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“Sapo”, reo de nocturnidad

La pieza audiovisual de Juan Pablo Ternicier es un ejercicio histórico de representación cinematográfica, que en Chile todavía se encuentra en ciernes: la exploración contemplativa de nuestro pasado reciente, a través del foco de una cámara. Sobresalen la actuación protagónica de Fernando Gómez-Rovira, la presencia latente y por instantes de la sugestiva música incidental, y la creación de ambientes propiciada por la dirección de arte y escénica.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 11.2.2018

“¡Si alguien me quisiera matar! Me metí en política, estoy plantado en actitud de atleta de la letra impresa contra la Junta que gobierna mi país, insulto a lado y lado, me invento itinerarios morales, me dirijo: según las horas, a un café, a un parque, a una librería, para eso, por si me matan por casualidad, por probar que puedo darle fin, al menos, a la vida; y que por lo tanto vivo”.
Armando Uribe Arce, en El criollo en su destierro

El cénit de la carrera profesional del reportero Jeremías Gallardo (el actor Fernando Gómez-Rovira) fue su cobertura del fusilamiento por pena de muerte, durante el mes de enero de 1985, de los llamados “Psicópatas de Viña del Mar”: la condena padecida por los ex carabineros Jorge Sagredo Pizarro y Carlos Topp Collins, derivada de los múltiples asesinatos cometidos por éstos a principios de esa década. El periodista del ficticio Canal 12 de televisión (cuyas oficinas estaban presididas por vistosas cruces cristianas), presenció y relató minuto a minuto el ajusticiamiento (el último de ese tipo ocurrido en Chile), sufrido por los otrora uniformados. Se trató de un caso policial que impactó al Chile de la época.

Tímido y observador (en apariencia), Gallardo llegó contratado a la simbólica estación televisiva en 1979, para luego ir escalando posiciones y visibilidad mediática, hasta ser reconocido en la calle por los telespectadores que le seguían. La narración cinematográfica se traslada de uno a otro instante (el inicio de su trayectoria laboral en Canal 12), para alcanzar ese momento que coincide con el comienzo de su dubitativa vida familiar con la secretaria del citado medio de comunicación.

Esa forma de contar mediante secuencias, a través de saltos temporales y espaciales, y la creación de un ambiente escénico lúgubre, oscuro, tenso (“el peso de la noche”, diría Diego Portales), dramático en exceso en algunos pasajes de la trama, coronan el esfuerzo artístico y creativo de Juan Pablo Ternicier, conocido anteriormente por dirigir “03:34 terremoto en Chile” (2011), de concebir con “Sapo” un producto audiovisual y simbólico que refleje con atención y detalles, al país irreconocible de ese período. Montaje y guión se manifiestan engarzados en una propuesta literaria que difícil, complicada de llevar a cabo, algo pretenciosa, jamás se desploma bajo los términos de la incoherencia o de la incomprensión.

El sin sentido de la existencia de Jeremías Gallardo, amortiguada por el abuso del alcohol y del cigarrillo, evidencian la anormalidad de un pasaje histórico del país, luego del traumático quiebre de 1973: toques de queda, censura en los medios de comunicación, el extraño silencio de las calles en pleno fragor nocturno y sexual. El relato trascendente de los hechos, en efecto, transcurre fuera de foco, pero con Gallardo en el centro de la escena: tanto el fusilamiento de los psicópatas de Viña, el anuncio del Plebiscito constitucional de 1980 oído por él en una conversación casual, el montaje de la calle Conferencia (sólo se escuchan balas y gritos), hasta esa denuncia vil que cubierto por un pasamontaña, el delator y soplón sapo, ya en condición de atributos, efectúa en contra de sus compañeros de labores profesionales.

Ese error de continuidad narrativa, menor, sin embargo, le resta credibilidad al arriesgado libreto del “Sapo”: el caso Conferencia en la Estación Central ocurrió en el lejano 1976…, y Gallardo en esta trama recién comenzó con su ejercicio profesional en Canal 12 a fines de esa década, y el filme cubre con las dichas interjecciones o flashback el lapso que trascurre desde 1979 hasta 1985.

Pero en fin. Es sólo un detalle.

Todavía así, y llena de claves artísticas y sociológicas, el delineamiento del personaje interpretado por Fernando Gómez-Rovira se aúna con la precisa, sencilla y eficaz puesta en escena de época desplegada por el equipo creativo: un par de calles antiguas en los barrios del poniente de Santiago (de la comuna de Estación Central), una carretera interprovincial que asemeja la antigua Ruta 68 de una sola vía principal, dividida en dos direcciones, el túnel Lo Prado, y el resto: la calle Londres, vetusta, cruel, de la capital (que cobijaba un reconocido cuartel de los servicios de informaciones y de represión del régimen) y el cono urbano de Viña del Mar y Valparaíso siempre de noche, idénticos y fácilmente reconocibles ahora y en los años ’80.

El rol de Jeremías Gallardo (Gómez-Rovira) se inserta en la tradición del soplón velado por el poder y la autoridad, clásicas en el cine y la literatura hispanoamericanas, sacudida por las dictaduras militares de la segunda mitad del Siglo XX. Pero las intenciones de Juan Pablo Ternicier van más allá: inclusive en ese viaje desde la Quinta Región hasta Santiago, a fin de poder asistir al parto de su primogénito, ese traslado adquiere las connotaciones de un desplazamiento que desenreda la noche y los núcleos sicológicos y biográficos del periodista y delator. Sus complejos, sus miedos, sus traumas amorosos y sexuales, su soledad torcida, la debilidad viril y la envidia impotentes que manifiesta ante Santiago (Mario Horton), su colega en la sección de Política y Tribunales de Canal 12.

El gran acierto de “Sapo” (2017) deviene en el retrato de un fresco social fiel al temor y la adhesión que generaron el régimen de Augusto Pinochet, en un amplio sector de la población civil chilena, que se sometió tranquila y agradecida al castigo y a la vigilancia ofrecida por ese simbólico gendarme.

Título importante en la forja de un género de ficción “político” para la industria nacional, el segundo crédito de Juan Pablo Ternicier es una obra inteligente que utiliza con estrategia simples y eficaces, elementos dramáticos profundos, de evidente significancia, como lo son el silencio (el no-diálogo) y el uso de la oscuridad vespertina a fin de simbolizar la ocurrencia de actividades prohibidas, ocultas, acontecidas por obligación en voz baja y fuera de la visibilidad del foco intruso y revelador de una cámara. Ejemplo de la audacia y de la elaboración del nuevo cine latinoamericano, la estética de este título chileno, recurre a otro filme de data reciente, situado en paralela época de la historia política contemporánea argentina: a “La larga noche de Francisco Sanctis” (2016), de los realizadores trasandinos Francisco Márquez y de Andrea Testa.

Largometraje de autor, la atrayente música incidental de debe al mismo director y a la firma de Andy Casablanca: la cinta podrá apreciarse este lunes 12 de febrero, a las 15:00 horas, en el Cine Arte Normandie de la capital.

 

Los actores Mario Horton (Santiago) y Fernando Gómez-Rovira (Jeremías), estelarizan y protagonizan respectivamente el filme «Sapo» (2017), del director chileno Juan Pablo Ternicier

 

Tráiler:

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