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«The King» («El rey»): El ambicioso cine histórico de David Michôd

La última propuesta del realizador australiano de «El cazador» es una obra cinematográfica mayor, la cual junto con describir una época de la monarquía británica (la de Enrique V, a inicios del siglo XV), también apuesta por explicar, valiéndose de grandes actuaciones y de un bellísimo lenguaje audiovisual, la esencia antropológica de un pueblo (el inglés) y de la comunidad nacional que ha conformado desde sus inicios. El filme se encuentra disponible en la plataforma Netflix.

Por Horacio Ramírez

Publicado el 30.7.2020

El Hombre es un ser social, pero su sociabilidad debe ser real, no simplemente social. No es viajando en un subterráneo apretujado entre cientos de personas que nos volvemos socializados: en una charla de dos, en un café, encontramos verdadera y profunda vida social. Un Hombre no deja de ser social jamás, eso es cierto (su mente es la que genera la sociedad), pero el no poder socializar en un plano psicológicamente real y afectivo pleno —pongamos por caso, en una fiesta donde nadie nos habla— resulta por lo menos incómodo, e intuimos que debe ser torturante para aquel que sabe que, a lo largo de toda su vida, estará solo… que la fiesta del mundo no podrá tenerlo como actor efectivo jamás a lo largo de toda su existencia. Que estará como una mera figura decorativa en esa fiesta de la vida. Que nadie podrá actuar “normal” en su presencia. Y tal es la vida de un rey: ante él todos fingen un debilitamiento en las rodillas, como antesala a un desmayo, y nadie puede hablar con desvanecidos. Sus diálogos estarán siempre sofocados entre los kafkianos paréntesis de los títulos, de los protocolos, de los lazos familiares que no se acaban jamás y que crecen constantemente.

Pero hay dos formas de la monarquía: la que quedó tras la Revolución Francesa y el modelo prerrevolucionario. Se trata de dos visiones del mundo que llevaron a dos modelos de la realidad. Uno de esos modelos es el que encontramos en la película The King (El Rey) de 2019, dirigida por el australiano David Michôd, director que, no está de más decirlo, conoce como propias las facetas principales del cine, como productor, guionista y actor.

¿Qué diferencia a ambas formas de monarquía? La dirección y la naturaleza del poder. El filme de Michôd nos permite comparar ambos modelos —en este caso, desde el enfoque del Medioevo tardío, a comienzo del siglo XV—, pero indirectamente nos moviliza a contrastar aquellos reyes y reinos con los que fueron quedando tras el filo de la guillotina de la Revolución Francesa.

El ver a Hal —el futuro Enrique V—, en un impresionante trabajo del joven Timothée Chalamet, durmiendo sus borracheras junto a diferentes mujeres en la zona del Eastcheap (hoy, una calle de Londres y en aquella época el mercado de carnes que competía con su contraparte del Westcheap), es ver a un joven licencioso perdido en el barro de la concupiscencia, parafraseando a Nietzsche, y de quien nadie podría esperar la gran cosa.

Sin embargo, esa vida comienza a adivinarse como expresión de su deseo de alejarse de su padre Enrique IV —Ben Mendelsohn— quien expresa su voluntad de guerrear contra escoceses al norte y galeses al oeste de Inglaterra, lo que sumía al reino todo en el peligro y la miseria que siempre presuponen las guerras, y más en este caso, donde se tenía una guerra interna en una isla no muy grande en extensión. No obstante, con el apoyo y comprensión de su amigo Sir Falstaff (el australiano Joel Edgerton, también de gran trabajo), fue llevado a la presencia de su padre. El primogénito de Enrique IV había muerto al nacer por lo que el trono le correspondía a Hal, pero el rey se decide por su hijo menor, Sir Thomas (el joven actor Dean–Charles Chapman).

Thomas quiso pelear contra los escoceses, pero Hal evita la confrontación lanzándose a un combate singular con su enemigo. Tras triunfar en el duelo, Thomas se siente derrotado por su propio hermano y se dirige a pelear al frente galés, donde finalmente es muerto. Bajo tal circunstancia, y con Enrique IV a punto de morir, Hal debe asumir su responsabilidad como rey heredero, cancelando sus luchas contra Escocia y Gales. Pero al mismo tiempo comienzan las intrigas palaciegas que lo inducen a considerar el reclamo de territorios en Francia; tanto de uno de sus torvos consejeros —el siniestro William, interpretado por Sean Harris, que sólo buscaba anexar posesiones—, como de parte de la Iglesia, que buscaba asegurar un camino a Tierra Santa y “expoliar a muchos cristianos por el camino”, como lo denuncia el nuevo rey.

Hal, pacifista por convicción, se vio llevado a reclamar esas tierras (un tercio de Francia) como consecuencia del matrimonio de Enrique II con Leonor de Aquitania quien, al divorciarse de Luis VII, implicaba la posesión británica sobre las tierras que a ella le pertenecían (de Bretaña a Aquitania, sobre los Pirineos). Aunque el hecho puntual que desencadena el conflicto es el obsequio insultante (una pelota) que el Delfín Luis, hijo del demente rey Carlos IV de Francia, le enviara para la festividad por el ascenso al trono de Hal.

Michôd, desde la perspectiva del polo Norte —avanzando hacia la izquierda de la pantalla y como no podía ser de otra manera—, muestra al joven príncipe de Gales, y rey de Inglaterra, lanzar una flota de una envergadura pocas veces antes vista, incluyendo una estratégica línea de suministros de las mejor organizadas hasta la época. Aunque es cierto que tras una buena estrategia siempre debe haber algo de suerte, y ésta efectivamente lo asiste ya en territorio francés.

Y así, Enrique V, logra una total y contundente victoria. Hasta aquí la historia, la de los libros y la de la pantalla. Pero, ¿qué nos enseña Michôd en este filme? Un poco de antropología y otro poco de sociología de aquellos siglos y, de rebote, de los tiempos actuales.

 

La escena de la coronación de Enrique V, en el rodaje de «The King»

 

Golpes, espadas, coronas…

Solemos tener una idealización de la Edad Media que incluye príncipes y princesas junto a caballeros y sus caballos briosos… los cuales debían serlo para sostener a hombres de físicos grandes, para los combates cuerpo a cuerpo, cargando armaduras de unos 30 kilogramos, espadas de dos kilos (y hasta de casi 2 metros de largo), más los kilos de la armadura del propio animal y llevando con ellos hachas, puñales y hasta escudos también de hierro con sus buenos kilos extra de peso.

Semejantes maquinarias de guerra individuales —los catafractos— son representadas en The King con rigor histórico en impecable reconstrucción de época, exhibiendo la invulnerabilidad pero también las limitaciones de movimientos que los exhiben como tiesos monigotes resplandecientes. También impresionan en la película los enfrentamientos, con excelentes y oportunas tomas cenitales y al nivel del suelo. Y es allí, en el suelo, donde aparece de nuevo el rey cayendo al barro, pero ahora frente a su pueblo —sus soldados— para ir derribando —yendo a pie y sin armaduras— a los pesados y empantanados caballeros franceses. Un simple dolor en la rodilla de Sir Falstaff había decidido la victoria inglesa.

La idealización de los cuentos de hadas, dijimos, se desvanece ante estos sangrientos espectáculos, pero aparecen verdaderas lecciones de cómo un rey podía entrar a una taberna sin dejar de ser respetado y querido por su pueblo. Como dijimos, nuestra imagen mental actual de las monarquías depende de la ideología desatada desde la Revolución Francesa, que llevó al poder —iluminismo mediante— a una forma de gobierno que a su vez se idealizó políticamente: la democracia.

No será grato el término que vamos a usar, pero habiendo un único presidente político y de poder efectivo al frente de un sistema de gobierno —aunque reclame legitimidad republicana—, la democracia podría recibir muy bien el nombre de monocracia. Con este título, la democracia se puede entrever como un reflejo antitético de la monarquía. Y aquí es donde vemos la diferencia entre ambos términos: la monocracia es el poder en manos de uno, mientras que la monarquía es la autoridad en manos de uno. Y la autoridad tiene una significativa diferencia con el poder: autoridad es poder legitimado desde la vida misma del pueblo.

La monarquía es previa al ejercicio del poder porque nace de su base popular, de sus tradiciones y religiones. El rey enactúa, comparte, la vida con su pueblo. La historia enseña que el “reino” no es una abstracción lógica ni una utopía mesiánica, sino que se corresponde con la realidad social de la ciudad occidental cristiana. Por eso Michôd  se preocupa en mostrar los pies descalzos de Hal camino a su entronización: se asegura de mostrar que era alguien que pisaba suelo inglés con sus pies desnudos y que no llegaba a la corona mediante una especulación teórica, sin asidero real, como lo es, desde la Revolución Francesa, el “contrato social” que se enarbola como principio de gobierno pero que nadie ha visto ni firmado jamás.

Desde las ideas regulativas, a un reino se le impone un ideal de gobierno como arquetipo sociopolítico, donde emerge la figura del rey en tanto que gobernante justo, sobre la base de una sociedad que lo reconoce como propio. Si luego esos reyes son buenos o no en el ejercicio del poder, es otra historia, pero su nacimiento se da en el seno de una comunidad con características, pasado y futuro propios y que tanto pueblo como rey comparten en su génesis y en su vida.

La base social de la monarquía no es, como en la sociedad monocrática de nuestros días, la masa indiferenciada de individuos, sino una comunidad con tejido vivo propio (la arenga de Hal antes de la batalla final, así lo demuestra). Una categoría que lleva adelante al reino como una comunidad política. Si vemos el caso de Francia —donde se gestó el quiebre sociopolítico del régimen, que el filme The King expresa tan certeramente— notamos que la decapitación de Luis XVI no garantizó nunca el bienestar de la Razón, sino que, por el contrario, siguió con la decapitación para su propio pueblo: la monocracia basada en esa abstracción sin asidero vital que es el “contrato social”, no garantizaba que no se desatase la violencia del poder legal, pero no vitalmente legítimo, contra la población.

Así vemos que el poder monocrático sigue viviendo —aún en la actualidad— en el mito del logicismo… pero la lógica no garantiza su existencia en el funcionamiento de lo real o dicho de otra forma, que no existe siempre un correlato empírico frente a la lógica… si así fuera, ningún médico fumaría, pero vemos que esto no se da siempre.

De hecho, la abstracción racional progresista —especialmente de izquierda— niega la tradición pero encarna la traición a la vida real de las personas. En este sentido, el sociólogo alemán Ferdinand Tönnies, a principios del siglo XX, diferenciaba entre gemeinschaft o sociedad y gesellschaft o comunidad. Dice: “La sociedad humana radical es ante todo, una comunidad y no una coexistencia; reconoce orígenes religiosos y naturales y no simplemente convencionales o pactados; posee lazos internos, no solo voluntario–racionales, sino emocionales y de actitud”.

Y así como la tradición precave de la traición, la comunidad se traiciona definitivamente en el comunismo, la abstracción extrema de un régimen de poder político monocrático con bases puramente teóricas sin fundamento en la vida de las personas.

La médula misma de la comunidad es el origen del rey y del reino antiguos: sin los pruritos sociales que hoy nos convierte, cada cierta cantidad de años, en una dato estadístico para satisfacer intereses ajenos a nuestra vida como comunidad. Allí donde Hal se desbarrancaba entre prostitutas y alcohol es —en la metáfora de Michôd— el gran Rey que daba la victoria a Inglaterra y que aparecía en el barro de la batalla, matando franceses a diestra y siniestra… hasta que el propio Delfín cae, frente a Hal y en su propio barro, como un títere sin hilos o como un águila que ya no puede volar.

Luego, su regreso a Londres fue encarado por Michôd como un momento teatral. Los vítores del pueblo invisible tras los ventanales, enmarcan el sinceramiento de Hal con Catalina Dubois, la hija menor de Carlos IV de Francia, entregada como moneda de cambio propuesta por el rey francés y como enlace de las dos coronas. También en ese ambiente teatral se da el último asesinato de la pantalla.

Michôd renuncia al espacio abierto de las multitudes reunidas bajo el tímido sol inglés para quedarse rotando alrededor de Hal, aquel muchacho que ha asumido sobre sí la vida de su gente, y que ha resignado su vida social plena: ha dejado de ser una persona para pasar a ser un símbolo: sentido final del rey y de un reino y que Occidente ha olvidado.

The King, de este modo, resume esta naturaleza de la monarquía de antes, la medieval, que se distancia mucho de las monarquías actuales, con la relativa excepción de la actual monarquía inglesa… y quizás éste sea el mensaje que subyace, de últimas, en el guión de un miembro del  Commonwealth, como Michôd, que conserva a la reina Elisabeth II en sus monedas: ver a Inglaterra como a un pueblo insular, literalmente aislado, que sigue conduciendo sus autos “al revés” y que pudo mantener hasta la fecha su idea de comunidad social nacida desde sí y para sí a través de su aparato monárquico.

¿Violenta, pirata e imperialista? Claro que sí, pero “quien ve el mar, ve a Inglaterra”, decía Borges: como sea siempre estará presente en los ojos de Occidente… un pueblo verdadero y unido a través de su rey, nacido de su propia naturaleza y de su propia historia vital… y no todos los pueblos pueden decir lo mismo.

 

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Tráiler:

 

 

Horacio Carlos Ramírez

 

Horacio Carlos Ramírez (1956) nació en la ciudad de Bernal, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Tras terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar Ecología en la Facultad y Museo de Ciencias Naturales de La Plata, pero al cabo de algunos años: “reconocí que estudiaba la vida no por ella, sino por la estética de la vida. Fue una época de duras decisiones, hasta que me encontré con una serie de autores y un antropólogo de la Facultad —el Dr. Héctor Blas Lahitte— que me orientaron hacia un ámbito donde la ciencia instrumental se daba la mano con el pensamiento estético en sus facetas más abstractas y a la vez encantadoras… pero ese entrelazamiento tenía un precio, que era reencausarlo todo de nuevo… y así comencé a estudiar por mi cuenta estética, antropología y simbología, cine, poética. Todo conducía a todas partes, todo se abría a una red de conocimientos que se transformaban en saberes que se autopromovían y autojustificaban”.

“La religión —el mal llamado ‘mormonismo’— terminó de darle un cierre espiritual al asunto que encajaba con una perfección que ya me resultaba sin retorno… La práctica de la pintura —realicé varias exposiciones colectivas e individuales— me terminaron arrojando a las playas de la poesía. Hoy escribo poesía y teorizo sobre poesía, tanto occidental como en el ámbito del haiku japonés. Doy charlas sobre la simbólica humana y aspectos diversos de la estética en general y de estética de la vida, donde trato de mostrar cómo una mosca y un ángel de piedra tienen más elementos en común que mutuas segregaciones, y para ayudar a desentrañar el enredo sin sentido al que se somete a nuestra civilización con una deficiente visión de la ciencia que nos hace entrar en un permanente conflicto ambiental y social… La humana parece ser una especie que, de puro rica y a la vez desorientada, está en permanente conflicto con todo lo que la rodea y consigo misma…”.

“He escrito cuatro libros de poesía, el último con algunos relatos y una serie de reflexiones, y estoy terminando dos textos que quizás algún día vean la luz: uno sobre simbología universal y otro sobre teoría poética…”.

Horacio Ramírez actualmente vive con su familia en la localidad de Reta, también de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Tres Arroyos, sobre la costa atlántica (a unos 600 kilómetros de su lugar natal), dando charlas guiadas sobre ecología, epistemología y paseos nocturnos para apreciar el cielo y su sistema de símbolos astrológicos y las historias que le dieron origen en las diferentes tradiciones antiguas.

Este artículo fue escrito para ser publicado exclusivamente por el Diario Cine y Literatura.

 

 

Imagen destacada: The King (2017), del realizador australiano David Michôd.

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