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«Parasite» («Parásitos»): El drama y el «olor» de la pobreza moderna

El filme del realizador surcoreano Bong Joon-ho ha sido la gran vedette audiovisual de la presente temporada, donde ha obtenido los premios más importantes que entrega la industria cinematográfica a nivel mundial, y quizás ello se deba a la disección artística (y poética) que su director hace de las diversas y antagónicas clases sociales, en los tiempos de la tecnologizada contemporaneidad asiática.

Por Aníbal Ricci Anduaga

Publicado el 15.7.2020

La naturaleza se comporta diferente en presencia de los distintos grupos sociales, no los permea de la misma manera. El conflicto detonará por las diferencias de clase, pero el director hurgará profundo y expondrá un prisma de interrelaciones entre una familia acomodada y otra de origen más vulnerable.

Una expresión de la naturaleza será la lluvia. Para los Park resulta una bendición, el cielo azul gracias al aguacero del día anterior, les permitirá realizar una barbacoa junto a los amigos. La casa nunca tendrá goteras y una imagen panorámica los muestra observando como su hijo capea la lluvia en una tienda de campaña. Para esta familia lo relativo al agua es un juego, en cambio, para los Kim representa otra versión del diluvio universal, donde la lluvia ha anegado las alcantarillas y los tiene literalmente nadando entre la mierda. Para los Park es sólo un suceso climático, para los Kim un evento que los pone en su lugar, la naturaleza les enrostra su pobreza, los Kim pierden todos sus bienes y terminan durmiendo en un albergue. Lo descrito es el primer cataclismo a que nos enfrenta la película, en todo el resto se encargará de jugar con nuestras convicciones.

Bong Joon-ho nos divierte mediante las artimañas con que los Kim han sometido a la familia Park. «Esta familia es tan crédula… es amable porque es rica», es una declaración burlesca ante la poca sagacidad de los Park, los han embaucado haciéndose pasar por personas acostumbradas a lidiar con la clase alta. El hijo de Kim las hace de profesor de la hija de los Park, la hermana se hace pasar por terapeuta de arte, el padre de chofer experto y la madre por una distinguida ama de llaves.

Los Park no se enteran de que estas cuatro personas pertenecen a una misma familia y de alguna forma se dejan influenciar siguiendo sus indicaciones. Hay ingenuidad por parte de ellos y los Kim se roban la mitad del visionado con sus ocurrencias para sacarles dinero. Pero no hay condescendencia hacia la familia de escasos recursos, se los retrata con sus virtudes y defectos. Humaniza a los Kim, para luego degradarlos y compararlos con cucarachas que brotan del subsuelo.

A los Park, en cambio, los muestra ingenuos al principio, para luego desenmascarar su naturaleza egocéntrica y clasista. El «olor a pobre» (hedor que se percibe en los trenes) incomoda a los Park cuando viajan en el asiento trasero del Mercedes Benz. El magnate lo aguanta debido a que el Sr. Kim (chofer) nunca «cruza la línea». En efecto, existe una línea imaginaria que separa ambos mundos y ese simple detalle desatará la tragedia.

La película nos impone símbolos. Este director coreano maneja el lenguaje cinematográfico con precisión. Abundan planos expresionistas para dar cuenta del estadio social que retrata en cada toma, el uso de la música clásica y popular es muy acertado. La primera hora pareciera una comedia sin dobles intenciones, muy lúdica, alejándose del cine del japonés Hirokazu Koreeda que el año 2018 ganó la Palma de Oro en Cannes con su película Shoplifters.

En lugar del drama de pobreza del japonés, Bong Joon-ho es más moderno en su tratamiento (tanto temático como estético) llevando a los personajes por una montaña rusa muy bien urdida, con giros de guion que convencen por su realismo y donde cada escena aporta profundidad al conflicto de clases. Ambas cintas abordarán ribetes policiales y judiciales, pero donde Koreeda expresa una sola dualidad interpretativa, el coreano nos bombardea con múltiples aristas que se disparan una tras otra, cruzando géneros narrativos e incluso superponiéndolos.

Por ejemplo, mientras el hijo de Kim se recupera en el hospital, todas las personas y sucesos (detective, doctor, asesinato) le resultan divertidos. Especie de Alex (La naranja mecánica, de Stanley Kubrick) cuyo tono jocoso ante los desgraciados incidentes (el hijo también es liberado por la justicia) es contrastado por el mensaje que emite el noticiario: el padre, prófugo de la justicia, ha desaparecido…

Ahí es donde el largometraje da otro vuelco hacia la búsqueda de algún sentido para la ambición desmedida. La voz en off del hijo de Kim contradice al padre: «Papá, hoy he formulado un plan». Se trata de un racconto (escena narrada en tono poético) sobre sucesos que podrían desarrollarse en el futuro. El director lo impone como verdad al espectador y da luces de que para escapar de la pobreza hay que trazar un plan de vida. Los ricos podrán distraerse con esnobismos, pero los pobres no pueden darse ese lujo (la sociedad los aplastará como cucarachas). Bong Joon-ho lo plasma de manera elegante: por primera vez el hijo de Kim revierte sus recorridos descendentes y escala una montaña nevada para reconocer los esfuerzos de su padre para salir de la pobreza.

Ya no es un asunto para la risa, sino un punto de partida. Formará una familia y amasará fortuna, para comprar la casa del Sr. Park y rescatar al padre prófugo. «Todo lo que debes hacer es subir las escaleras», le escribe al padre, anunciando que ellos también pueden disfrutar de la luz que perciben los ricos. La cámara desciende y el presente vuelve a situarse en el subsuelo, toda esa secuencia conmueve y destila poesía.

La lucha de clases es motivo recurrente en el cine de este director coreano. Todo el andamiaje social se percibe más inhóspito desde la clase baja. La policía prejuzga, los cobradores acosan por teléfono y los usureros pueden incluso enterrarles un cuchillo por la espalda. Bong Joon-ho acostumbra a situarnos en situaciones imposibles, pero en Parasite nos interna en un laberinto de decisiones caóticas. Es comedia negra, cine de terror o disección social, una película divertida en apariencia, hasta que deja de serlo y remueve al espectador de su lugar de confort.

El símbolo de estatus por excelencia es el espacio físico, la casa propiamente tal. Los Kim ocupan un subterráneo oscuro, desordenado, donde sus habitantes se reúnen en el living-comedor poco espacioso y no se guardan secretos. Los Park, en cambio, sitúan su mansión en una colina y será en esta última donde se desarrolla la mayor parte del metraje. Cada miembro de la familia Park se identifica por habitaciones diferentes y mantienen secretos tras las paredes. El director prescinde del aparato de televisión y las imágenes provienen del ventanal en ambos mundos.

Una calle oscura entretiene a los Kim, en tanto los Park aprecian un jardín, silencioso y luminoso. Este último elemento es otro símbolo: ambas familias (incluso una tercera) aprecian la luz de esa hermosa casa en la que antes vivía un arquitecto famoso. Los encuadres de la mansión (interiores y exteriores) son pulcros y fríos, muy al estilo Kubrick, en todo momento dan al espectador la sensación de estar viendo cine dentro del cine, la pantalla y el ventanal son una membrana que nos hace ver la realidad con los ojos fríos del Sr. Park. Al inicio estamos alejados de esta lucha de clases, pero con el correr de los minutos entenderemos de qué se trata (olor a pobre) y sobrevendrá una batalla campal, siendo el garaje el punto de fuga entre estos mundos opuestos.

El apartado estético es sobresaliente. Los Park viven en las colinas, mientras los Kim descienden escalinatas para llegar a su casa. Ingresan al Metro, bajan más escalinatas y desembocan en un basural donde discuten, antes de llegar al subterráneo donde pernoctan. En la altura (arriba) la luz baña las habitaciones; en el submundo de la pobreza (abajo) abunda la oscuridad. Los ricos siempre arriba; los pobres, abajo. Altura/luz versus profundidad abisal; pensamientos oscuros versus ingenuidad. Bong Joon-ho nos deleita con estas dualidades y sus continuos cambios en el punto de vista. Administra un juego complejo de muchas dimensiones, pero al espectador jamás se lo abandona con ese ritmo endemoniado que imprime a sus creaciones.

 

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Aníbal Ricci Anduaga (Santiago, 1968) ha publicado las novelas FearEl rincón más lejano, Tan lejos. Tan cerca, El pasado nunca termina de ocurrir, y las nouvelles Siempre me roban el reloj, El martirio de los días y las noches, además de los volúmenes de cuentos Sin besos en la bocaMeditaciones de los jueves (relatos y ensayos) y Reflexiones de la imagen (cine).

 

 

 

Tráiler:

 

 

Aníbal Ricci Anduaga

 

 

Imagen destacada: Woo-sik Choi y So-dam Park en Parasite (Parásitos, 2019).

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