[Ensayo] «La enfermedad de escribir»: Una vida observada desde una sola obsesión

El libro, editado y traducido por Abel Debritto, lejos de ofrecer la correspondencia completa de Charles Bukowski, —quien redactaba cartas a diario, muchas de varias páginas—, recopila aquellas misivas relacionadas principalmente con su labor literaria, para eliminar los párrafos dedicados a otros asuntos y luego marcar las omisiones entre corchetes.

Por Daniel Razazi Aylwin

Publicado el 8.10.2026

En 1955 Charles Bukowski (1920 – 1994) tenía 34 años y muy poco que mostrar como escritor. Había publicado algunos relatos, acumulaba rechazos y acababa de pasar varios días en un hospital público. Desde allí salió con otro cuento bajo el brazo, «Cerveza, vino, vodka, whisky; vino, vino, vino», que envió a una revista y fue rechazado. Al final de una carta a Whit Burnett escribió una frase que, leída hoy, tiene algo de cómico: «Si no triunfo antes de los 60, me daré un plazo de 10 años».

Leído 70 años después, conocemos el desenlace que Bukowski todavía no podía imaginar. La enfermedad de escribir, volumen que reúne cartas escritas entre 1945 y 1993, permite seguir precisamente ese recorrido: durante mucho tiempo tuvo pocas razones para pensar que acabaría convirtiéndose en uno de los escritores estadounidenses más reconocibles de la segunda mitad del siglo XX.

Con todo, lo interesante es que eso no parece haberle importado demasiado. Publicado o rechazado, enfermo o borracho, pobre o finalmente convertido en un escritor que vendía miles de ejemplares, Bukowski siguió escribiendo.

El libro, editado y traducido por Abel Debritto, tampoco pretende ofrecer su correspondencia completa. Bukowski escribía cartas a diario, muchas de varias páginas, y el antologador seleccionó aquellas relacionadas principalmente con la escritura, eliminando de algunas los pasajes dedicados a otros asuntos y marcando las omisiones entre corchetes. El resultado tiene algo de autobiografía involuntaria y, al mismo tiempo, de retrato construido: casi 50 años de una vida observados desde una sola obsesión.

 

El paraíso del rechazo

Para seguir ese recorrido hay que volver una década atrás. En 1944 la revista Story publicó su primer relato. Al año siguiente Bukowski ya volvía a escribirle a su coeditora, Hallie Burnett, para agradecerle los comentarios de los lectores sobre otro texto que había sido rechazado. Estaba sin trabajo y se ofrecía incluso como lector de manuscritos.

En 1946, Caresse Crosby publicó «20 tanques de Kasseldown» en Portfolio, junto a autores como Henry Miller, Jean-Paul Sartre y Federico García Lorca. Bukowski respondió con una carta ilustrada en la que dibujaba su propia historia: trabajando en una fábrica, bebiendo cuando le aceptaron el relato, perdiendo después el empleo, viviendo del subsidio y permaneciendo en la cama mientras seguía pensando en Portfolio.

Los dibujos son uno de los pequeños placeres del volumen. Durante sus primeros años Bukowski escribía muchas de sus cartas a mano y las llenaba de monigotes que prolongaban aquello que estaba contando. Debritto reproduce algunas en facsímil porque transcribirlas habría significado perder parte de su gracia. Viéndolas, cuesta separar al escritor del dibujante improvisado: la misma economía, el mismo humor y la misma capacidad para convertir una situación miserable en un chiste, aparecen en ambos.

El éxito, entretanto, no llegaba. En 1954 le escribe a Whit Burnett para avisarle de un cambio de dirección y preguntarle si todavía conserva alguna de sus «obras maestras de borrachuzo». Le cuenta también que Esquire acaba de rechazar uno de sus relatos. Un año después aparece aquella promesa de concederse hasta los 70 para triunfar.

Y en 1959, después de recibir la visita de un editor y otro escritor, calcula que ha ganado US $47 en veinte años escribiendo. Su conclusión es feroz: antes que someterse al pequeño circuito de favores, promociones y camarillas literarias, prefiere «el paraíso del rechazo».

Hay una contradicción que recorre buena parte del libro y que probablemente sea una de las cosas que mejor retratan a Bukowski. Desprecia el mundo literario, pero quiere publicar. Se burla de los editores, pero les manda textos continuamente. Dice no necesitar su aprobación, pero recuerda rechazos ocurridos muchos años antes.

Incluso fantasea, en una carta de 1966 a John Bennett, con crear sus propias revistas. Una de ellas estaría hecha con papel de váter y tendría como lema «¡Nos importa una mierda!». La ocurrencia es muy bukowskiana, pero detrás del chiste hay algo serio: si el circuito literario no le sirve, imagina construir el suyo.

También hubo engaños y proyectos que quedaron en nada. Bukowski recuerda a personas que le pidieron poemas o dibujos prometiéndole publicaciones que nunca aparecieron. Uno de esos proyectos, Atomic Scribblings from a Maniac Age, debía reunir alrededor de 100 dibujos realizados por él y nunca vio la luz.

Son episodios menores, pero ayudan a comprender la precariedad de esos años: antes del escritor convertido en figura de culto hubo otro que enviaba originales, esperaba respuestas, aceptaba propuestas dudosas y acumulaba material que muchas veces desaparecía sin dejar rastro.

Por eso cobra especial importancia su relación con John Fante. Cuando le escribe en 1979, Bukowski ya no es el desconocido de las primeras cartas. Black Sparrow Press prepara la reedición de Pregúntale al polvo y él ha aceptado escribir el prólogo. Pero el tono es el de un lector que finalmente puede agradecerle algo a uno de los escritores que lo hicieron querer escribir:

«Tus libros me ayudaron, me hicieron creer que es posible escribir y dejar que las emociones salgan a flote», le dice. Y termina diciéndole que es «el número uno». En un libro dominado por rechazos, editores, revistas y peleas literarias, la carta a Fante permite ver otra cosa: Bukowski también se había formado leyendo.

 

Seguir dándole a las teclas

Con los años cambia el paisaje. Ya no estamos ante el hombre que calcula haber ganado US S$47 en dos décadas. En 1988 trabaja en Hollywood, recibe entrevistas y sabe que sus libros circulan. También tiene cáncer de piel. Sin embargo, lo cuenta casi como otra interrupción entre dos páginas: los poemas siguen saliendo y no lo dejan terminar la novela. Sobre su escritura de entonces dice algo que podría servir como poética de toda su obra: siente que ha alcanzado una claridad mayor y que le basta con «seguir dándole a las teclas».

En 1991 esa idea aparece todavía más desnuda. Escribiéndole a John Martin, su editor durante décadas en Black Sparrow Press, recuerda haber leído que Henry Miller dejó de escribir cuando se hizo famoso y dice no comprenderlo.

Para Bukowski, ver cómo las palabras cobran vida sobre la página sigue siendo la recompensa principal; todo lo que viene después es secundario. Escribirá hasta el último aliento, asegura. El hombre que durante años quiso desesperadamente ser publicado termina diciendo, después de conseguirlo, que publicar nunca fue lo fundamental.

Al año siguiente puede mirar hacia atrás desde una posición que el Bukowski de 1955 difícilmente habría imaginado. Tiene dieciocho libros que continúan vendiéndose y le escribe a Martin maravillado de que sus primeros títulos sigan vivos, «como si tuvieran vida propia». También agradece una relación editorial que duró décadas y en la que, asegura, no recuerda una sola discusión. Después de tantas cartas contra editores, revistas y círculos literarios, esa gratitud tiene un peso especial.

El volumen se cierra en 1993, apenas un año antes de su muerte, con una ironía perfecta. Durante más de cuatro décadas Bukowski había intentado publicar sin éxito en Poetry. Finalmente, la revista acepta algunos de sus poemas.

Ya no es el joven que espera desesperadamente una respuesta, sino un escritor consagrado que recuerda haber leído la revista en la biblioteca pública de Los Ángeles. Y, sin embargo, lo que verdaderamente le interesa contar es otra cosa: las palabras todavía siguen formándose y girando en su cabeza. Cuanto más viejo se hace, más extraña le parece esa locura que lo posee.

Ahí termina por cobrar sentido el título elegido para el volumen. La enfermedad de escribir podría sugerir una colección de reflexiones sobre el oficio, pero las cartas ofrecen algo más atractivo: la posibilidad de observar cómo una vocación atraviesa una vida completa.

Cambian el dinero, la salud, las mujeres, las casas, los editores y, finalmente, el reconocimiento. Cambia incluso el lugar que Bukowski ocupa dentro de ese mundo literario al que durante tantos años miró desde afuera.

Lo que no cambia es que sigue escribiendo.

Y quizás por eso aquella frase de 1955 adquiere otro sentido 40 años después. Bukowski se concedía hasta los 70 años para triunfar, como si existiera un momento en que tendría que decidir si todo aquello había valido la pena. Las cartas sugieren que la pregunta estaba mal planteada. El éxito llegó, pero para entonces llevaba décadas haciendo exactamente lo mismo que haría después de conseguirlo: sentarse y escribir.

 

 

 

 

 

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Daniel Razazi Aylwin es un periodista, escritor, y actual editor general del medio Eltintero.cl. También es estudiante del magíster en literatura de la Universidad de los Andes (Chile).

 

«La enfermedad de escribir», de Charles Bukowski (Editorial Anagrama, 2026)

 

 

 

Daniel Razazi Aylwin

 

 

Imagen destacada: Charles Bukowski.

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