[Crónica] «Entre caníbales»: La embriaguez del viaje

En recordarnos que el mundo no es un lugar ordenado ni comprensible, sino un territorio vasto, contradictorio y a ratos insoportable, es que reside la mayor virtud del texto de memorias «extremo» del debutante escritor y experimentado camarógrafo chileno, José Luis Nauto.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 18.4.2026

Alguien trajo para José Luis Nauto Robbe (1964) el regalo de un patronímico adecuado a su destino de viajero impenitente, porque yo transformo de inmediato esas dos sílabas en «nauta», cuya acepción describe a quien navega o explora, primero, como tripulante de la mítica nave Argo, y luego en las diversas categorías del hombre curioso en movimiento perpetuo, sea por aire, mar o tierra.

Pues hay hombres que viajan para conocer el mundo, y otros que, sin proponérselo, terminan revelándolo. José Luis Nauto pertenece a esta segunda estirpe: no la del turista, ni siquiera la del cronista clásico, sino la del testigo que avanza con una máquina al hombro, sabiendo que lo que está en juego no es la imagen, sino la vida misma que la sostiene. Su libro no es un catálogo de destinos; es una travesía en la que la cámara se vuelve brújula moral, y el miedo, una forma de conocimiento, más que una defensa controlada.

Desde su origen en el sur de Chile, en esa «línea sin nombre» azotada por truenos y viento, hay ya una prefiguración del destino. No se trata solo de una infancia rural, sino de una iniciación: la naturaleza como primera escuela, el peligro como compañía cotidiana, y la imaginación poblada de mitos —la Gauda, los bosques, el río— que más tarde se encarnarán en selvas reales, tribus remotas y ceremonias incomprensibles.

Nauto no abandona ese mundo; lo expande. La televisión aparece entonces, no como oficio, sino como vehículo.

En Televisión Nacional de Chile, entre cables, lentes y disciplina técnica, se forja una ética: la de quien sabe que cada plano exige algo más que pericia. La cámara no es un instrumento neutro. Es un cuerpo expuesto. Es una provocación. En manos de Nauto, se transforma en un objeto casi ritual: una herramienta capaz de abrir puertas, pero también de desatar violencias.

Aún no sabemos las razones técnicas o estéticas por las cuales el ojo del fotógrafo traspasa a la imagen la marca de su personalidad, la impronta de una suerte de estilo individual y único.

 

Una observación física, casi dolorosa

Lo que sigue es una geografía del límite. El Amazonas, el Nilo, el Orinoco, Papúa, India. Lugares que no aparecen como escenarios exóticos, sino como territorios donde la condición humana se muestra sin intermediación. Hay un rasgo que se repite: la cercanía con la muerte. No como espectáculo, sino como presencia constante.

En las ceremonias africanas, en los ritos funerarios de la India, en las tribus donde la vida y la muerte conviven sin el filtro de la civilización occidental ni de sus temores atávicos ante el posible cruce de la frontera final.

Con todo, es ahí donde el libro adquiere su verdadera dimensión. Porque Nauto no juzga. Observa. Y esa observación, lejos de ser distante, es física, casi dolorosa. Se mete al agua con pirañas, se interna en selvas donde la amenaza no es abstracta, sino concreta: una flecha, una enfermedad, un error.

Y, sin embargo, nunca abandona la mirada. Hay en él una obstinación que recuerda a los viejos navegantes: avanzar aun cuando no hay garantías de regreso.

El episodio con los Kombais sintetiza esta lógica. Rodeado por una tribu que no distingue entre enemigo y alimento, la tensión no es narrativa, es existencial. La cámara —ese objeto incomprensible para los otros— se vuelve más peligrosa que un arma.

Pero es precisamente esa cámara la que permite que el encuentro ocurra. Nauto no conquista el territorio; lo atraviesa. Y en ese tránsito se expone a ser leído, interpretado, incluso destruido si los dioses enigmáticos deciden abandonarle.

Hay, además, un elemento menos evidente pero igual de determinante: la soledad. No la del viajero romántico, sino la del hombre que sabe que cada experiencia es, en última instancia, incomunicable. Puede filmarla, registrarla, incluso narrarla.

Pero no puede transferirla. De ahí que el libro tenga momentos de introspección, en los cuales el relato se vuelve más íntimo: la familia, el hijo, la madre que reza a distancia. Es el contrapeso necesario. Sin ese vínculo, el viaje se disolvería en pura deriva.

 

Supera cualquier artificio literario

Y es en ese punto cuando la obra se separa de la tradición del relato de aventuras. Daniel Defoe construía islas para hablar del hombre civilizado enfrentado a la naturaleza. Stevenson narraba el viaje como transformación moral. Conrad exploraba la oscuridad interior a través del desplazamiento físico. Goethe buscaba refrendar su ética y estética del mundo en los territorios que iba descubriendo para su quehacer literario.

Nauto, en cambio, no busca el subterfugio de la ficción. Su materia prima es la realidad, pero una realidad que, en su crudeza, supera cualquier artificio literario.

Lo notable es que, pese a esa intensidad, no hay épica grandilocuente. Hay resistencia. Hay oficio. Hay una ética silenciosa que se manifiesta en decisiones concretas: cuándo grabar y cuándo no, cuándo acercarse y cuándo retirarse.

En un mundo donde la imagen suele banalizarlo todo, Nauto recuerda que mirar también implica responsabilidad.

Al final, lo que queda no es la suma de viajes, sino una forma de estar en el mundo. Un modo de habitar la incertidumbre, de aceptar que el conocimiento no siempre trae consuelo, y que la belleza puede coexistir con la brutalidad. Su crónica es, en ese sentido, un acto de honestidad: no promete respuestas, pero obliga a mirar.

Y quizás ahí reside su mayor valor. En recordarnos que el mundo no es un lugar ordenado ni comprensible, sino un territorio vasto, contradictorio y, a ratos, insoportable. Un territorio que solo algunos se atreven a cruzar con los ojos abiertos.

 

 

 

 

 

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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas biográficas Memorias transeúntes.

Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

 

«Entre caníbales», de José Luis Nauto (Editorial Dhiyo, 2026)

 

 

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: José Luis Nauto Robbe.

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