[Ensayo] «Chiloé y Galicia»: Una cartografía del espíritu

En estas páginas —que se presentan el próximo miércoles 14 de octubre en la Casa del Escritor de Santiago— el Atlántico europeo y el Pacífico insular se funden en una misma orilla conceptual: aquella donde la palabra comunitaria, la memoria oral de la estirpe y la ética del amparo mutuo se erigen como los últimos y más hermosos refugios de la resistencia cultural.

Por Cristián Montes Capó

Publicado el 10.10.2026

El libro Chiloé y Galicia. Confines míticos (2026) de Edmundo Moure Rojas (1941) se concentra en dos ámbitos geográficos y culturales que, aun estando muy distantes en el mapa, comparten un entramado profundo de afinidades y semejanzas.

Con todo, estas convergencias abarcan desde las analogías climáticas y las texturas de la tierra —el paisaje lluvioso, el mar encrespado, la flora, la fauna y el color de las montañas— hasta los aromas de la cocina, la particular sonoridad del habla popular, las prácticas litúrgicas que animan las costumbres y los misterios ancestrales que subyacen a la dinámica cotidiana.

Moure se inserta en estos dos espacios, reales y a la vez imaginarios, para hacerlos dialogar fluidamente. En el caso de Galicia, este vínculo posee además una raíz entrañable: antes de conocer físicamente la tierra gallega, el autor ya la habitaba a través de las evocaciones de su padre, de la lengua escuchada en las reuniones familiares y de las lecturas que nutrieron su juventud.

Desde las primeras páginas de la obra, se evidencia la relevancia y la directa incidencia que tiene la figura de Renato Cárdenas en la génesis de este proyecto. Esta complicidad se manifiesta no solo en el diálogo y el contrapunto permanente que se establece entre las voces de Moure y de Cárdenas, sino también en la íntima conexión de sus visiones de mundo, sus saberes compartidos y la mutua admiración intelectual y afectiva que se profesan.

A poco de iniciar la lectura de Chiloé y Galicia, el lector constata que se encuentra ante una investigación erudita y rigurosamente informada. Sin embargo, lejos de caer en el academicismo rígido, esta erudición se despliega en un lenguaje accesible, de prosa fluida y adjetivación nítida; una cualidad estilística que ayuda a que la lectura del volumen sea tan atractiva como sugerente.

 

Las raíces originarias y el sustrato pagano

Para el autor de este libro resulta fundamental abordar la historia de Chiloé desde sus orígenes. Apoyándose en el texto El casi ignorado pretérito de Isidoro Vázquez de Acuña (1982), donde el historiador analiza cómo, durante siglos, Chiloé funcionó como el último gran bastión y centro de operaciones de la Corona española (lo que le otorgó un control territorial y administrativo masivo), Moure da cuenta de las primeras corrientes migratorias que poblaron el archipiélago, como los chonos y huilliches, describiendo sus costumbres y el modo en que su cultura comenzó a fusionarse con la vertiente hispánico-católica.

Si bien a partir del siglo XVI los habitantes isleños empezaron a adoptar una nueva visión de mundo que alteró profundamente sus ancestrales concepciones religiosas y dinámicas cotidianas, el proceso no fue unidireccional.

Moure coincide con los investigadores locales al señalar que, tanto en Chiloé como en Galicia, la Iglesia Católica no logró extirpar por completo las fuertes raíces paganas y las creencias animistas que, ligadas a una enconada lucha por la supervivencia en la naturaleza, constituyen la idiosincrasia popular hasta el día de hoy.

 

La evangelización como inserción y resistencia cultural

En este escenario de transformaciones, Moure analiza el impacto de las órdenes religiosas —los misioneros franciscanos y mercedarios establecidos desde 1568, y la posterior impronta de los jesuitas—. En sintonía con la historiografía local, el autor destaca que la labor de estas comunidades estuvo estrechamente vinculada a la dignificación del nativo, desmarcándose de las dinámicas opresoras de los colonizadores civiles.

Así, esta presencia religiosa, sostenida en una tensa disputa con el poder político colonial, implicó una fluida inserción en el tejido social indígena.

Un ejemplo excepcional de esto fue la política jesuita de aproximación lingüística, consistente en adoctrinar a los nativos en sus lenguas originarias; un enfoque que operó como un mecanismo de resistencia que contuvo la asimilación e imposición inmediata del castellano y logró refrenar las violencias y abusos sistémicos de la época.

 

Las fuentes históricas y el símbolo del sincretismo Galicia-Chiloé

Para sustentar esta mirada exhaustiva, Moure recurre a los cronistas e investigadores que mejor han descrito la identidad insular. Remite, en primer lugar, al testimonio escrito más antiguo: la Descripción historial de la provincia de Chiloé (1791) del padre Fray Pedro González de Agüeros, quien realizó un examen minucioso del archipiélago, sus dificultades geográficas y su idiosincrasia.

Asimismo, cita a figuras clave como Narciso García Barría y su emblemático Tesoro mitológico del archipiélago de Chiloé (1969), para profundizar en la sencilla pero fascinante cosmogonía de la isla.

El punto cúlmine de este cruce de caminos lo encarna el sacerdote gallego Fray Hilario Martínez. A fines del siglo XVIII, Martínez trasladó desde Santiago de Compostela hasta el archipiélago la imagen y la devoción del Nazareno de Caguach. Esta festividad, eje central de la religiosidad patronal isleña, se convierte según Moure en un testimonio ejemplar, pues representa de manera elocuente la simbiosis, el sincretismo y los lazos indisolubles entre Galicia y Chiloé.

 

El diálogo creativo entre Moure y Cárdenas

La dimensión mítica que nutre ambos imaginarios se expresa a través de un marco contextual privilegiado, como es el caudal de experiencias y lecturas compartidas entre Edmundo Moure y el investigador chilote Renato Cárdenas.

Desde esta perspectiva conjunta, el universo mitológico no se concibe como un mero conjunto de fábulas, sino como una viga maestra de la identidad y el imaginario popular, donde las visiones de Chiloé y Galicia entran en un diálogo profundo y constante.

 

El paisaje animista y la herencia de la tierra

Para ambos autores, la geografía es el fundamento indispensable del mito. La naturaleza de Chiloé incide directamente en la facultad imaginativa del isleño, alimentando un culto y una veneración por los fenómenos naturales propios del animismo.

En este entramado, la tierra, el mar, las playas, los bosques y las oscilaciones de las mareas son componentes ligados de forma indisoluble a la supervivencia material de la cultura insular. Asimismo, esta profunda conexión con el entorno se vincula directamente con una herencia ancestral de la etnia mapuche-huilliche, la cual sacraliza el territorio y entiende que lo humano y lo natural forman parte de un mismo tejido vivo.

 

Tópicos cotidianos y el sentido social del bestiario

Esta relación con lo invisible se traduce en la vida diaria a través de un conjunto de tópicos míticos que gobiernan la cotidianidad chilota (y que encuentran su espejo en la Galicia rural). Entre ellos destacan la figura del brujo (siempre presente en el devenir comunitario), el tiempo y la luna como reguladores cruciales de los ciclos productivos, las siembras y las mareas, el ritual del trabajo y el amor en sus diversas y muchas veces problemáticas dimensiones.

Finalmente, Moure concretiza con ejemplos esta cosmogonía, realizando un riguroso catastro de 29 entes míticos, describiendo sus atributos y su funcionalidad dentro de la estructura simbólica regional. En este bestiario sobresale de forma paradigmática la leyenda de El Caleuche.

Lejos de verlo solo como un barco fantasma y leyenda del terror, el autor lo interpreta desde una aguzada clave antropológica, esta es: que través de dicho mito el chilote proyecta su disposición a enfrentar el enigma del más allá y de la muerte, pero desde una actitud gregaria y colectiva, donde el miedo se sobrelleva en comunidad.

 

El matriarcado y el concepto de «matria»

Otra de las convergencias esenciales entre ambas culturas es la manera en que —a pesar de las transformaciones de las últimas décadas— sus estructuras sociales se afirman sobre una concepción matriarcal. Este fenómeno, según observa Moure, posee un fundamento anclado en el mito de la Tierra Madre, pero responde también a urgencias históricas y materiales, como las migraciones masivas de los hombres gallegos hacia las grandes urbes o el extranjero.

Es en este escenario de ausencias donde se fortalece el concepto de «matria», una noción que emerge «por oposición al vocablo Patria, con toda su carga de opresivo dominio viril». En Galicia, este sustrato ha resultado vital, puesto que la figura femenina se erigió como el pilar fundamental que posibilitó la preservación y pervivencia de la lengua gallega frente a los embates de la historia oficial.

Por otra parte, tanto la mujer gallega como la chilota operan como las principales transmisoras de los valores morales y de los códigos que regulan la vida cotidiana. Sin embargo, como bien advierte Moure, estas mismas reglas son, paradójicamente, representativas de una enquistada cultura patriarcal.

De este modo, la comunidad chilota acepta y reproduce esta ética contradictoria; una tensión que se vuelve igualmente válida para los australes territorios de la Nueva Galicia.

 

La muerte cotidiana y la cultura de la comensalía

Además de detallar las costumbres de estas latitudes, Moure se concentra en su vinculación con la muerte, cuya ineludible presencia deviene un culto que irradia e impregna toda actividad humana. La Iglesia Católica, con su denso entramado de ritos, y la persistencia de un paganismo ancestral confluyen en una amalgama donde la fe se expresa y consolida. Lejos de manifestarse como un tránsito lúgubre, la muerte se integra en la cotidianidad de los personajes como un puente orgánico entre dos mundos. A través de esta sensibilidad mestiza, los relatos adquieren su atmósfera más íntima, transformando el duelo en un rito de memoria y pertenencia donde lo sagrado y lo profano conviven con absoluta naturalidad.

Tales “expresiones de comensalía” se desarrollan en Galicia en hitos como el ciclo agrícola, los quehaceres domésticos, los ritos de transición y el ciclo festivo (la malla, el deshoje del maíz, el acarreo o la fiesta del lino). En estos espacios de labor compartida, el esfuerzo físico se transmuta en celebración y la comunidad se reconoce a sí misma. El autor logra capturar esta vitalidad rural no como un cuadro estático del pasado, sino como una reserva de humanidad y resistencia cultural que dialoga, de manera sutil pero profunda, con los códigos de la otra orilla que compone este volumen.

En lo que respecta a Chiloé, el valor de la solidaridad se expresa de forma nítida en la función comunitaria del fogón hogareño. Tal como ocurre en las casas de la Galicia rural, éste deja de ser un mero espacio físico para convertirse en el refugio privilegiado de la palabra y la transmisión oral. En el calor de ese fuego compartido, al igual que en el esfuerzo épico de la minga, se revela aquí que la distancia geográfica se difumina cuando los pueblos comparten una misma ética del amparo mutuo. Moure nos recuerda que en ambos confines habita una certeza inquebrantable: “nadie se salva solo”.

 

Religiosidad popular y sincretismo

El fenómeno de la religiosidad popular como elemento coincidente es subrayado por Edmundo Moure como una vía de apertura hacia otros niveles de realidad y conocimiento. En el caso de Galicia, estas manifestaciones permiten apreciar la simbiosis entre el culto católico y los ritos paganos, donde la devoción a las divinidades terrestres exhibe un panteísmo que tensiona las enseñanzas tradicionales del cristianismo. Así, la propensión dionisíaca entra en constante contrapunto con el fervor católico y, a la inversa, la festividad religiosa deriva casi siempre en una gozosa exaltación de los placeres carnales.

Al abordar las celebraciones típicas de Galicia, Moure destaca ritos como la romería, el culto a las ánimas y, de manera primordial, la Santa Compaña, una de las expresiones más profundas del sentir gallego ante el tránsito de la muerte. Asimismo, resulta notable la pluralidad de devociones que conserva su ruralidad, para cuya gente los astros y los demás elementos cósmicos están regidos por una fuerza superior que se manifiesta tanto en el macrocosmos como en los ritmos domésticos de la vida cotidiana.

En lo relativo al Chiloé cristiano, Renato Cárdenas establece que la proliferación de cristos, santos y vírgenes -con sus variados nombres y atuendos- constituye la base de las más de doscientas fiestas patronales que se suceden en el archipiélago durante el año. En ellas subyacen los contenidos esenciales del guillatún, la máxima función religioso-popular de los pueblos originarios. Este sincretismo es, según Moure: “fruto del proceso de transculturación de rituales seculares de Galicia que se enraizaron y extendieron a lo largo y ancho del archipiélago de Chiloé, renovándose hoy con fervorosa continuidad por los pueblos y aldeas de sus innumerables islas (…)”.

 

El fenómeno sonoro y el archipiélago acústico

Otra notable afinidad se manifiesta a partir de la centralidad del fenómeno sonoro, elemento que impregna la cotidianidad de ambos territorios. Esta trama acústica germina en el habla popular, descrita por el autor como un verdadero “manantial de sonidos”. La palabra hablada en Galicia sostiene un lazo umbilical con su entorno material (la lluvia, el viento, la flora y la fauna), develando una doble operación: la humanización de la geografía a través de la voz y, simultáneamente, la impronta del paisaje en la experiencia humana.

De manera homóloga, el espacio chilote evidencia una profunda ligazón con lo acústico. Este “archipiélago sonoro”, moldeado por el susurro del viento, el mar y la lluvia, abarca desde el canto de las aves” -a quienes Moure define como “los grandes músicos del archipiélago” hasta el rítmico batir de los remos o el rumor de las frondas boscosas; ecos vitales que resisten a ser clausurados por la irrupción tecnológica de la modernidad tardía. Es justamente este espesor acústico el que refrenda un axioma fundamental de la isla formulado por Renato Cárdenas: “La naturaleza nunca está en silencio”.

 

El refranero popular: Escepticismo gallego y magia insular

Una coordenada adicional en esta cartografía de convergencias se traza alrededor del refranero popular. Para iluminar este punto, el autor recurre al periodista Xavier Costa Clavell, quien en su libro Los gallegos (1970) argumenta que el refrán se inscribe en el saber colectivo como un depósito de costumbres, mitos y tradiciones identitarias. Moure complejiza esta veta al rastrear el cobijo ontológico de estas fórmulas verbales, las cuales actúan “ofreciendo siempre ese apoyo que el hombre común busca, a menudo inconscientemente, en la memoria oral de su estirpe”. Esta herencia lingüística, materializada en un vasto inventario de más de diez mil aforismos, ha modelado en Galicia -a decir de Moure- “una visión escéptica del mundo, atenuada por una leve esperanza reflejada en el humor, que logra contrarrestar a los poderes externos hostiles y abusivos”. El imaginario de Costa Clavell describe cómo esta codificación afecta la vivencia del tiempo, señalando que los astros y sus avatares no actúan como meras referencias climáticas, sino como descifradores del destino humano, confiriendo una presencia casi mística a la niebla y al viento omnipresentes.

Al examinar la contraparte insular, se constata que un caudal significativo de este refranero migró al continente americano, donde experimentó una aguda traducción cultural para adecuarse al contexto chilote. Sin embargo, Moure advierte una distancia heurística entre ambos corpus: a diferencia de la matriz gallega, el refranero de Chiloé comparece como “un manual de pensamiento mágico y creencia popular”. Esta condición devela una sensibilidad marcadamente poética hacia el territorio, atravesada por un halo de fatalismo que el autor asocia directamente con el temperamento y la cosmovisión del sustrato indígena local.

 

El reverso de la modernidad: brujería y la Recta Provincia

Finalmente, otra profunda afinidad que se aprecia en el patrimonio folclórico de ambas latitudes es el fenómeno de la brujería, el cual revela la persistencia de estructuras de pensamiento ancestrales en las fisuras de la modernidad. Moure examina la crónica esotérica de Galicia, cartografiando los procesos judiciales en torno al “delito de brujería” y tipificando a sus agentes -desde la sanadora hasta la voladora-. Así, desentraña los signos de reconocimiento, los ritos de pasaje y la construcción de la bruja como alteridad anticristiana y encarnación simbólica del mal.

En cuanto a Chiloé, el escenario local devela la enorme gravitación que tuvo la llamada Recta Provincia, una hermética sociedad que gobernó las sombras del archipiélago desde las postrimerías del siglo XVIII hasta los albores del siglo XX. Lejos de reducirse a un mito, esta cofradía operó como un dispositivo de poder real y un tribunal paralelo encargado de administrar justicia y mitigar abusos, habitando una ambivalente frontera legal signada por conflictos e infracciones imposibles de procesar para el aparato judicial del Estado chileno.

En las últimas páginas del libro, el autor recrea imaginariamente un diálogo que evoca el arraigado hábito chilote de la conversación al calor del fogón. En ese espacio de intimidad se encuentran Renato Cárdenas, don Tono y Micaela Souto, una enigmática periodista y escritora gallega radicada en Chile desde hace largo tiempo. En medio de una atmósfera física y sicológica donde el tiempo parece suspendido, los personajes trenzan una conversación cuyos ejes temáticos sintetizan las ideas-fuerza que han recorrido todo el volumen, es decir: la presencia del más allá, las potencias primordiales del fuego y del agua, el sustrato del matriarcado, el amor, el misterio de los brujos, las meicas y los curanderos, así como la agudeza del humor y trascendencia última del lenguaje.

 

Conclusiones

Chiloé y Galicia no solo instruye de manera sabia y amena acerca de los vínculos existentes entre Galicia y Chiloé, sino que también se erige como un acto de restitución poética y antropológica de dichos lugares. A través de la nutrida información que el autor despliega, en íntima alianza con el legado de Renato Cárdenas, el archipiélago chilote y el territorio gallego dejan de ser confines periféricos para revelarse como espejos de una misma condición humana primordial.

Al trenzar el sincretismo religioso, el espesor de sus paisajes sonoros, el cobijo de la “Matria” y la indómita persistencia de sus mitologías frente al avance desmitificador de la modernidad, el libro de Edmundo Moure demuestra que la geografía real cede ante una cartografía del espíritu.

En estas páginas, el atlántico galaico y el pacífico insular se funden en una misma orilla conceptual: aquella donde la palabra comunitaria, la memoria oral de la estirpe y la ética del amparo mutuo se erigen como los últimos y más hermosos refugios de la resistencia cultural.

 

 

 

 

 

 

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Cristian Montes Capó es doctor en literatura y profesor de la Universidad de Chile.

 

Este miércoles 14 de octubre se presentará el libro «Chiloé y Galicia. Confines míticos» en la Casa del Escritor

 

 

 

«Chiloé y Galicia. Confines míticos» (2026)

 

 

 

Cristián Montes Capó

 

 

Imagen destacada: Edmundo Moure Rojas.

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