«Monos»: El filme colombiano de Netflix, que cita al secuestro de Ingrid Betancourt

Una película bella, cruel e hipnótica, con el eterno conflicto bélico de la guerrilla de fondo —donde ni los niños se salvan de convertirse en verdaderas máquinas de matar— se estrenó hace poco en la plataforma de streaming audiovisual. Dirige Alejandro Landes.

Por Cristián Uribe Moreno

Publicado el 3.9.2020

Monos (2019) es el nombre de la más reciente producción colombiana que exhibe Netflix. Fue la candidata de Colombia a los premios Oscar del 2019 y ha cosechado numerosos reconocimientos fuera de su territorio. Por lo que es una buena aproximación para mirar el cine que se realiza hoy en ese país.

La trama del largometraje gira en torno a un grupo de niños–adolescentes pertenecientes a la guerrilla (no se menciona cuál específicamente pero puede ser cualquier tipo de guerrilla) que custodia a la secuestrada doctora Sara Watson. Primero en la montaña y luego, en la selva.

Eso en lo general, pues la historia rehúye mayor información, no da mayores detalles. La tónica de la película es su austera narrativa, difusa en algunos momentos. El relato descansa casi exclusivamente en sus imágenes por lo que ningún plano sobra a la hora de entender el desarrollo de las acciones.

Lo que se establece claramente desde un comienzo es el cuidadoso trabajo estético de la obra. Dividida en dos escenarios, la montaña y la selva, la fotografía brilla de modo extraordinario. En la sierra, los planos generales abundan, para mostrar en todo su esplendor las grandiosas cimas mezclada con las nubes.

Esto provoca un efecto de inmensidad como si se entrara a un espacio divino, lo cual se nota cuando los personajes aparecen en medio de esta naturaleza por el borde de los cerros. En este desplazamiento se mueven como hormigas dentro de un gran jardín. Unas enormes construcciones a medio acabar (o abandonadas) terminan por constituir el escenario casi irreal en que se mueven los personajes.

Lo que abre la película, son unos niños–adolescente jugando con vendas en los ojos, gritando sus sobrenombres, cada uno moviéndose a cualquier lado, en busca de una pelota que nadie puede ver. Este inicio puede sintetizar lo que ocurrirá con este grupo de chicos durante el relato. A este lugar llega el Mensajero (Wilson Salazar), personaje que es el enlace con los guerrilleros. Y recién ahí se comprende que hacen estos chicos viviendo en tales parajes. El Mensajero da instrucciones, tanto para que se desenvuelvan en su diario vivir, como instrucción militar.

En este aspecto de la trama, se van presentando los personajes del grupo, donde destacan su jefe, Lobo (Julián Giraldo), Leidi (Karen Quintero), Patagrande (Moises Arias), Perro (Paul Cubides), Pitufo (Deiby Rueda), Bum Bum (Sneider Castro), Sueca (Laura Castrillón) y Rambo (Sofía Buenaventura). La instrucción militar que viven los personajes, no es tan distinta a sus propios ritos, que se asemejan a ritos iniciáticos y tribales.

Al sonido de aullido de Lobo, todos se comportan como si fueran un grupo de animales salvajes. Su conducta es marcada por el ritmo de la montaña, por lo que hay espacio para la contemplación, la camaradería y el amor.

El cambio al interior del grupo se produce por un incidente causado por el propio impulso desbordado del grupo. En ese momento, se acerca la verdadera guerra que es vista a través de un lente nocturno, como si fuese ajena a ellos. Si bien el grupo de chicos está muy cerca de los enfrentamientos, nunca llegan a luchar contra el enemigo.

El verdadero rival que tienen son sus impulsos, que son canalizados por medio de la violencia de sus juegos. Cuando se les ordena ir a otro refugio ubicado en la selva, la doctora cautiva, mete entre sus ropas, un machete, signo de que las cosas serán distintas en la espesura.

Cuando aparecen en la selva, con todo el colorido y sonidos propios de animales y ríos, las acciones se precipitan. El segundo tramo de la película está muy bien sintetizado en la fuerza incontrolable con que aparece el agua: el río, la lluvia, los torrentes que bajan por las quebradas. Los chicos y sus ritos los llevan a compenetrarse más con el lado salvaje de la naturaleza. Pero la fuerza grupal se empieza a resquebrajar y comienzan a aflorar las personalidades individuales.

Así la película toma otra dinámica, otro ritmo. La historia se vuelve brutal y la placidez de la montaña se torna en un frenético compás entremedio de la vegetación selvática. Incluso la apacible y vulnerable doctora, cambia su personalidad. La historia de estos niños–soldados, ahora animales–soldados, se radicaliza y la armonía entre ellos se vuelve una cacería contra todo y todos.

En suma, la película es una muestra de cine con tintes medioambientales y antropológicos. Hay una suerte de experimento al ubicar a estos personajes aislados en escenarios muy dispares, dejando que la atmósfera natural se imponga al ritmo social.

El orden paramilitar de los guerrilleros o el orden de su propio grupo son solos reflejos de esa fuerza destructiva inherente al individuo, quien alejado de la civilización pierde los lazos humanitarios y desata sus deseos sin filtro.

Una suerte de Señor de las moscas, con el eterno conflicto bélico de Colombia de fondo, donde ni los niños se salvan de convertirse en verdaderas máquinas de matar. Una película bella, cruel e hipnótica.

 

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Cristian Uribe Moreno (Santiago, 1971). Estudié en el Instituto Nacional, licenciado en literatura hispánica y magister en estudios latinoamericanos, ambos grados de la Universidad de Chile. Profesor en educación media de lenguaje y comunicación de la Universidad Andrés Bello. Aficionado a la literatura y el cine. Y poeta ocasional, publicó en 2017 el poemario Versos y yerros.

 

 

 

Tráiler:

 

 

Cristián Uribe Moreno

 

 

Imagen destacado: Monos (2019), de Alejandro Landes.