[Ensayo] «Vidas pasadas»: Del amor y el espacio-tiempo

Reciente estreno en la cartelera española, la ópera prima de la dramaturga canadiense de origen coreano, Celine Song, constituye una potente reflexión audiovisual en torno a las ideas del amor, el destino y a las elecciones que componen una vida.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 24.11.2023

«Si nacieras de nuevo serías mi amor eterno. Pero no aquel amor que llora, finge o amarra; sino un amor libre y sin tiempo, como amas tú, como amo yo».
Charles Bukowski

De obra maestra puede clasificarse —es mi entender y sentir— esta deliciosa ópera prima de la joven dramaturga coreana y canadiense afincada en Nueva York quien nos sumerge con gran sensibilidad en una historia de amor poco común que tiene mucho de autobiográfica.

Una obra maestra por el originalísimo guion —ya se sabe que nada supera a lo vivido— y especialmente por la exquisita delicadeza de su puesta en escena.

La lista de méritos escénicos es larga: su bellísima fotografía, las cuidadísimas composiciones a menudo llenas de simbolismos, sus excelentes imágenes que «hablan» en silencios, el sutil y agradable magnetismo en los muy estudiados «tempos» del relato, la armoniosa banda sonora, y asimismo las excelentes interpretaciones de la pareja protagonista (Greta Lee como Nora y Teo Yoo como Hae Sung), quienes transmiten con naturalidad emociones sumamente complejas.

Sentimientos profundos en torno a la atracción humana que transitan casi ingrávidamente por los distintos espacios y tiempos retratados. Y en este sentido se podría considerar que Vidas pasadas es una película «neorromántica» en cuanto a su peculiar retrato del amor humano —ese gran tema eterno— en formas narrativas novedosas que conectan con el latir de nuestro tiempo.

 

«In Yun» y tránsito ambivalente

Y es precisamente el tiempo otro de los grandes temas que Song aborda con maestría, nos habla de cómo afecta el paso del tiempo en nuestro sentir amoroso y asimismo de la posible influencia de un «más allá del tiempo» en este sentir ahora y aquí.

Un «más allá del tiempo» vivenciado que la realizadora postula a partir del «In Yun» coreano que viene a significar providencia o destino y que —tal y como se nos explica— se usa especialmente para las relaciones entre personas según las creencias budistas de la reencarnación.

Es Nora —el alter ego de Song— quien, pese a mostrarse como mujer escéptica, busca dar mayor sentido a sus amores y amistades de calado en esta vida ligándolos a «recuerdos difusos» de vidas anteriores compartidas.

Así, el «In Yun» está siempre presente en el latir de Nora, y lo está hasta tal punto que influye en su entorno amoroso. Es de esa forma a pesar de que ella tiende a quitarle trascendencia a un sentir que la vincula con sus orígenes, con su tierra natal de la que emigró siendo niña y a la que afirma no querer regresar más allá de las eventuales visitas a su familia.

Porque Nora se siente muy cómoda en Nueva York como dramaturga tras años de ardua adaptación a los usos y costumbres occidentales.

Y ese tiempo transcurrido entre la niña coreana y la Nora neoyorquina es precisamente el que cobra mayor protagonismo en la historia retratada. Un tiempo vivido que transita entre la brecha «insalvable» de la distancia espacial y el abrazo de amor que «deshace» la linealidad temporal.

Un tránsito ambivalente en ella y del mismo modo en su compañero Hao Sung, dos niños preadolescentes que se amaban profundamente y cuyas vidas se separaron de golpe cuando los padres de Nora —quien entonces se llamaba Na Young— decidieron emigrar a América.

 

Sendas dispares

Eran dos niños de naturalezas distintas y que se atraían con fuerza, nos los muestra Song en delicada belleza en una salida junto a sus madres. Una excursión que la progenitora de Nora ha planeado con la voluntad de que su hija tenga un buen recuerdo antes de emigrar, una decisión sorpresiva que justifica ante la otra madre: «Cuando renunciamos a algo también ganamos algo».

Allí los preadolescentes juegan, se esconden y se buscan al abrigo de una gran —y simbólica— escultura de dos caras que se miran. Y ya de vuelta a casa los vemos en el asiento posterior del coche con sus manos entrelazadas al tiempo que ella apoya su cabeza sobre él; hay amor, mucho amor en esos niños.

Y en el último día compartido se nos muestra como regresan juntos en silencio a su barrio tras la jornada escolar. Y la potente imagen de la bifurcación donde siempre se despidieron con un hasta mañana. En esa muy simbólica imagen, las disparidades que encarnan: Nora se va por una calle ascendente mientras que Hae Sung camina por una calle prácticamente llana.

Dos sendas como imagen de dos modos de ser y de entender que son germen en ese tiempo infantil y que se afianzarán con el paso del tiempo: la ambición en ella y la aceptación en él. Nora cual nómada que busca conocer otros mundos para echar raíces propias versus Hae Sung quien se siente cómodo como sedentario coreano. Ella acabará enraizándose en Nueva York mientras que él permanecerá en su familiar Seúl.

 

Reencuentro de a dos

Pasan años sin saber el uno del otro hasta que la independiente Nora decide buscarlo en las redes sociales como quien juega a investigar. Lo encuentra, hablan por videoconferencia y ella averigua que Hae Sung la buscó mucho antes y no como diversión banal, la buscó pero no pudo encontrarla debido a su cambio de nombre: la niña Na Young «se quedó» en Corea, ni su madre la llama ya así.

Seguirán hablando con frecuencia y poco a poco se irá despertando el profundo sentimiento amoroso de la joven dramaturga por ese más que amigo de infancia. Song nos lo muestra en sublime belleza encadenando flashes de sus conversaciones, él siempre en su habitación de la casa familiar y ella en distintos escenarios de su vida neoyorquina.

Hablan de diversos temas que tocan sentimientos y aspectos personales tales como la capacidad de llorar. Él recuerda que Na Young lloraba a menudo y la Nora del presente le asegura que ya no llora: «Cuando inmigramos solía llorar mucho pero me di cuenta de que a nadie le importaba». Una confesión que constata lo difícil que le resultó llegar a enraizarse en otra tierra, en otra cultura.

Y en ese retomar el contacto perdido pronto surge la necesidad de verse físicamente. Hae Sung le pide que lo visite, que vuelva a Seúl y ella también con ganas de abrazo demanda que sea él quien viaje a Nueva York. En ambos la misma pregunta: ¿por qué iría?, una pregunta que cuestiona sus prioridades vitales y que no se atreven a responder.

Así que por iniciativa de Nora deciden tomarse una «pausa» temporal en sus comunicaciones —otra gran escena la de esa conversación en silentes reacciones de dolor en la que ella vuelve a llorar—, una «pausa» que saben ambos que es el inicio de una nueva brecha temporal.

 

Nueva York de a tres

Transcurren los años —el tiempo de nuevo como actor en sus vidas— y Hae Sung decide pasar unos días de vacaciones en Nueva York. Él es consciente —y nosotros los espectadores de la película— de que Nora se ha casado con Arthur, un escritor de carácter amable y gran corazón que conoce bien la historia de más que amistad entre ellos dos.

Quizás en este tramo final del filme la belleza escénica llega a su punto más álgido. Y es que llueve en Nueva York y esa simbólica agua que cae —como lágrimas— se nos muestra con conmovedora exquisitez.

De hecho, cada escena en la gran ciudad está estudiada al mínimo detalle, con el detalle de quien ama lo que retrata:

Es así la escena en la que se nos muestra a Hae Sung esperando a Nora entre impaciente e incómodo en un parque y tras él destaca una escultura de dos figuras —de nuevo ese motivo artístico en piedra, pero si en la infancia fue base dúctil para el juego entre caras que se miran, ahora es pared con personajes que se dan la espalda—. No obstante al verse esa incomodidad en él, esta se deshace por el amoroso abrazo de ella.

También cabe destacar la escena del ferrocarril metropolitano a la que ambos suben sonrientes tras ese abrazo reparador. Es magnífica la imagen del tren curvándose hacia un túnel con simbólico temblor —que puede interpretarse como el miedo que les embarga— y asimismo ese primer plano de sus manos casi tocándose en la barra del vagón.

Qué espléndida sutileza para plasmar una nueva providencia que deshace la brecha espacio-temporal que les separaba: en ese nuevo presente los amantes tiemblan casi rozándose.

No obstante, ambos saben que Arthur está allí aunque no esté. Arthur, un hombre generoso que deja hacer en total libertad a Nora y que es más consciente que ella del amor profundo que la une a Hae Sung. Y un hombre que —como el coreano— ama a esa mujer «In Yun», de ahí que ambos lleguen a reconocerse ligados «más allá» de esta vida por ese amor en común.

Todo queda planteado sutilmente, los tres han compartido la última noche neoyorquina de Hae Sung. De hecho, la película se inicia mostrándonoslos esa noche en una barra de bar y la voz de alguien que los observa con curiosidad —somos seres voyeurs, queramos o no confesarlo— preguntándose qué vínculos unen a esos dos hombres y a esa mujer.

Y Nora que poco a poco se gira para mirar a cámara, una mirada que transmite su asunción central en una historia que invita a reflexionar sobre lo que significa amar —especialmente en lo que se refiere a las renuncias por amor y a la posibilidad de amar simultáneamente a más de una pareja— y pensar acerca de la naturaleza de nuestro espacio-tiempo.

Porque como expresa el gran Bukowski en la cita del encabezado, hay amores que se sienten sin tiempo y en los que se experimenta —ni que sea poéticamente, que ya es mucho— la eternidad.

 

 

 

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Jordi Mat Amorós i Navarro es un pedagogo terapeuta titulado en la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: Vidas pasadas (2023).