Aunque algunos de sus giros pueden resultar algo previsibles para el espectador, el largometraje de la directora chilena Nayra Ilic funciona por su tono introspectivo y por la manera en que articula adolescencia, duelo y memoria histórica.
Por Camila Gordillo Varas
Publicado el 23.4.2026
«Este periodo de transición de dictadura a democracia tuvo algo de un coming of age a nivel país».
Nayra Ilic, La Tercera, 24 de abril de 2026
Estrenada en salas chilenas este jueves 23 de abril y dirigida por la realizadora Nayra Ilic García, Cuerpo celeste sitúa su relato en el verano austral de 1990, en pleno tránsito entre dictadura y democracia.
Así, el largometraje adopta los códigos del coming of age —el primer amor, la playa, la amistad, el deseo de independencia, la distancia creciente con la madre— y los desplaza hacia una dimensión política. La maduración de Celeste, su protagonista de quince años, no consiste solo en dejar atrás la infancia: implica descubrir las capas ocultas de su mundo familiar, social e histórico.
Con todo, el universo de Celeste parece definido por las vacaciones, el camping, el desierto, la playa y los vínculos afectivos. No obstante, a medida que avanza la película, se expone que bajo esa superficie luminosa subyace una verdad siniestra.
Las excursiones con su padre en las vacaciones, que ella interpreta como búsquedas de restos animales o vestigios antiguos, adquieren otro sentido cuando descubre que él participaba en la búsqueda de restos humanos de detenidos desaparecidos.
De esta manera, la muerte del padre presenta una doble pérdida, dado que Celeste debe aceptar su ausencia repentina y, al mismo tiempo, reconstruir retrospectivamente la realidad política que subyacía a su trabajo.
En ese sentido, el filme trabaja la transición democrática como una forma de crecimiento traumático. Chile, como Celeste, parece obligado a abandonar una inocencia imposible, que a través de la pérdida debe reconstruir lo amoroso, lo familiar y lo político.
Por otra parte, el romance adolescente con Jano, inicialmente inscrito en los códigos del amor de verano, también se oscurece: el deseo, los besos, el baile y la complicidad juvenil quedan atravesados por la violencia, la mentira y la memoria de la dictadura.
Cuerpos, eclipse y memoria
La película insiste en ciertas palabras clave que movilizan simbólicamente el relato. Una de ellas es «dark», que aparece como jerga adolescente y también como categoría generacional, dado que refiere a quienes no creen en el futuro, según explica uno de los personajes.
Esa palabra condensa el tono de la película, donde el descubrimiento de la realidad implica entrar en una zona oscura. También remite a una dificultad histórica para imaginar el porvenir, condensando la incertidumbre postdictatorial.
Algo similar ocurre con «nada», puesto que Celeste y su padre gritan esa palabra en el desierto, y el eco la devuelve como si confirmara el vacío. El desierto, sin embargo, no está vacío, dado que guarda cuerpos, restos, huellas. La «nada» es, en realidad, una forma de ocultamiento.
El título, Cuerpo celeste, también concentra esta ambigüedad.
Remite a Celeste, la protagonista, y al eclipse que marca el verano, observado por algunos con fascinación y por otros con temor. Como el eclipse, la película trabaja sobre una luz interrumpida: algo se oscurece sin desaparecer, permitiendo ver de otra forma aquello que antes quedaba fuera de campo.
El título condensa además una tensión entre altura y entierro, puesto que mientras el eclipse dirige la mirada hacia el cielo, la verdadera revelación está en la tierra, en los cuerpos que el desierto conserva y que la transición democrática aún no logra nombrar del todo.
Infancia y pérdida
Por otro lado, la fuerza de Cuerpo celeste está también en su forma. La película no explica de manera frontal el horror; lo deja aparecer por acumulación, a través de silencios, gestos, objetos y paisajes. El desierto funciona como archivo material de la violencia, como una superficie aparentemente vacía, seca y luminosa, capaz de conservar restos.
Frente a esa inmensidad, Celeste aparece pequeña, todavía incapaz de dimensionar del todo lo que mira, aunque progresivamente obligada a leer las señales que la rodean. De esta forma, el filme trabaja con una tensión entre lo que se observa y lo que se comprende: aquello que está frente a los ojos y solo se vuelve codificable cuando la infancia empieza a perderse.
Aunque algunos giros pueden resultar algo previsibles para el espectador, el largometraje funciona por su tono introspectivo y por la manera en que articula adolescencia, duelo y memoria histórica. Es en ese cruce donde radica buena parte de su potencia: en la sensibilidad con que observa el ingreso de Celeste a una conciencia más oscura del mundo.
Por eso, Cuerpo celeste no narra simplemente la pérdida de la inocencia individual, sino el ingreso doloroso a una conciencia histórica.
La crisis de Celeste es también la crisis de un país que comienza a mirar lo que había permanecido enterrado. Su crecimiento no conduce a una resolución clara. Más bien, la enfrenta a una verdad incómoda: el pasado no ha terminado, la infancia estaba rodeada de violencia y la democracia nace, desde el inicio, bajo la sombra de los cuerpos ausentes.
***
Camila Gordillo Varas es profesora de lenguaje, magíster en literatura y actual estudiante del doctorado en literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Investiga cruces entre literatura y cine, con énfasis en lo monstruoso, lo posthumano, lo gótico y las figuraciones del cuerpo en la cultura contemporánea.

Tráiler:

Imagen destacada: Cuerpo celeste (2025).

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