencias de la dictadura, etcétera. En Chile las narcoficciones son una excusa para hablar de los problemas sociales.

 

«El mundo delictivo en el estilo trap«

—¿Cuál es el símil en la realidad nacional de la noción de narcocorridistas que utilizas para determinar a una especie de cantante o artista popular en México, y que al estilo de un poeta homérico o juglar medieval, describe la biografía y los éxitos de un narco? ¿Existe esa figura entre nosotros? ¿Podría serlo un rapero que en las letras de su música ensalza ciertos atributos de la narcocultura?

—En Chile podríamos hablar de narcotrapero, que es el músico urbano más vinculado a cantar el mundo delictivo en el estilo trap.

Pero como en México, hay muchísimas variantes. Están los músicos que retratan su realidad como cronistas y que hablan de las desigualdades sociales y critican al Estado; están los que valoran el mundo criminal como una salida a la precariedad económica; están los que buscan dejar enseñanzas morales para que otros no se involucren en estas actividades; están los que alaban el poder adquisitivo para cosas tan simples como llevar a la mamá o a la polola a comer comida china.

El espectro del narcotrapero chileno es inmenso, por eso es muy injusto ponerlo todo en una misma bolsa. Hay que ir letra por letra buscando esos sentidos, pero eso también ocurre en México.

No podemos decir que todos los músicos son Valentín Elizalde que terminó siendo asesinado por el cártel enemigo porque trabajaba para el Cártel de Sinaloa.

 

«Tenemos un alza en el consumo impresionante, el mercado se ha ampliado»

—En diversas oportunidades has esbozado que Chile es una zona geográfica «propicia para el narcotráfico». ¿Qué piensas de la tesis desarrollada en ciertos círculos académicos y políticos, que sindican a los grupos de narcotraficantes locales como instigadores y causantes de la revuelta social que estalló en el país en octubre de 2019, y cuyos responsables directos (los culpables «invisibles», sin ir más lejos, de incendiar y de destruir concertadamente la infraestructura crítica, como la red del Metro, todavía no han sido hallados ni menos condenados)?

—Aquí estamos hablando de dos cosas distintas.

Por una parte, efectivamente Chile es una zona propicia por razones muy concretas: tenemos una costa enorme que permite el tráfico hacia otras partes del continente y otros continentes; hasta hace poco tiempo los barcos chilenos no eran revisados con mucha prolijidad en el extranjero porque teníamos la marca de ser un país confiable, lo que también propiciaba que Chile fuera un gran destino para embarcar grandes cargas; tenemos fronteras porosas, con muchos pasos ilegales que permiten que llegue materia prima.

Muchos narcotraficantes y cárteles han usado Chile para lavar su dinero porque pareciera que les es sencillo constituir empresas falsas que sirven como fachadas para este fin; además de todo esto Chile hoy no es solamente un lugar de paso para la droga, tenemos un alza en el consumo impresionante, el mercado se ha ampliado.

Otra cosa es la tesis de que la revuelta social fue instado por narcotraficantes, lo que me parece que es una idea que no se sostiene por ninguna parte pero es un gran gancho para desviar la responsabilidad al enemigo natural, que es el criminal. Esto fue una forma de encontrar un culpable y deslegitimar el descontento social. Las narcoficciones lo retrataron, por cierto.

Demonio de Roberto Ampuero recoge esta tesis de que los narcotraficantes fueron instigadores. Imágenes de la muerte de Díaz Eterovic, en cambio, buceó un poco más profundo en las causas que originaron la revuelta y cómo se culpó al narco de todo lo que no tenía culpable visible.

 

«En esa desesperación por hacerse ver, hay una profunda carencia de atención por parte de los jóvenes»

—La visibilización mediática del narco chileno (de preferencia a través de las redes sociales), ¿es una consecuencia de la transculturación empujada por la presencia física en nuestras ciudades de delincuentes extranjeros como las famosas bandas dedicadas al crimen organizado el Tren de Aragua o de Los Trinitarios, de origen venezolano y dominicano, respectivamente?

—La visibilización mediática se ha producido por el auge de las redes sociales en general porque los mismos narcos han visto un potencial de difusión en ellas. Esto pasa más en México que en Chile, pero las redes sociales sirven para determinados fines, lo que trae como consecuencia lógica esta hiper visibilidad.

Instagram lo usan para mostrar los lujos, las armas, el dinero que ganan con esto; Facebook para reclutar jóvenes; Twitter para hacer alarde de alguna operación que fue exitosa, alabar a los amigos o agradecer; usan aplicaciones de citas para vender, etcétera. Eso hace que los veamos mucho más que antes.

También la prensa le ha dado mucho mayor cabida porque efectivamente las formas de crimen han cambiado y eso genera más expectación por parte de la población y una gran sensación de inseguridad porque con la llegada de la narcocultura extranjera nos enfrentamos a crímenes violentos que antes no veíamos con la misma regularidad.

Yo sostengo en el libro que también ahí, en esa desesperación por hacerse ver, hay una profunda carencia de atención por parte de los jóvenes, que necesitan verse y ser considerados como sujetos peligrosos porque han sido profundamente criminalizados y estigmatizados, entonces han usado esa visibilidad para enfrentarnos a nosotros también. Son muchos los factores que influyen y que están muy imbricados.

 

«Es fundamental crear políticas públicas para tratar el problema de las adicciones»

—La situación delictiva del narcotráfico, ¿crecerá en Chile de cara a los próximos años? ¿Consideras que se transformará o ya lo es, en un imperativo que demanda de urgentes políticas públicas de tipo médico, social y de seguridad, a fin de evitar una mayor repercusión en la legitimidad de la ya golpeada estructura estatal y gubernamental del país?

—Yo soy optimista y creo que todavía tenemos mucho por hacer para evitar que el crimen organizado en todas sus facetas siga creciendo. Es fundamental crear políticas públicas para tratar el problema de las adicciones.

Si lo enfocamos hacia una estrategia de salud y no sólo de seguridad interior podríamos tener excelentes resultados, como ha ocurrido, por ejemplo, con países como Portugal, en que incluso las drogas sintéticas están despenalizadas porque hay una preocupación genuina por el consumidor.

Ponerle fin al secreto bancario va a contribuir sin duda a que Chile ya no sea un lugar propicio para el lavado de activos. Fortalecer las políticas migratorias para evitar la migración irregular.

Incluso utilizar las narcoficciones como material educativo, como se hace en México, en que los profesores les muestran a los niños extractos de series o comentan las canciones para crear consciencia respecto a los peligros que se enfrentan al ingresar al crimen.

Muchas de estas medidas ya se están conversando, lo importante ahora es que avancen antes de que sea demasiado tarde.

 

«Para cada momento del día hay una droga que permite productivizarlo»

—¿A qué crees que se debe el aumento del consumo de drogas en el territorio nacional durante las últimas décadas? ¿Es esa demanda comercial por denominar de algún modo, el factor que fomenta y alimenta su violencia, además de la rentabilidad de su negocio? ¿Puede ser el cultivo del género dramático y audiovisual de las narcoseries, un elemento de reflexión y de persuasión que ayude a concientizar a la ciudadanía, acerca de la magnitud de esa coyuntura a la cual nos enfrentamos como sociedad?

—La oferta de drogas en Chile hoy es muy amplia. Hay drogas recreativas, para trabajar, para concentrarse, terapéuticas o místicas, para sociabilizar, etcétera. Para cada momento del día hay una droga que permite productivizarlo. Tampoco son drogas impagables, muchas de ellas son de fácil acceso.

Esto ha hecho que el consumo en Chile sea transversal, muy heterogéneo, en todas las clases sociales hay consumidores y adictos. A la vez tenemos mucha criminalización hacia el consumidor, por lo tanto no lo vemos como el problema de salud pública que es en realidad.

Por eso me parece tan importante empezar a hablar de la legalización entendiendo que debe ir acompañado de campañas fuertes de prevención. Ahí las narcoficciones efectivamente podrán cumplir un rol importante en torno a la reflexión y la concientización.

Yo recuerdo que fue muy comentado en México que en alguna temporada de El señor de los cielos (la narcoserie más vista) se trataba la adicción de la hija menor del capo. Se le dio mucho énfasis a eso, a las consecuencias para el adicto y su familia. Se generó un debate interesante respecto a las políticas públicas de salud y se criticó mucho que en México no existieran.

Por supuesto no creo que las narcoficciones vayan a resolver el tema, pero creo que pueden ser un gran material de difusión de estos temas importantes.

 

 

 

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«Narcocultura», de Ainhoa Vásquez (Editorial Paidós, 2024)

 

 

 

Ainhoa Montserrat Vásquez Mejías

 

 

Imagen destacada: Ainhoa Vásquez (por Vangelis Psaris).