«Gorriones de 1943», de León Ocqueteaux: El último lárico

El mítico libro fue publicado por Guillermo Deisler en sus Ediciones Mimbre, con el auspicio de la Universidad de Chile, sede Antofagasta, e impreso en la misma ciudad en noviembre de 1968, con un tiraje de 250 ejemplares. Igual que en la obra anterior del autor («Cuerno de caza», de 1965) el texto contiene linograbados del ya desaparecido editor y artista visual nortino encargado de la materialización del volumen.

Por Arturo Volantines Reinoso

Publicado el 2.9.2020

Tal como me sucedió con Jorge Teillier, hablé una sola vez con León Ocqueteaux (1937 – 2009). Lo llamé a Chile Chico; y, luego de una larguísima conversación, le dije que deseaba entrevistarlo. Quería preguntarle por esos mismos versos que aparecen en su obra y en la de Jorge Teillier; por su amistad con Guillermo Deisler; también, por su relación con el Norte Infinito y, fundamentalmente, por su visión sobre el “larismo”.

Me señaló, que lo llamara al día siguiente; porque me iba a mandar un pasaje en avión, para que fuera a visitarlo. No lo llamé al otro día. No lo llamé nuevamente. Me arrepiento, porque ahora sé que estaba hablando en serio. Era generoso; de fama. Era Conservador de Bienes, así que podía. Me arrepiento; no por los pasajes, obviamente, sino por la oportunidad de haber entrevistado a un desconocido y maravilloso poeta.

Gorriones de 1943 fue editado por Guillermo Deisler en sus Ediciones Mimbre, con el auspicio del Departamento de Artes Plásticas de la Universidad de Chile, sede Antofagasta; impreso en la misma ciudad, en noviembre de 1968, en edición de 250 ejemplares. Igual que su obra anterior —y como era habitual en Ediciones Mimbre— contiene linograbados de Guillermo Deisler.

El texto está firmado en La Reina, otoño de 1968. Contiene 2 epígrafes: Uno, de Demóstenes Botez, que dice: “El tiempo mudo se desliza en barca/ sobre las aguas muertas…/ se extinguieron las luces/ extrañas de la infancia/ que un día nos llamaron bajo el sol”; y otro, dedicado, igual que en el libro anterior, a María Inés, que señala: “María Inés:/ para que tú me oigas/ mis palabras/ se adelgazan a veces/ como las huellas de las gaviotas en las playas”.

Ese año, Joaquín Edwards Bello gana el Premio Nacional de Literatura, el Presidente Antonio Ríos crea la Empresa Nacional de Electricidad y un terremoto asola la ciudad de Ovalle. El mariscal Paulus se rinde al glorioso Ejército Rojo; se publica El principito de Saint Exupéry, y con la invasión del Gueto de Varsovia y la Conferencia de Teherán empieza a hacerse patente la derrota definitiva de los nazis.

En cambio, León Ocqueteaux vive refugiado en “la secreta casa de la noche [1]” con su amada, rodeado de gorriones y violines. Aún más: este es un libro de amor; amor al prójimo, a la tierra, a la memoria y al paraíso tangible e intangible donde habita el hombre; todo el larismo es un canto de amor.

Gorriones de 1943 es un poema; poemas —dice el autor—; un sólo texto, dividido en 40 partes, que en la mayoría son de una estrofa y otros pocos: de dos y de tres. También, es una selección, ya que no vienen los textos: 2, 3, 5, 7, 13, 20, 22, 25, 27 ,32, 33 y 38. O sea, sólo vienen 28 textos. Además, vienen tres linograbados; dos viñetas al final del libro y la portada, todos de Guillermo Deisler.

Son muchos poemas en un poema. Dice una nota final: “La dedicatoria, poema 5, fue autorizado por el poeta Pablo Neruda”. Pareciera que es una broma; porque, irrecusablemente, el poema 5 no aparece. Y esto aclara que, cada parte de Gorriones 1943 también son, para el autor, poemas en sí. Asimismo, son un guiño a John Keats [2].

Dado lo anterior, este texto se puede leer como una Crónica del forastero [3]. Se detecta un giro leve del larismo; un giro personal, iniciado por Ocqueteaux. Por ello, me parece un salto en su propuesta estética. Por lo mismo, es una obra dispareja; pareciera que sacrifica versos a favor de la atmósfera, donde esas pequeñas joyas brillan en la espesura del bosque. En esta obra se manifiestan los motivos láricos; partiendo, en dar, a todo el texto, un sentido de extrañeza, de añoranza y de desconcierto. Esto queda claro, en el epígrafe de Nicanor Parra que encabeza este texto o poemario —siguiendo el sentido del autor—: “Sólo la luna sabe quién soy yo”.

Su arraigo es notable: “Doña Clara, la bruja de la aldea,/ lanzando paletadas de tierra de cementerio/ al portón de su vecina enferma”(Poema 8).

Su atmósfera: “El penetrante olor de eucaliptus,/ se confunde en tu memoria/ con el de las bolitas de naftalina del arcón de los abuelos.// La noche de los forasteros.// Estuviste más de dos semanas enfermo, con fiebre alta,/ cuando escuchaste que el tren rastrero del sur/ había arrollado al único carromato/ del pobre circo ‘El Príncipe Rulkam y el Fakir Pekam’”(12).

Su conexión con sus raíces: “Un pato silvestre volando/ bajo el puente de Allipén Viejo,/ mientras a lo lejos galopaban jinetes perdidos.// Escrito en el día de los muertos.// La abuela dice en voz baja:/ Este año no tendremos qué llevarle a los muertos, las lilas como nosotros se van poniendo viejas”(19).

Su infancia en la patria genuina es una imagen que no se oxida ni se gasta; viene del pasado remoto, pero se instala imperecedero: “Don Benito Soto, el cuidador de la quinta,/ contándote historias de brujos y aparecidos,/ mientras se cocía el pan en el rescoldo.// Fotografías.// Con un caracol en la mano frente a la playa de Puerto Saavedra,/ tomando el sol en un bote abandonado,/ tratando de alcanzar un racimo de cerezas”(24).

Su magia, que siempre une al hilo y al hierro —y, como dice Borges [4], “es inmortal y pobre”—; la miseria y el desamparo con el prodigio y la inocencia: “Piel de Asno,/ era la pequeña mendiga de trenzas/ que vagaba por los trenes pidiendo un poco de comida”(30).

Su ceremonia que cobija el ethos, el lar y las tradiciones, que no sólo son añoranzas, sino memoria y patrimonio: “La madre dice:/ No silbes en los rincones de la vieja casa,/ puede aparecer el Diablo.// Así comienza un cuento.// Cuando llegan los días de invierno,/ es bueno recordar junto al fuego viejas historias”(31).

Su felicidad, en ese mundo que es la heredad, que sigue vigorosa y que le permite ser niño, ser mago y ser habitante del País de las Maravillas: “Para imitar al capitán Luna,/ te disfrazaste con una capa roja,/ que asustaba a tus hermanos más pequeños.// Poema de la Felicidad.// Llorarías de felicidad,/ si vieras otra vez, volver a tu padre del campo/ una lluviosa tarde de Invierno,/ con el morral cargado de zorzales”(37).

No es el sujeto de un hablante popular, sino de un hombre culto, que añora el que pudo haber sido y ya no es. Reniega de su elección; sin embargo, su lenguaje está plagado de culturismo universal: Reloj Waltham, Príncipe Rulkam, Perrault, Francis Jammes, etcétera. Pero, también de lugares locales: Mercado de Ancud, Río Cautín, Puente Allipén, Puerto Saavedra, etcétera. O sea, indaga e imbrica lo local con lo universal, y esto es sine qua non del barroquismo lárico.

No son estos textos alambrados, cercos del campo; pero, tampoco autopistas; tal vez, un Far West, donde todo está naciendo; creándose, añorándose de vitalidad imborrable. Esto que no está transmitido en lo representativo; huelga decir, no vale por lo que dice, sino por lo que es: habla desde el ser [5]. León Ocqueteaux Díaz ya está en el cementerio (1937—2009), pero sus versos y su magia están surcando en medio del frío y la llanura del universo.

Se acusa, con cierta liviandad, que los láricos construyeron versos poco tensos y fofos; pero no es tan así, ya que esta propuesta era que la construcción fuera hilada; un ritmo que fuera en concordancia con la fluidez de la naturaleza, como un concierto. Y esto los separa de Lihn, de Anguita y de otros. No es del preciosismo de lo que depende el arte o sólo de ese deseo pensado o inconsciente, ni siquiera de ese perfeccionismo técnico.

Lo que motivaba a los láricos —especialmente a León Ocqueteaux— no era ser moneda brillante, ni tampoco poesía envuelta en exterioridad y pirotecnia, sino de esta otra: “Jamás la poesía de la tierra se extingue:/ cuando a todos los pájaros abate el sol ardiente/ y ocúltanse en frescores de umbría, una voz corre/ de seto en seto, por prados recién segados” [6].

El propósito último de los láricos era ser en la heredad, tal como lo dice Borges en su Arte poética: “Cuentan que Ulises, harto de prodigios/, lloró de amor al divisar su Ítaca/ verde y humilde. El arte es esa Ítaca/ de verde eternidad, no de prodigios [7]”.

 

«Gorriones de 1943», de León Ocqueteaux (1968)

 

Citas:

[1]Kerouac, Jack, “Ella y yo nos escondimos en la secreta casa de la noche”.

[2]Cortázar, Julio, Imagen de John keats, Editorial Alfaguara, Buenos Aires, 1996.

[3]Teillier, Jorge, Muertes y maravillas, Editorial universitaria, Santiago, 1971.

[4]Borges, Jorge Luis, Arte poética, Emecé Editores, BuenosAires, pp. 161, 162.

[5]Jauss, Hans Robert, Pequeña apología de la experiencia estética, Editorial Paidos, España, 202.

[6]Keats, John, Sobre la cigarra y el grillo.

[7] Borges, Jorge Luis, Arte poética, Emecé Editores, Buenos Aires, pp. 161, 162.

 

 

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Arturo Volantines Reinoso nace en el barrio Borgoño (Copiapó, 1955). Reside en La Serena, (Chile), investigador del patrimonio cultural de Atacama y Coquimbo, editor y gestor cultural. Creador del Premio Lagar. Creador y presidente de la Sociedad de Creación y Acciones Literarias (SALC). Dirige la Librería Macondo, importante centro de intelectualidad en La Recova. Obtuvo Premio «Medalla Ciudad de La Serena», entregado por la Ilustre Municipalidad (2004). Estudió en la Escuela Anexa a la Normal, en el Liceo de Copiapó, y en la Universidad Técnica del Estado, sede de Antofagasta.

Trabaja un proyecto literario de largo aliento llamado «La Nación Atacameña». Ha publicado libros de poesía y como editor una treintena; e incluido en diversas antologías nacionales de poesía. Ha realizado lecturas en América y Europa. Ha sido traducido a varios idiomas. Entre ellos: inglés, francés, árabe, etcétera.

 

Ilustración de Guillermo Deisler en «Gorriones»

 

 

Grabado de Guillermo Deisler en «Gorriones»

 

 

Obra de Guillermo Deisler en «Gorriones»

 

 

Arturo Volantines Reinoso

 

 

Imagen destacada: Benito Naín y León Ocqueteaux (foto de Pedro Jara).